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PERFECTO ENGAÑO DE AMOR

PERFECTO ENGAÑO DE AMOR

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Amor prohibido / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.

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Capitulo 23

Apenas habían pasado unos días desde aquella discusión violenta que había roto la antigua amistad entre Marlon y Sebastián, y el eco de sus gritos todavía parecía flotar en el aire cada vez que se encontraban en el mismo lugar. La tensión era palpable: ya no había bromas compartidas, ni miradas cómplices, ni esa confianza de toda la vida que antes los unía. Ahora, cuando coincidían, se miraban con frialdad absoluta, como dos extraños que solo compartían un pasado doloroso y ya inútil. Andrea, aunque trataba de no darle demasiada importancia para no opacar su propia felicidad, sentía una angustia constante al ver a quienes quería enfrentados de esa forma, sin entender del todo la raíz profunda de aquella enemistad.

Para tratar de recuperar algo de normalidad y demostrar que nada —ni siquiera la oposición de un viejo amigo— podía separarlos, aceptaron la invitación a una gran recepción benéfica en el centro de la ciudad. Allí estarían todos: Omar y Viviana, como siempre a su lado; también Marlon, quien asistía por compromiso profesional aunque manteniéndose deliberadamente al margen; y, entre la multitud elegante y brillante que llenaba los salones, también estaba ella: Renata.

Desde su llegada, Renata observaba todo con una calma imperturbable, vestida con una elegancia imponente que atraía miradas, pero manteniéndose siempre al acecho, como una depredadora paciente que conoce cada movimiento de su presa. No se acercó de inmediato; prefirió mezclarse entre otros invitados, sonreír y conversar, mientras sus ojos grises seguían a Sebastián allá donde fuera, analizando cada gesto, cada palabra, cada cambio mínimo en su expresión.

Andrea, que caminaba a su lado radiante y segura, ajena por completo a la presencia de quien era, ante la ley y la sociedad, la verdadera dueña de su lugar, le apretaba suavemente el brazo.

—Es increíble cuánta gente hay aquí —comentó ella en voz baja, mirando a su alrededor con curiosidad—. Todos parecen conocerse entre sí. Me hace sentir un poco pequeña, pero estando tú a mi lado, todo parece más fácil.

Sebastián sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos, que escaneaban el salón con nerviosismo constante, temiendo en cada instante que alguien se acercara y dijera algo que no pudiera controlar.

—No tienes por qué sentirte así, mi amor. Brillaras más que todos ellos juntos, con diferencia. Y pronto… pronto podremos estar en lugares así sin tener que mirar por encima del hombro en cada segundo.

En ese momento, un grupo de conocidos se acercó para saludarlos. Entre copas de champán y comentarios triviales sobre la decoración y la organización, la charla derivó hacia gustos personales y lugares favoritos para escapar del ruido de la ciudad.

—Yo siempre digo —comentó una mujer elegante y de voz aguda— que no hay nada como una casa abierta al campo, con silencio absoluto y nada que rompa la paz. ¿No les parece, Sebastián?

Él asintió distraído, mirando a Andrea con ternura, y sin pensar, dejándose llevar por el recuerdo vivo y reciente de sus propios momentos robados.

—Sin duda. Lo más hermoso del mundo es despertar temprano, cuando todo está en calma, y sentarse en ese pequeño balcón con vistas al jardín interior… donde no llega ningún ruido de la calle, solo el canto de los pájaros, y poder tomar café despacio, en esa taza de cerámica azul que tanto le gusta a ella…

Se detuvo en seco. De golpe, las palabras murieron en su garganta como si alguien le hubiera cerrado la boca con violencia. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, el color huyó de sus mejillas y sintió cómo un sudor helado recorría su espalda. «Ese pequeño balcón… esa taza azul…». Eran detalles, momentos, cosas que solo existían en su refugio secreto, solo compartidos con Andrea, que no tenían absolutamente nada que ver con su vida pública ni con nada que pudiera mencionarse en una reunión social.

Hubo una fracción de segundo de silencio incómodo, en la que Sebastián luchó por recuperar el control, buscando desesperadamente cómo seguir sin delatarse por completo. Tragó saliva con dificultad y forzó una sonrisa torpe, precipitándose para añadir:

—… bueno… me refiero a… esos rincones tranquilos que uno siempre imagina cuando necesita paz, ¿verdad? Pequeños detalles sencillos que hacen la vida más dulce… nada específico, solo una fantasía que a cualquiera le gustaría vivir.

