Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.
No se conocen. Pero el hilo los encontró.
A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.
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*El me sostiene*
No me suelta.
Kael no me suelta, y siento su respiración junto al mío sincronizados.
Sigo pegada a su pecho y tiemblo. Sigo temblando. No me derrumbo. No le doy ese gusto al invierno. No le doy ese gusto a los doce muertos que siguen tirados atrás mío.
Él lo siente. Lo siente porque su pecho sube y baja contra el mío y cada temblor mío le vibra en las costillas. Lo siente porque su mano, enorme y helada, está cerrada en mi espalda. Me acaricia. Me sostiene. Como se sostiene su alma gemela.
Cinco segundos. Diez. Un minuto. El tiempo se volvió barro rojo y respiración ajena.
Nadie habla. Cecilia no respira. Los seis guerreros agachan las lanzas y la cabeza. Los cincuenta lobos en el perímetro siguen en su posición. Todo Luna Plateada está en silencio mirando cómo el Alfa de Colmillo Negro sostiene a la Heredera de Luna Plateada bañada en sangre.
Kael no me aprieta. No me esconde la cara en el cuello como haría otro. Me sostiene. Recto. Firme. Como un muro que se plantó para que el viento no me tire.
Y el viento igual sopla. El viento trae olor a muerte. Trae olor a cobre. Trae olor a mí matando. Y él no se aleja. No me aparta.
Siente que tiemblo. Siente la rabia que todavía me quema el pecho. Siente las ganas de más que no se me fueron con los doce. Siente el asco que me sube a la garganta cada vez que pienso en la sangre bajo mis uñas.
Siente todo. Porque el hilo no miente. Porque él no mira para otro lado.
Y cuando habla, no me dice “está bien”. No me dice “no llores”. No me dice “lo hiciste bien”.
Kael no miente.
Dice: " Estás temblando."
Dos palabra. Cerca de mi oído. No es reproche. Es constatación. Es que me vio. Es que no me dejó fingir que soy de piedra.
Asiento contra su pecho. La coraza de él está fría. Dura. Huele a nieve y a cuero. Huele a él. Y yo sigo oliendo a muerte. El contraste me da náuseas.
"Lo sé" respondo. Voz ronca. Voz rota. Hablo.
Su mano en mi espalda se cierra un poco más. Aprieta justo lo que hace falta para que no me vaya. Para que no me caiga. Para que no me escape de mí misma.
"Temblar no es romperse" dice. Baja. Solo para mí. Para que nadie más lo escuche. "Romperte sería quedarte quieta y no sentir nada."
Otra frase. Corta. De Kael. Y me parte por dentro porque tiene razón. Porque yo sentí todo. Sentí la daga entrar. Sentí el alivio. Sentí el asco. Sentí las ganas de más. Y sigo sintiendo. Por eso tiemblo.
Porque estoy viva. Porque soy carne. Porque soy la heredera Alfa.
Levanta la otra mano. Despacio. Dudo. Mi cuerpo se tensa. Cree que me voy a apartar. Cree que me va a soltar. Pero no.
Me quita la trenza de la cara. Dedos helados enredados en pelo pegoteado de sangre. Me la corre atrás de la oreja con una ternura que nadie puede imaginar. Como si supiera ser suave. Como si tuviera miedo de romperme.
Me mira. Ahora sí me mira la cara completa. Con sangre en la mejilla. Sin filtro.
Ve el corte de la lanza en mi mejilla. Fresco. Ve que no me rindo. Ve que mis ojos no son de nena. Ve que maté doce hombres y sigo de pie.
Y no dice “bien hecho”. No dice “orgulloso”.
Dice: "Duele. Lo sé."
Dos palabras. Y me pegan más que “Te marqué tarde”.
Porque él sabe cómo duele matar y seguir sana. Sabe cómo duele que la piel cierre y el alma no. Sabe cómo duele ser Alfa.
Me pega la frente a la mía. Un segundo. Frío contra frío. Hielo contra hielo que arde. Respira mi aire. Me deja respirar el suyo. Y en ese segundo no soy Heredera. No soy la que mató doce. Soy Sophia. Y él es Kael. Y el hilo arde menos mucho menos porque estamos pegados.
Atrás alguien carraspea. Cecilia. Vieja y sin miedo aunque tiemble.
"La sangre se le está congelando en la coraza" dice sin moverse. "Si no la limpiamos ahora, mañana no saldra."
Kael no se gira. No me suelta. No responde a Cecilia. Responde a mí. Bajito. Orden. Pero orden suave.
"Desabrochate la coraza" dice.
Porque Kael no toca armaduras ajenas. Porque tocar la coraza es tocar la guerra. Y él no quiere mi guerra encima. Me quiere a mí.
Mis dedos tiemblan cuando voy a los broches. Metal frío. Sangre seca. Me cuesta. Él me ayuda.
JALÓN. EXPULSA. JALÓN. EXPULSA. Hasta que el último broche cede.
La coraza cae al barro rojo con ruido sordo. Pesa más que doce muertos. Pesa lo que significa Luna Plateada. Pesa la promesa que hice bajando los escalones: “si me matan con esto puesto, que sepan a quién tocaron”.
Kael mira la coraza en el barro. Un segundo. Después me mira a mí. Solo túnica negra ahora. Manchada. Rota. Pegada al cuerpo por sangre seca.
Y vuelve a sostenerme. Como si sin la coraza fuera más frágil. Como si sin la coraza tuviera que sostenerme más fuerte.
"Entren" ordena a los demás. Su voz de Alfa que no se discute. "Agua caliente. Trapos. No preguntan. No miran. Limpian y se van."
Nadie se mueve hasta que Cecilia asiente. Entonces los guerreros entran corriendo a la casa. No por órdenes. Por alivio. Porque el rey de reyes habló.
Kael no me suelta. Da dos pasos hacia atrás, hacia la puerta, sin soltarme. Me lleva con él. Pegada a su pecho. Como si el suelo de Luna Plateada lo fuera a tragar si me suelta. Como si yo fuera a salir corriendo a buscar más sangre si me deja.
Y yo voy. Temblando. Sin coraza. Sin daga. Sin rabia que se me vaya del todo. Pero voy.
Porque Kael llegó tarde pero llegó. Porque Luna Plateada no tiene muros, pero él se volvió mi muro.
Y por primera vez desde que abrí la puerta esta mañana, dejé de contar muertos.
Empiezo a contar respiraciones. Las mías. Las de él. Juntas.
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