Una historia de amor, odio y venganza
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Bodas de sangre
Cap 8
La noticia cayó como un jarro de agua helada en el desayuno del tercer día. Dante había llegado al hotel con el periódico bajo el brazo y una expresión que Valentina nunca le había visto: derrotada. Abrió el ejemplar de El País por la sección de sociedad y lo dejó sobre la mesa, junto a los vasos de zumo de naranja.
"El heredero de los Montenegro contrae matrimonio con la heredera de la banca Aróstegui. La boda se celebrará en dos semanas en la catedral de la Almudena."
La foto que acompañaba la noticia mostraba a Dante en una pose de compromiso forzado, con una mujer rubia de sonrisa de porcelana a su lado. Se llama Sofía Aróstegui —sí, el mismo nombre de la madre de Valentina, casualidad o crueldad del destino— y era la hija del banquero que había financiado la expansión de Montenegro Corporation en los años noventa.
—No sabía nada —dijo Dante, con la voz ronca—. Mi padre lo ha planeado todo a mis espaldas. Ha firmado los acuerdos, ha pagado la dote, ha difundido la nota de prensa. No me queda ni un resquicio para negarme.
Valentina leyó la noticia en silencio. Al principio sintió una punzada de dolor auténtico, esa sensación de que el suelo volvía a temblar. Pero luego recordó las conversaciones de WhatsApp que Lucas le había mostrado. Recordó que Dante era un mentiroso, un actor, un peón de su padre. ¿Por qué le importaba entonces que se casara con otra? No era real. Nada de lo que había entre ellos era real.
—Felicidades —dijo, con una frialdad que la sorprendió a ella misma—. Vas a ser un gran marido.
Dante la agarró por las muñecas, con una fuerza que rayaba la desesperación.
—No quiero casarme con ella. Quiero estar contigo. Escúchame, Valentina: podemos huir. Ahora mismo. Cogemos tu coche, vamos a un país sin extradición y empezamos de cero.
—¿Y tu padre? ¿Y tu venganza contra Renato? ¿Y el imperio?
—Que todo arda.
Valentina lo miró largamente. En sus ojos verdes había algo que no había visto antes: miedo real. No miedo a su padre ni a Renato. Miedo a perderla. Y por un instante, el menor de los instantes, ella casi cree que es sincero.
Pero luego recuerda las fotos. Recuerda que Dante la siguió antes de conocerla. Recuerda que su primer beso fue una estrategia. Y el miedo se convierte en determinación.
—No voy a huir contigo —dijo, soltándose—. Voy a ir a tu boda. Y voy a sentarme en primera fila. Y voy a sonreír mientras te cases con ella.
—¿Por qué?
—Porque así sabrás lo que se siente.
La semana siguiente fue un torbellino de preparativos. Valentina, lejos de desaparecer, aceptó la invitación que Héctor le envió para la boda. Se compró un vestido rojo carmesí, el mismo color que la venganza, y se lo probó frente al espejo del hotel mientras Dante la llamaba una y otra vez. No contestó ninguno de sus mensajes. En su lugar, respondió a Lucas, que se había convertido en su informante dentro de la familia.
"El día de la boda, mi padre ha planeado algo. No sé qué, pero habrá sangre", escribió Lucas.
"Entonces habrá sangre", respondió ella.
El día de la boda amaneció soleado, como si el cielo mismo quisiera burlarse de la tragedia. La catedral de la Almudena estaba engalanada con flores blancas y cintas de seda. Valentia llegó sola, en un taxi negro, y se sentó en el banco de la familia política, justo detrás de Héctor Montenegro. El viejo tiburón giró la cabeza al sentir su presencia y esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Valentina —susurró—. Qué valiente es usted.
—Soy una Montenegro, señor —respondió ella, con voz dulce—. Aunque usted no lo sepa.
El órgano empezó a sonar. Las puertas de la catedral se abrieron y apareció la novia, con un vestido de cola de cinco metros y una tiara que valía más que la vida de Valentina. Pero ella no miraba a la novia. Miraba a Dante, en el altar, con la mandíbula apretada y los ojos recorriendo la nave en busca de una sola persona.
La encontró. La vio sentada detrás de su padre, con el vestido rojo y el collar de llave de plata que nunca se quitaba. Y entonces Dante hizo algo que nadie esperaba.
Bajó del altar.
Cruzó la nave entre los susurros de trescientos invitados, ignoró la mano de la novia que intentaba retenerle, ignoró los gritos de su padre. Llegó hasta Valentina, se arrodilló frente a ella y le tomó la cara entre las manos.
—No puedo casarme con ella —dijo, con la voz rota, frente a todos—. No puedo casarme con nadie que no seas tú.
Héctor se levantó de un salto. Varios guardias de seguridad avanzaron. La novia rompió a llorar. Los periodistas que habían pagado por estar allí empezaron a disparar sus cámaras como ametralladoras. Pero Valentina solo tenía ojos para Dante.
—Estás loco —susurró.
—Por ti, sí.
Él la besó. Allí, en el suelo de la catedral, con el obispo mirando horrorizado y toda la alta sociedad de Madrid conteniendo la respiración. Fue un beso que supo a escándalo, a ruina, a guerra declarada.
Cuando se separaron, Valentina le susurró al oído:
—Ahora te creo.
Pero detrás de ella, Lucas Montenegro esbozaba una sonrisa triste, en la trastienda de la catedral, un hombre de rasgos duros y ojos de hielo observaba la escena. Renato Montenegro había vuelto.
Y su regalo de bodas iba a ser el fuego.