A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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Complices
La noche cayó tranquila sobre la mansión. En el interior, el fuego del hogar crepitaba bajo, y la luz cálida caía sobre los muebles como si quisiera suavizar el mundo.
Adela estaba sentada en un sillón, con una mantita sobre las piernas. Lukas, en su silla, se acercó despacio hasta quedar frente a ella. Había en su mirada esa calma nueva que solo aparece cuando el corazón por fin deja de pelear todo el tiempo.
—¿Y bien? —dijo Lukas, mirándola con una sonrisa leve—. ¿Qué te pareció lo que dijo Estefanía?
Adela sonrió, todavía con el eco del brindis en el pecho.
—Me conmovió… y me dio fuerza. Pero también me dejó pensando en cosas que no quería pensar.
—¿Como qué? —preguntó él.
Adela respiró hondo y lo miró directo.
—Lukas… antes del accidente… ¿tuviste pareja? ¿Novia?
Él no se sorprendió. Solo bajó la mirada un segundo, como si estuviera eligiendo palabras que no dolieran.
—Sí —respondió—. Tuve una. Estuvimos un tiempo.
Adela se quedó quieta.
—¿Y por qué…? —preguntó, aunque la respuesta ya empezaba a dolerle antes de escucharla.
Lukas apretó un poco los dedos sobre el respaldo de su silla.
—Porque ella no soportó la idea de verme así. No era solo la silla… —su voz se volvió más áspera—. Era mi cambio de actitud. Yo me cerré, me volví frío, desconfiado. Me daba vergüenza necesitar… y yo no sabía cómo pedirlo sin sentirme menos.
Adela asintió despacio, comprendiendo.
—Entonces se fue.
—Se fue —confirmó Lukas—. Y yo… yo lo dejé pasar. Me encerré más.
Adela se inclinó un poco hacia adelante, como si quisiera entenderlo todo, incluso lo que él no decía.
—Antes me dijiste que cuando eras militar no tenías tanta fortuna. ¿De dónde salió todo eso…? —preguntó, frunciendo apenas el ceño—. ¿Cómo te hiciste multimillonario?
Lukas la miró, y en su expresión apareció una sombra breve, como si recordara que la vida a veces cobra con silencio.
—Cobré una indemnización por el accidente —dijo—. Y después… mi padre falleció.
Adela lo miró fija.
—¿Y te dejó…?
—Todo —respondió él—. No tenía a quién dejarle. No tenía otro familiar cercano. Así que… terminó en mis manos.
Adela tragó saliva.
—¿Y tu ex novia sabía de todo esto? —preguntó, con cuidado.
Lukas negó, sin dudar.
—No.
Adela se quedó mirándolo, y su mente corrió sola hacia una conclusión que no le gustaba.
—Entonces… si ella se entera de que ahora errs un multimillonario… —dijo despacio— seguramente va a volver. No por lo que eres, sino por lo que puede conseguir.
Lukas soltó aire por la nariz, como si esa idea le diera cansancio.
—No va a pasar —dijo, firme.
Adela parpadeó.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque ahora mi corazón ya tiene dueña —respondió él, acercándose un poco más. Con una ternura que parecía aprenderse a sí misma, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Adela se quedó inmóvil, con la respiración corta. La caricia era ligera, pero el mensaje era enorme.
Lukas se inclinó apenas, sus ojos clavados en los de ella.
—Y esa dueña eres tu.
Adela sonrió, pero no como quien acepta sin dudas. Fue una sonrisa con lucha.
—No sé si algún día voy a poder dejar de sentir culpa —murmuró—. Estoy luchando todos los días para estar en paz… y para aceptar, sin lastimarme, lo que siento.
Lukas retiró la mano con suavidad, como si respetara el ritmo de su corazón.
—No tienés que aceptarlo de golpe —dijo—. Solo… no te vayas. Quédate. Aunque sea despacio.
Adela lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, la culpa no le ganó del todo.
—Voy a quedarme —respondió—. Pero no prometo que no me tiemble la voz… prometo que voy a seguir intentando.
Lukas asintió, y en su mirada había algo que se parecía a la esperanza, esa que no exige, pero acompaña.
—Entonces estamos haciendo lo correcto —dijo.
Pasaron horas hablando, como si el tiempo por fin se ablandara. Primero fueron cosas simples: lo que a Adela le gustaba comer cuando estaba nerviosa, qué música le calmaba el pecho, qué lugar de Alemania le parecía más cálido aunque afuera hiciera frío. Lukas, con paciencia, le contaba pequeñas cosas de su vida nueva—cosas que antes habría despreciado por “no ser importantes”—y Adela se sorprendía de lo fácil que era reír cuando él no estaba mirando el pasado con dureza.
—¿Te gusta más el mar o la montaña? —preguntó Lukas de pronto, acomodándose en su silla para verla mejor.
Adela sonrió, pensándolo un segundo.
—El mar… pero el mar con viento suave. No me gusta cuando golpea demasiado.
—Entonces te va a encantar el lago que está cerca de aquí —dijo él—. Tiene ese aire… como de promesa.
Adela se rió bajito.
—Tu hablás como si todo fuera una promesa.
—Capaz que lo es —respondió Lukas, y luego bajó la mirada, como si le costara volver a un tema más serio.
—Adela… —dijo al fin—. Desde que viniste a Alemania… ¿sabés algo de tu marido?
Adela se quedó quieta. Su sonrisa se fue apagando despacio, sin dramatismos, pero con sinceridad.
—No —respondió—. No sé nada.
Lukas asintió, como si ya lo hubiera sospechado, y aun así necesitara oírlo.
—¿Lo último que supiste… fue lo de Paraguay, verdad?
Adela apretó la manta entre sus dedos.
—Lo último que supe de él fue que estaba en la cárcel por apuestas ilegales. Eso fue lo que me llegó… y después nada.
Lukas respiró hondo, y su voz se volvió más cuidadosa.
—¿Y ya te divorciaste de él?
Adela negó despacio.
—No. No me hedivorciado.
—¿Entonces…? —insistió Lukas, aunque no con presión, sino con preocupación real.
—Tengo que viajar a Paraguay —explicó Adela—. Tengo que ir allá para firmar. Para que el divorcio sea oficial. Si no… no se puede cerrar.
Lukas la miró con una mezcla extraña de ternura y determinación, como si quisiera cargar parte de ese peso con solo estar cerca.
—Cuando puedas… lo hacemos —dijo—. Paso a paso.
Adela lo observó, conmovida, pero también consciente de que había cosas que no se podían acelerar.
—No quiero que esto te afecte —murmuró.
—Me afecta porque eres tu —respondió Lukas, y esa frase le salió como verdad, sin estrategia.
Adela soltó el aire que llevaba guardado y volvió a sonreír, pequeña, real.
—Entonces… primero el lago, después Paraguay —dijo, intentando que el futuro sonara menos pesado.
Lukas le devolvió la sonrisa.
—Trato hecho.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.