Ela una chica que era bondadosa y alegre se dará cuenta de que su familia no es lo que parece y perderá su vida . La vida o el destino le dará una oportunidad para hacer las cosas bien.
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Capítulo 7: Una emboscada inesperada
El baile imperial terminó cerca de la medianoche.
Los últimos invitados abandonaban lentamente el palacio mientras carruajes iluminados por faroles recorrían las calles de la capital.
Ela observaba la ciudad desde la ventana de su carruaje.
Miles de luces brillaban entre las elegantes avenidas y los edificios de piedra blanca.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Y en las novelas, la tranquilidad rara vez duraba mucho tiempo.
—Pareces pensativa.
Alexander se encontraba sentado frente a ella.
—Solo estoy cansada.
—Mentira.
Ela sonrió.
—¿Tan fácil es descubrirme?
—Te conozco desde que naciste.
—Buen punto.
El duque la observó durante algunos segundos.
—¿Ocurrió algo en el baile?
Ela pensó inmediatamente en Cedric.
En la conversación.
En la danza.
En los cambios inesperados que estaban ocurriendo.
—No exactamente.
Alexander decidió no insistir.
Sin embargo, comenzaba a notar algo.
Su hija parecía estar planeando algo.
Y normalmente eso podía resultar preocupante.
Cuando el carruaje atravesó una zona menos concurrida de la ciudad, los caballos se inquietaron repentinamente.
El cochero tiró de las riendas.
—¿Qué sucede?
No hubo respuesta.
Un segundo después se escuchó un golpe.
Luego otro.
Y finalmente un grito.
Alexander reaccionó inmediatamente.
Su expresión cambió por completo.
El noble amable desapareció.
Y fue reemplazado por el veterano militar.
—Permanezcan dentro.
Ela sintió una alarma inmediata.
Recordaba aquel acontecimiento.
Aunque apenas ocupaba unas pocas páginas de la novela.
Una emboscada.
La puerta del carruaje se abrió violentamente.
Varios hombres vestidos de negro aparecieron rodeándolos.
Llevaban espadas cortas.
Máscaras.
Y ninguna intención amistosa.
—Entreguen a la muchacha.
Alexander soltó una risa peligrosa.
—Han elegido una forma muy mala de morir.
El líder de los atacantes levantó su arma.
—Maten a todos.
La batalla comenzó inmediatamente.
Los guardias imperiales desenfundaron sus espadas.
El sonido del acero llenó la calle.
Los caballos relincharon nerviosos.
Ela observó la escena intentando recordar detalles.
En la novela original aquello era solo un intento fallido de secuestro.
Pero nunca explicaban quién estaba detrás.
Ahora tenía la oportunidad de descubrirlo.
Uno de los atacantes logró acercarse al carruaje.
Demasiado cerca.
Alexander estaba ocupado enfrentando a tres enemigos al mismo tiempo.
Los guardias estaban dispersos.
Y el hombre avanzaba directamente hacia Ela.
—Mal momento para ser secuestrada —murmuró.
Tomó rápidamente una pesada linterna de metal que se encontraba dentro del carruaje.
El atacante abrió la puerta.
—Ven conmigo.
—No gracias.
La linterna impactó directamente en su nariz.
Se escuchó un crujido.
El hombre cayó hacia atrás lanzando un grito doloroso.
—Definitivamente no gracias.
En medio del combate apareció una nueva figura.
Montaba un enorme caballo negro.
Vestía un uniforme oscuro.
Y sostenía una espada cuya hoja reflejaba la luz de la luna.
Ela lo reconoció inmediatamente.
Cedric Ravencrest.
Por supuesto.
Porque el destino parecía empeñado en seguir cruzando sus caminos.
El caballo avanzó como una tormenta.
Cedric derribó al primer atacante antes incluso de detenerse.
Luego descendió de la montura.
Y en apenas unos segundos neutralizó a tres hombres más.
Su forma de luchar era impresionante.
Precisa.
Rápida.
Eficiente.
Cada movimiento parecía calculado.
Ela entendió perfectamente por qué era considerado uno de los guerreros más peligrosos del imperio.
Leonard apareció detrás de él.
—¡Cedric, creo que encontré al líder!
—¿Estás seguro?
—No.
—Entonces deja de gritar.
—Pero parece importante.
Cedric suspiró.
Ela tuvo que contener una carcajada.
Leonard era exactamente igual que en la novela. Ni
La batalla terminó pocos minutos después.
Los atacantes supervivientes intentaron escapar.
Pero uno de ellos fue capturado.
Alexander se acercó al prisionero.
—¿Quién te envió?
El hombre permaneció en silencio.
—Habla.
Nada.
—Habla o te haré desear haberlo hecho.
El prisionero sonrió.
Y antes de que alguien pudiera detenerlo, mordió una cápsula oculta.
Un instante después cayó muerto.
Ela sintió un escalofrío.
Aquello era mucho más serio de lo que recordaba.
Mientras los guardias revisaban la zona, Cedric se acercó al carruaje.
—¿Está herida?
Ela negó con la cabeza.
—Solo mi confianza en los paseos nocturnos.
Por primera vez apareció aquella pequeña sonrisa que ya comenzaba a resultarle familiar.
—Es comprensible.
—Gracias por la ayuda.
—Simple coincidencia.
—Claro.
—¿Qué significa eso?
—Que las coincidencias comienzan a repetirse demasiado.
Cedric pareció divertido.
—Tal vez.
Alexander observaba la escena desde cierta distancia.
Y no le gustaba lo que veía.
No porque desconfiara de Cedric.
Sino porque acababa de notar algo inquietante.
Su hija parecía disfrutar hablando con él.
Y Cedric parecía disfrutar respondiendo.
Aquello podía convertirse en un problema.
O en algo mucho más peligroso.
Antes de marcharse, Cedric hizo una última observación.
—Tenga cuidado durante las próximas semanas.
Ela lo miró atentamente.
—¿Sabe algo?
—No.
—Entonces ¿por qué lo dice?
Cedric observó brevemente al cadáver del atacante.
—Porque alguien está dispuesto a matar para llegar hasta usted.
Y por experiencia sé que esas personas rara vez se rinden después del primer intento.
Por primera vez aquella noche, Ela dejó de sonreír.
Porque sabía que tenía razón.
Y porque comenzaba a sospechar que aquella emboscada estaba relacionada con alguien muy cercano.
Alguien que sonreía dulcemente durante el día.
Y conspiraba en las sombras durante la noche.