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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 12: El regreso al quirófano

Salir de la habitación blanca fue más difícil que entrar. No porque la puerta se resistiera, sino porque el tiempo afuera las recibió como un río furioso. Valentina sintió que el aire se arremolinaba a su alrededor, llevándose fragmentos de su memoria, recuerdos que no eran suyos pero que había heredado de Elena: trincheras, vendas empapadas en sangre, llanto de madres francesas, el ruido metálico de los cascos al caer.

—Aferrense —gritó la piloto—. El tiempo las va a querer separar.

Las cuatro mujeres caminaron pegadas, unidas por las manos y por algo más: un hilo invisible que las cosía entre sí. Nora, recién liberada del entre, caminaba con dificultad. Sus piernas aún no recordaban cómo moverse en un espacio tridimensional. Clara enfermera la sostenía por el codo, susurrándole palabras que nadie más podía escuchar.

El túnel de salida no se parecía a nada que Valentina hubiera visto antes. No era barro ni luz ni niebla. Era tejido. Como si el tiempo estuviera hecho de fibras musculares que se contraían y expandían a cada paso. Y en cada contracción, una imagen: la vida de Elena en 1916, la de Nora en 1952, la de Clara en el incendio, la de la piloto en Londres, la de Valentina en la cocina de su abuela.

Todas superpuestas. Todas doliendo al mismo tiempo.

—No miren —ordenó la piloto—. Cierren los ojos y caminen.

Caminaron. Un paso. Otro. El tejido temporal se volvía más denso a medida que se acercaban a la salida. Valentina sentía que sus pulmones se llenaban de algo que no era aire. Era tiempo líquido. Pesado. Caliente.

Y entonces, la luz.

Abrieron los ojos en el quirófano abandonado de Madrid. El cuerpo de Marta seguía envuelto en sábanas en la misma esquina. El mapa de carbón en el piso seguía ahí, pero los nombres habían cambiado. Ya no estaban los que escribió la mujer de negro. Ahora había nuevos nombres, escritos con una caligrafía que Valentina reconoció: la de su abuela Lucía.

—¿Esto qué significa? —preguntó Clara enfermera, arrodillándose para leer.

"Gracias por traerla de vuelta. Ahora descansen. La que sigue soy yo."

—Tu abuela —dijo la piloto, mirando a Valentina—. Lucía está escribiendo desde el más allá.

—¿El más allá? —preguntó Nora, que aún temblaba—. No existe el más allá. Sólo existe el tiempo. Y tu abuela todavía está en algún lado. Atrapada como yo, pero sin poder hablar.

Valentina sintió un nudo en la garganta. Había llorado la muerte de Lucía hacía una semana, pero ese llanto había sido superficial, el de una nieta que pierde a su abuela. Ahora entendía que la pérdida era más profunda: Lucía no estaba muerta. Estaba desplazada. En algún rincón del tiempo, esperando.

—La vamos a buscar —dijo Valentina—. Pero primero, tenemos que asegurarnos de que ustedes están bien. —Miró a Elena, que seguía con el vestido negro, pero ahora sus mejillas tenían un poco de color—. ¿Cómo te sentís?

Elena levantó una mano. La miró como si fuera la primera vez.

—No sé. Hace siglos que no sentía nada. Ahora... me duele todo. Pero es un dolor bueno. Como cuando un brazo dormido empieza a despertar.

—Eso es el tiempo volviendo a circular por tu cuerpo —dijo la piloto—. Te va a doler unos días. Pero después... después vas a poder vivir. De verdad. No como espectadora.

Clara enfermera se acercó a Nora y le tocó la cara. La piel de Nora era fría, pero no muerta.

—¿Y vos? —preguntó—. ¿Qué recordás del entre?

Nora cerró los ojos. Cuando los abrió, sus pupilas brillaron con un color que no era gris ni verde. Era dorado.

—Recuerdo todo —dijo—. Cada segundo de cada siglo. El entre no es un vacío. Es un archivador. Todo lo que pasó, todo lo que pasa y todo lo que va a pasar está ahí, flotando, esperando que alguien lo mire. Yo lo miré todo. Por eso estoy así.

—¿Así cómo? —preguntó Valentina.

