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CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Amor eterno
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Eliette Maldondo Velazquez

nada es para siempre

NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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El lujoso automóvil de vidrios blindados y aire acondicionado a máxima potencia avanzaba lentamente a través del pesado tráfico de la Ciudad de México. El sol de mediodía caía a plomo sobre el asfalto, reflejando un destello cegador en las fachadas de los edificios coloniales. Dentro del vehículo, el ruso permanecía hundido en el asiento de piel, aflojándose un poco el cuello de la camisa de diseñador y mirando por la ventana con una expresión de puro sufrimiento.

—Aquí hace demasiado calor... De verdad, es insoportable —se quejó el rubio, pasándose una mano por la frente, sintiendo que la resaca se intensificaba con solo mirar el brillo del sol en el exterior—. ¿Cómo lo pueden soportar los locales? Siento que me estoy derritiendo en este asiento.

Taras, que revisaba minuciosamente una tableta electrónica con los reportes financieros de la jornada, ni siquiera levantó la vista. Reacomodó su postura con una elegancia imperturbable, totalmente inmune al drama de su primo.

—Será porque ellos son de aquí... y tú eres casi un pingüino del polo norte que no sabe vivir fuera de la nieve —respondió Taras, con su habitual tono seco y pragmático.

El heredero se enderezó de inmediato, fingiendo una profunda indignación y dándose un golpe dramático en el pecho.

—¿Un pingüino? ¡Por favor! No me insultes de esa manera —replicó con una sonrisa arrogante, recuperando por un segundo su chispa habitual—. Yo no soy ningún pingüino. Soy un enorme, imponente y sexy oso ruso. Mírame bien.

Taras soltó una risita ahogada, una mezcla de burla y cansancio, mientras deslizaba una gráfica en la pantalla de su tableta.

—Pues, osito ruso, mandó a decir tu mami que le marques en cuanto regreses al penthouse hoy por la tarde. Jajaja —soltó Taras, parodiando el tono de una madre protectora.

El rubio se congeló, mirándolo con los ojos entrecerrados y una mueca de absoluto fastidio.

—Qué gracioso eres... De verdad, qué comediante nos perdimos —bufó el heredero, cruzándose de brazos—. ¿Cómo se te ocurre inventar algo tan ridículo en un momento como este?

—No estoy inventando nada —declaró Taras, levantando por fin la mirada y clavando sus ojos fríos en su primo—. Mi tía Nadenka llamó a mi teléfono, justo cuando tú estabas encerrado en la ducha intentando revivir. Y eso fue exactamente lo que pidió. Dijo que te recordara que tomes tus vitaminas y que le avises que sigues respirando.

El heredero soltó un largo gemido de frustración y dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos con fuerza. El peso de su apellido y la sobreprotección familiar eran una sombra que lo perseguía sin importar a cuántos miles de kilómetros se encontrara de Moscú.

—Mmmm... Por favor, recuérdame de nuevo por qué vine yo a este país —susurró, con voz apagada.

Taras apagó la pantalla de la tableta y la guardó en su maletín de cuero negro con un movimiento preciso. Se acomodó los lentes de montura fina sobre el puente de la nariz, adoptando una postura sumamente formal.

—Viniste porque, aunque seas un dolor de cabeza insoportable en tu vida privada, sorprendentemente eres muy eficiente en el negocio familiar a tan corta edad. Tu padre sabe que tienes un instinto impecable para cerrar tratos difíciles, y los socios mexicanos exigen ver al heredero de la firma.

El rubio abrió un ojo, dedicándole una mirada burlona.

—Huy... habló el anciano de la dinastía —replicó con sarcasmo—. Te recuerdo que tenemos exactamente la misma edad, gruñón. No me llevas ni un solo día de ventaja.

—Sí —concluyó Taras, mirándolo con una media sonrisa helada—. Tenemos la misma edad y, para mi desgracia, compartimos el mismo parentesco de sangre. Qué feo, ¿verdad? Qué horror de destino.

—Oye, no seas...

Antes de que el heredero pudiera terminar su reclamo, el auto se detuvo con suavidad junto a la acera. El chofer, un hombre de traje oscuro y audífono de seguridad, miró por el espejo retrovisor con total respeto.

—Llegamos, señores. Estamos frente al restaurante —anunció con voz firme.

En ese preciso instante, como si un interruptor invisible hubiera sido activado dentro de sus mentes, el ambiente de juego y las quejas infantiles desaparecieron por completo. La atmósfera dentro del automóvil se volvió densa, gélida y profesional. La postura de ambos jóvenes cambió en un segundo: enderezaron la espalda, ajustaron los sacos de sus trajes sastre y sus rostros perdieron cualquier rastro de calidez.

Los hombres fríos y calculadores para los negocios salieron a flote. Sus miradas se volvieron agudas, desprovistas de cualquier emoción, listos para devorarse el mercado inmobiliario local. El chofer bajó apresuradamente para abrirles la puerta, y los dos rusos descendieron del vehículo, listos para caminar directo a la reunión.

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