Varios invitados asintieron vagamente, aceptando la explicación improvisada, aunque con cierta extrañeza por la brusca interrupción y la palidez repentina del hombre. Pero Andrea, que estaba a su lado, sintió cómo le temblaba levemente el brazo bajo su mano. Levantó la vista hacia él y vio el miedo real, profundo, brillando en sus pupilas dilatadas. Y al otro lado del salón, Renata, que había captado cada palabra y cada vacilación, esbozó una sonrisa apenas perceptible: fría, satisfecha, definitiva. Había escuchado claramente: «el balcón… la taza azul… que tanto le gusta a ella». Eran pruebas que encajaban perfectamente con todo lo que ya sabía, detalles íntimos que confirmaban que aquella vida paralela era mucho más real, profunda y cotidiana de lo que él habría querido jamás dejar escapar.

Cuando lograron apartarse del grupo un momento más tarde, Sebastián apenas podía disimular el temblor de sus manos. Se llevó a Andrea hacia un rincón más apartado, cerca de las grandes puertas que daban a la terraza, donde podían respirar un poco sin ser escuchados.

—¡Casi cometo un error imperdonable! —susurró él, con voz ronca y llena de terror, pasándose una mano por el cabello desesperado—. ¡Por un instante, por una estupidez, estuve a punto de decir cosas que habrían revelado todo, de dejar salir detalles que solo pertenecen a nosotros! ¡Fue un descuido estúpido, Andrea, y el miedo me está matando ahora mismo!

Ella lo miraba con ojos muy abiertos, sintiendo también cómo el corazón se le aceleraba con fuerza, comprendiendo repentinamente lo peligroso que era simplemente hablar, mencionar, existir.

—¡Sebastián! —susurró ella, alarmada—. Fue muy extraño… te quedaste muerto en el momento. Sentí que cualquier cosa, cualquier palabra pequeña, podía habernos traicionado para siempre. ¿Es así siempre? ¿Cualquier cosa que digamos, cualquier detalle bonito que compartimos, se convierte en una amenaza constante de que nos descubran?

—¡Sí! —admitió él, con franqueza dolorosa—. ¡Sí, es así! ¡Porque nuestra felicidad no puede nombrarse, Andrea! ¡Nuestros momentos, nuestros rincones, nuestras cosas pequeñas… todo tiene que permanecer enterrado, callado, invisible ante los demás! ¡Un solo nombre equivocado, un solo recuerdo mencionado fuera de lugar, y todo lo que hemos construido en secreto salta por los aires para siempre!

Andrea miró a su alrededor con otros ojos ahora. Ya no veía solo elegancia y gente elegante; veía oídos atentos, miradas curiosas, peligro en cada rincón. Y entre esa multitud, sin saber cuál era exactamente, sentía que había personas que pertenecían a su otra vida, a esa realidad oficial que él compartía con sus obligaciones. No imaginaba, ni por un segundo, que la mujer de porte altivo, vestida de negro impecable que se mantenía serena a pocos metros de distancia, era precisamente Renata, la esposa de la que tanto hablaban los rumores y de la que él solo decía ser una carga lejana y fría. No podía sospechar que esa mujer que observaba todo con tanta frialdad y precisión era la dueña legítima del nombre, la posición y la vida que él usaba cada día.

—Entonces… —susurró ella, abrazándose a sí misma con tristeza y miedo—. ¿Significa que lo nuestro debe estar siempre escondido? ¿Que incluso lo más hermoso y pequeño que tenemos es demasiado peligroso para ser nombrado?

Sebastián asintió, apretando los dientes, mirando con desconfianza hacia donde sabía que su esposa se movía como una reina en su propio territorio.

—Mientras no logre romper mis cadenas, sí, mi amor. Tenemos que ser guardianes silenciosos de nuestra propia historia, protegerla de todo el mundo para que nadie pueda dañarla ni quitárnosla. Fue un aviso duro el de hoy… me demostró que no puedo bajar la guardia ni siquiera por un segundo.

En ese instante, Renata pasó cerca de ellos, muy despacio, arrastrando levemente su vestido, y al cruzar junto a Sebastián, le dedicó una mirada rápida, directa y cargada de significado: una mirada que decía claramente: «Te escuché. Sé exactamente de qué hablabas. Y ya no tienes dónde esconderte». Él sintió que la sangre se le helaba en las venas. No hizo falta una sola palabra. Andrea, que no conocía ese rostro ni esa mirada, solo vio pasar a una mujer hermosa y distinguida, ajena a su propia historia, sin saber que acababa de estar al alcance de la mano de la verdad más grande y dolorosa de todas.

Más allá, recostado contra una columna y observando todo con una amargura sombría, Marlon vio el intercambio, vio el miedo en Sebastián, vio la inocencia confundida en Andrea y vio la calma letal en Renata. Comprendió al instante: el tropiezo había sido pequeño, pero suficiente. Y el peligro, que siempre había estado ahí fuera, ahora caminaba entre ellos, sonreía, saludaba… y esperaba su momento perfecto para aplastarlos a todos.

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monita
mm🤔 tan tan amigo me parece que no ws ,más allá de tenga razón de decirle que lo que hace esta mal 😢
Nancy Nieto
eso es todo? se me ocurre q hubo capítulos q no coinciden.
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