—Rota. Pero no de la misma manera que Elena. Ella se pudrió por dentro. Yo me llené de información. Tanta que casi no me queda espacio para ser persona. Pero cuando ustedes dijeron mi nombre —el verdadero—, algo hizo clic. La información se ordenó. Las imágenes dejaron de ser una avalancha y se convirtieron en... memoria. Memoria humana. Limitada. Hermosa.

La piloto suspiró y se dejó caer contra la pared.

—Esto es demasiado. En veinticuatro horas pasamos de ser tres desconocidas a ser cuatro hermanas rotas que tienen que salvar el tiempo. ¿Alguien más siente que necesita una siesta?

Clara enfermera rió. Fue la primera vez que Valentina la escuchaba reír. Era una risa cascada, como de alguien que había olvidado cómo hacerlo.

—Una siesta y un café —dijo Clara—. Con leche, azúcar, y que no me lo sirva ninguna versión alternativa de mí misma.

Elena se sentó en el suelo, con cuidado, como si temiera que el piso se abriera debajo de ella. No se abrió. El quirófano estaba más firme que antes. Las grietas en las paredes seguían ahí, pero ya no respiraban. Estaban cicatrizando.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Nora—. ¿Nos quedamos acá? ¿Buscamos a Lucía? ¿Cerramos las grietas que quedan?

—Todo a la vez —dijo Valentina—. Pero primero, necesitamos entender algo. Elena, vos dijiste que el tiempo se estaba pudriendo porque vos lo pudriste desde adentro. Pero ahora que saliste, ¿el tiempo se cura solo?

Elena negó con la cabeza.

—No solo. El tiempo necesita un jardinero. Alguien que lo cuide, que pode las ramas muertas, que riegue las que están secas. Antes, ese jardinero era yo, pero lo hacía mal. Lo hacía con odio. Ahora...

—¿Ahora qué?

—Ahora podría hacerlo bien. Pero no sola. Necesito ayuda.

—Te vamos a ayudar —dijo la piloto—. Todas.

—No es tan fácil —insistió Elena—. Cuidar el tiempo significa viajar. Mucho. A lugares feos. A momentos dolorosos. Significa ver cómo la gente sufre y no poder intervenir siempre. Significa priorizar. Salvar una vida aquí para que no se abra una grieta allá. Es un trabajo sucio.

—Ya hacemos eso —dijo Clara enfermera—. Sin saberlo. Cada vez que viajábamos, estábamos cuidando el tiempo sin darnos cuenta. Ahora al menos vamos a hacerlo con conciencia.

Valentina observó a las otras tres. Nora miraba al techo como si estuviera leyendo algo escrito en las grietas. Elena acariciaba el piso con la punta de los dedos. Clara enfermera había tomado el cuaderno de Nora y hojeaba sus páginas con ternura. La piloto afilaba su bisturí contra la pared, aunque ya no servía para nada.

Cuatro mujeres. Cuatro roturas. Una sola familia.

—Vamos a necesitar un plan —dijo Valentina—. Un plan para encontrar a Lucía, para cerrar las grietas y para cuidar el tiempo sin volvernos locas en el intento.

—Lo primero —dijo la piloto— es asegurar este lugar. El quirófano es un punto estable. Podemos usarlo como base. Siempre que no se llene de viajeras perdidas.

—Lo segundo —agregó Nora— es aprender a controlar los saltos. No podemos seguir viajando a los tumbos, movidas por el dolor. Tenemos que viajar con intención.

—Lo tercero —dijo Elena— es encontrar a Lucía. Porque si ella está escribiendo en el mapa desde algún rincón del tiempo, significa que no está muerta. Significa que está esperando.

—Y lo cuarto —dijo Clara enfermera con una sonrisa pequeña— es esa siesta.

Valentina asintió. El sol de Madrid empezaba a entrar por la ventana rota, y esta vez la luz era real. No había naranja incandescente en el horizonte. No había grietas respirando. Sólo el día común y corriente, y cuatro mujeres comunes y corrientes —bueno, no tanto— descansando después de haber salvado el mundo.

O al menos, después de haber empezado a salvarlo.

Porque Valentina lo sabía: la historia no terminaba ahí. Lucía seguía esperando. Las grietas más antiguas seguían abiertas. Y el tiempo, aunque empezaba a sanar, aún tenía cicatrices profundas.

Pero por ahora, iban a dormir.

Y después, iban a volver a la carga.

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