VOLVER A AMAR - TEMPORADA II
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 5
Cuando salimos de la reunión, Leonardo no me llevó directo a casa, al principio pensé que la sorpresa era un pretexto para cortar la conversación con Alejandra, lo cierto es que si tenía una sorpresa para mí. En vez de tomar la ruta conocida, giró por una calle angosta iluminada por farolas antiguas.
—Te voy a mostrar algo— dijo él, sin dar más pistas.
A los pocos minutos nos detuvimos frente a un edificio pequeño, con paredes de ladrillo y un cartel discreto que decía Centro Cultural "Amada Samantha", como si desde el título del lugar quisiera decirme algo. Afuera había un par de bicicletas apoyadas contra la pared y un aroma a café recién molido que salía de la cafetería contigua.
—Acaba de inaugurarse una exposición de fotografía y arte digital— explicó Leonardo mientras abría la puerta. —Pensé que te iba a gustar.
Dentro, el ambiente era íntimo. Las luces estaban bajas, lo justo para que las imágenes resaltaran. Había retratos de gente anónima con miradas profundas, paisajes urbanos captados al amanecer, fotografías en blanco y negro de manos trabajando, y proyecciones digitales que se movían lentamente sobre las paredes. Algunos visitantes hablaban en voz baja; otros simplemente observaban, como si temieran romper el silencio que las imágenes imponían.
Caminamos despacio, comentando de vez en cuando. Leonardo se detenía cuando veía que yo me quedaba más tiempo frente a alguna fotografía, y no intentaba apresurarme. En un rincón, una instalación proyectaba sombras de hojas moviéndose, acompañadas de sonidos de viento y pasos lejanos. Me gustó que él no me llenara de explicaciones, queriendo resaltar que sabe muchísimo, solo estaba ahí, presente.
Cuando salimos, en lugar de ir hacia el auto, me guió hacia un pequeño banco de madera en el pasillo lateral. Sacó de su chaqueta un cuaderno de tapa dura, encuadernado a mano.
—Esto es para ti— dijo Leonardo.
Al abrirlo, vi fotos nuestras impresas, entradas de cine, tickets de restaurantes, notas rápidas escritas en servilletas, e incluso una hoja seca de aquel paseo en el parque donde nos habíamos quedado hablando hasta que oscureció; habían sido tres meses lo que me estábamos saliendo como novios, y nunca me apresuró a nada, como si quisiera que disfrutemos cada momento, no es que no hubiera deseo, pero se había empeñado en que nos amaramos aun más, antes de cualquier avance.
—Quería que tuviéramos algo tangible—, explicó él. —Algo que podamos ver cuando falte el tiempo o las palabras.
Me mordí el labio para no llorar, pero él me abrazó con fuerza, como si entendiera que era inevitable.
Esa noche, salió el tema del pasado, no porque quedara algo pendiente, sino porque ambos preferíamos que nada nos tomara por sorpresa.
Me contó que Alejandra era sobrina de unos amigos de sus padres y que habían estado juntos tres años. Su hermana murió un año antes de la boda, y sus padres, ya mayores, no podían hacerse cargo de Emiliano. Así que él lo hizo. Poco antes de casarse, Alejandra le exigió que enviara a su sobrino con sus abuelos o lo metiera en un internado. Ese fue el punto de quiebre, entendió que ella no quería formar parte de esa responsabilidad, y para él no había opción. Emiliano era parte de su vida.
Yo también le hablé de Octavio. De nuestros seis años juntos, de cómo los tres primeros fueron una mezcla de cariño y dependencia, y los otros tres un desgaste silencioso. Le conté cómo había ido apagando mi voz y mis ganas, hasta que un día decidí irme.
No hubo silencios incómodos ni juicios. Solo dos personas escuchándose. Me di cuenta de que con Leonardo no tenía que filtrar lo que decía para evitar críticas o burlas. Era mi novio, pero también mi amigo, y eso no lo había tenido antes.
Unos días después, estábamos en el banco haciendo un trámite. Era una mañana cualquiera, con gente entrando y saliendo, el sonido de las impresoras, los pitidos del televisor para indicar que era un nuevo turno y el murmullo constante. Hasta que, al girar hacia la fila de caja, los vi.
Octavio y Alejandra, juntos, conversando como si fuera lo más natural del mundo.
Me quedé quieta un instante. Leonardo, que ya los había visto, apretó mi mano. No hizo comentarios, no se tensó. Yo respiré hondo. El pasado había decidido cruzarse con nosotros, pero esta vez, yo no iba a retroceder.
Octavio fue el primero en notar nuestra presencia. Levantó una ceja, como si le sorprendiera menos verme que verme acompañada. A su lado, Alejandra giró el rostro y su mirada se detuvo en Leonardo, luego en mí.
No hubo presentaciones ni sonrisas falsas. Solo un saludo breve de cabeza por parte de Octavio, al que respondí con la misma sobriedad.
Alejandra dio un paso hacia nosotros.
—Vaya, el mundo es pequeño— comentó Alejandra, con una entonación tan neutra que era imposible saber si era cortesía o ironía.
—Sí, pero lo suficiente grande para no tropezar seguido— respondí, sin perder la calma.
Leonardo se mantuvo firme a mi lado.
—Tenemos un turno que atender, el gerente nos está esperando— dijo Leonardo, y sin esperar respuesta, me guió hacia la oficina.
Sentí la presión de su mano en la mía, no era nerviosismo, era un gesto claro de que estamos juntos en esto.
Durante los minutos que siguieron, pude sentir las miradas de ambos en nuestra dirección. No las devolví. No valía la pena darles más espacio del que ya ocupaban.
Cuando salimos del banco, el sol golpeaba fuerte. Leonardo me miró y sonrió con un aire tranquilo.
—Podría decirte que me incomodó, pero la verdad es que solo pensé en que teníamos que ir a almorzar— expresó Leonardo.
Les juro que reí. Esa respuesta me recordó por qué estaba ahí con él y no con otra persona.
Mientras caminábamos hacia el auto, mi teléfono vibró. Un mensaje nuevo, no reconocí el número, pero el contenido me hizo detenerme.
"No todo es como parece."
Leonardo notó mi expresión.
—¿Pasa algo?— preguntó él.
Le mostré la pantalla. Su ceño se frunció apenas.
—Bueno, parece que el pasado no quiere irse en silencio— dije como si algo me advirtiera de problemas.
Y así, supe que ese mensaje sería el comienzo de algo que aún no veíamos venir.