Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 3 – El recibo olvidado
Los días siguientes fueron una danza macabra de normalidad fingida. Valentina se levantaba temprano, preparaba el desayuno, despedía a Adrián con un beso en los labios que cada vez le sabía más a mentira. Luego se sentaba en la cocina con una taza de café frío y planeaba. Necesitaba algo sólido. Algo que no pudiera ser explicado con un abrazo y una excusa.
El jueves, Adrián dijo que llegaría tarde otra vez. Reunión con un cliente importante, dijo. Valentina asintió con la cabeza mientras le planchaba la camisa. Sabía que esa reunión no existía. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el sol salía por el este. Pero fingió creerle. Incluso le preparó un termo con café para llevar.
—Eres la mejor —dijo él, acariciándole la mejilla.
—Lo sé —respondió ella, y la ironía se perdió en el aire porque él ya no la miraba a los ojos.
Después de que él se fuera, Valentina esperó una hora y luego hizo algo que nunca había hecho en cinco años de matrimonio: revisó su estudio. La puerta estaba cerrada con llave, pero ella sabía dónde guardaba Adrián el duplicado. En el fondo de un jarrón chino que su madre le había regalado. Un lugar tan obvio que resultaba invisible.
El estudio olía a tabaco y a piel envejecida. Había expedientes apilados sobre el escritorio, un ordenador portátil cerrado, una bandeja con correspondencia sin abrir. Valentina no sabía exactamente qué buscaba. Una carta. Una foto. Cualquier cosa que le dijera que no estaba volviéndose loca.
Abrió los cajones uno por uno. Facturas antiguas, tarjetas de presentación, bolígrafos secos. Nada. Hasta que llegó al último cajón, el de la derecha, que estaba atascado. Tuvo que tirar con fuerza para abrirlo, y cuando lo consiguió, un sobre amarillo cayó al suelo.
Dentro no había cartas. Había fotografías. Valentina las extendió sobre el escritorio con manos temblorosas. Eran imágenes de ella. Tomadas desde la distancia. Ella comprando en el mercado. Ella saliendo del taller de restauración. Ella durmiendo en la hamaca del jardín en una tarde de verano. Fechas escritas con rotulador negro en el reverso de cada una. Algunas tenían meses. Otras tenían años.
La más antigua mostraba a Valentina en la universidad, con veintidós años, riendo junto a una fuente. La fecha marcaba diez años atrás. Diez años antes de conocer a Adrián.
Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de la nuca a los talones. ¿Por qué tenía Adrián fotos de ella de antes de conocerse? ¿Quién las había tomado? Ella no recordaba a ningún desconocido con cámara. Alguien la había estado vigilando mucho antes de que Adrián entrara en su vida.
Guardó las fotos en el sobre con movimientos mecánicos. No podía quedarse allí. Adrián notaría que alguien había abierto el cajón. Lo devolvió todo a su sitio, cerró con llave, y salió del estudio sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
Esa noche, Adrián llegó a casa a las once. Traía una sonrisa cansada y la excusa de siempre: el cliente, el juicio, los papeles. Valentina le sirvió la cena y observó cada uno de sus gestos. La forma en que dejó su maletín junto a la puerta sin cerrarlo del todo. El descuido. Pequeño, pero letal.
Adrián se duchó mientras ella fingía ver la televisión. Cuando él salió del baño con el pelo aún mojado, ella fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Pero se desvió hacia la entrada. Abrió el maletín sin hacer ruido.
Había documentos, un cargador, una libreta negra. Y un recibo. Un recibo del Hotel Cervantes, fechado ese mismo jueves, con dos copas de vino, una cena para dos y una habitación. La habitación estaba marcada como "suite nupcial". El nombre en el recibo era el de Adrián. Pero la tarjeta con la que se había pagado era la cuenta conjunta. Su dinero. Su dinero pagando la habitación donde su esposo se acostaba con otra.
Valentina tomó el recibo, lo guardó en el bolsillo de su bata y cerró el maletín. Volvió a la cocina. Sirvió el vaso de agua. Bebió un sorbo. Sintió cómo el papel quemaba contra su muslo como una brasa.
—¿Estás bien, amor? —preguntó Adrián desde el dormitorio.
—Sí. Solo tenía sed.
Apagó la luz de la cocina y caminó hacia la cama con pasos medidos. Se acostó a su lado. Él la rodeó con un brazo y apoyó la cabeza en su hombro. Estaba roncando en menos de dos minutos. Dormía como un niño. Como un hombre sin culpa.
Valentina no durmió. Permaneció inmóvil, escuchando su respiración tranquila, y trazó un plan en su mente. No bastaba con tener un recibo. Él podría decir que era un almuerzo de negocios. Que la suite era un error de la recepcionista. Necesitaba algo más. Necesitaba verlo.
A la mañana siguiente, mientras Adrián se afeitaba, ella cogió su teléfono. No estaba bloqueado. Él confiaba demasiado en su propia inteligencia. Abrió la aplicación de mensajes y buscó la conversación con Daniela. Estaba vacía. No había mensajes. Los había borrado todos.
Demasiado limpio, pensó. La gente normal no borra todas las conversaciones.
Valentina no tuvo tiempo de seguir indagando. Adrián salió del baño y ella dejó el teléfono donde estaba. Pero algo había cambiado. Ya no era la esposa ingenua. Era una investigadora que vivía bajo el mismo techo que su sospechoso.
—Hoy voy a salir con Leonardo —dijo ella mientras le alcanzaba la chaqueta—. Me pidió que fuera a la galería a ver una exposición.
Adrián se detuvo. Solo medio segundo. Pero ella lo vio.
—¿Leonardo? —preguntó con una voz demasiado neutra.
—Sí. El socio que tanto te admira. ¿Te importa?
—Claro que no. Que te diviertas.
Pero sus ojos decían lo contrario. Por primera vez, Valentina vio un destello de algo que no era amor ni desprecio. Era miedo. Adrián tenía miedo de que ella y Leonardo pasaran tiempo juntos. No por celos. Por lo que Leonardo pudiera contarle.
Valentina sonrió por dentro. Acababa de encontrar su mejor arma.
—Nos vemos más tarde —dijo, y salió por la puerta sintiendo el recibo del hotel todavía en el bolsillo de su pantalón.
Jueves, pensó mientras caminaba hacia el metro. El próximo jueves voy a estar en ese hotel. Y voy a verlo con mis propios ojos.
La venganza había empezado a germinar, aunque ninguno de los dos lo supiera todavía.