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La Chica Del Cabello Infinito

La Chica Del Cabello Infinito

Status: Terminada
Genre:Magia / Familia mágica / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal

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Capítulo 15: Dos luces, un mismo camino

Un día, unas semanas después de su primer aniversario, Mariana se despertó muy temprano, antes de que saliera el sol. Se quedó mirando a Kael, que dormía plácidamente a su lado, y pasó su mano con suavidad por su cabello oscuro.

Sentía algo diferente dentro de sí, una sensación nueva, una mezcla de emoción y ternura que no había sentido nunca. Su cabello, que siempre estaba extendido por toda la habitación, brillaba ahora con un resplandor dorado y rosado muy intenso, y ella sabía, sin saber cómo, que algo maravilloso estaba por llegar.

Cuando Kael abrió los ojos y la vio así, con esa sonrisa que iluminaba todo el cuarto y esa luz especial alrededor, se sentó rápido, preocupado y curioso a la vez. —¿Pasa algo, mi vida? ¿Te sientes mal? ¿Necesitas algo?

Ella negó con la cabeza y tomó su mano, llevándosela hasta su propio pecho, justo donde latía su corazón. —No pasa nada malo, Kael. Al contrario… pasa lo más hermoso que nos podía pasar. —Sus ojos brillaban llenos de lágrimas de felicidad—. Vamos a ser padres.

El silencio que siguió fue de pura emoción. Kael se quedó inmóvil un segundo, como si no hubiera entendido bien, y luego una sonrisa inmensa, llena de alegría y sorpresa, iluminó su cara. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza, con mucho cuidado, como si abrazara el tesoro más grande del mundo.

—¿Estás segura? —preguntó con voz entrecortada.

—Segurísima —respondió ella, acurrucándose contra su pecho—. Lo siento aquí adentro. Y mira… —señaló su cabello, que ahora se movía suavemente, como si acariciara el aire, brillando más que nunca—. Mi luz lo sabe también. Nunca ha brillado así.

En los meses que siguieron, toda la Ciudad Alta y los pueblos de alrededor vivieron una época de alegría y espera. Todos sentían que algo muy especial venía en camino, porque la luz de Mariana, que ya era conocida y querida por todos, ahora tenía una dulzura y una fuerza nuevas. La gente le traía regalos, alimentos, cosas para el bebé; los consejeros organizaban todo para que ella pudiera descansar más, reduciendo sus reuniones y sus viajes; los vecinos pasaban por su casa solo para verla un momento y desearle lo mejor.

Mariana vivió esos meses como los más felices de su vida. Aunque su cuerpo cambiaba, aunque a veces se sentía cansada, cada momento era mágico. Kael estaba siempre a su lado, más atento y cariñoso que nunca. Le ayudaba a moverse, le preparaba comidas especiales, le hablaba al bebé cada noche antes de dormir, diciéndole cuánto lo querían ya, cuánto le esperaban, y cuánto amor había en ese hogar para recibirlo.

Y su cabello, esa característica que la hacía única, también cambiaba: creció aún más, si eso era posible, llegando desde su habitación hasta el jardín exterior, y brillaba de día y de noche, iluminando su casa, el jardín y todo el vecindario, como un faro de amor y esperanza. La gente decía que, al ver esa luz, sabían que todo iría bien, que el niño o niña que venía traería consigo parte de esa magia, parte de esa bondad que hacía tan especial a su madre.

Así, cuando llegó el momento, en una noche de luna llena donde todo el cielo estaba despejado y lleno de estrellas, nació Lira. Una niña pequeña, de tez morena igual que su madre, ojos color avellana igual que su padre… y, para sorpresa y emoción de todos, una pequeña mechona de cabello rojo brillante en la parte superior de su cabeza. Al nacer, se escuchó un murmullo suave por toda la ciudad, porque la luz de Mariana estalló en una explosión de colores hermosos que se extendió hasta el último rincón de las tierras que ella cuidaba. Y cuando la pequeña lloró por primera vez, todos sintieron que ese sonido era el sonido del futuro, del amor hecho vida.

La llegada de Lira cambió todo, pero para mejor. Desde el primer día, quedó claro que ella no era una niña común. Al crecer, se veía que tenía la dulzura y la fuerza de su madre, la calma y la valentía de su padre… y también había heredado algo del don de Mariana. Cuando cumplió su primer año, su cabello, que al principio solo tenía ese pequeño mechón rojo, comenzó a crecer y a cambiar: se hizo rizado, igual que el de su madre, de un rojo intenso y hermoso, y cuando ella estaba contenta o emocionada, ese cabello brillaba con una luz suave, mucho más pequeña que la de Mariana, pero igual de especial. Cuando lloraba o tenía miedo, la luz se apagaba un poco, y cuando estaba tranquila o jugando, iluminaba todo lo que tenía alrededor.

Mariana y Kael educaron a su hija con mucho amor, pero también con sabiduría. Querían que ella entendiera que tener ese don era algo maravilloso, pero que lo más importante no era la luz que salía de su cabello, sino la luz que llevaba dentro de su corazón. Le enseñaron a ser amable, a escuchar a los demás, a respetar a todos sin importar quiénes fueran, y a entender que su familia tenía una responsabilidad grande con todo el pueblo, pero que ella siempre podía elegir su propio camino.

Y dos años después de Lira, llegó Darian, su segundo hijo. Fue una sorpresa y una alegría inmensa para todos. Darian también tenía la tez morena, los ojos avellana de su padre… y aunque al principio parecía que no había heredado el brillo de su madre, cuando cumplió unos meses, se dieron cuenta de que su don era diferente. Él no brillaba con luz propia, pero tenía la capacidad de sentir y entender todo lo que la luz de su madre y de su hermana significaba. Podía saber dónde había oscuridad, dónde había problemas, dónde hacía falta ayuda, y sabía cómo guiar esa luz para que llegara a donde más se necesitaba. Era como si Lira fuera la llama, y Darian fuera la brújula que señalaba el camino.

Los años pasaron rápido, y la pequeña familia creció rodeada de amor y respeto. La casa que habían construido al principio se hizo más grande, con más habitaciones y un jardín mucho más amplio, porque a los niños les encantaba estar al aire libre. Mariana seguía siendo la guía, pero ahora compartía sus tareas con personas de confianza, y también con sus propios hijos, que poco a poco iban aprendiendo todo lo necesario para ayudar a los demás. Kael, que ahora era uno de los líderes de los guardianes, pasaba más tiempo en casa, y era el encargado de enseñar a los niños sobre el valor de la palabra, la importancia de proteger a los débiles y cómo mantener la calma incluso en los momentos difíciles.

Lira creció siendo una niña alegre, curiosa y muy cariñosa. Su cabello rojo creció mucho, aunque todavía no tan largo como el de su madre, y le llegaba hasta los pies, brillando siempre que se movía o se reía. A veces, cuando jugaba en el jardín, su luz hacía que las flores crecieran más rápido o que las mariposas se acercaran a su alrededor. La gente la quería mucho; decían que tenerla cerca era como estar cerca de un rayo de sol. Pero también tenía la fuerza de Mariana: cuando veía algo injusto o malo, se ponía seria, su luz se hacía más fuerte, y defendía lo que creía que estaba bien, sin miedo.

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Fátima Noelia Gauto
acaso sos una retrazada?? no te contaron ya la verdad??
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