En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 8
La cena de esa noche en la mansión Rossi no se parecía en nada a una reunión familiar común. El gran comedor de paredes de roble oscuro estaba envuelto en un silencio tenso, roto únicamente por el sonido de los cubiertos de plata golpeando la porcelana. En la cabecera de la mesa se sentaba Marco Rossi, con una postura impecable que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz. A su derecha estaba Fabián, su hermano de armas, cuya mirada fija en los platos transmitía la calma de un lobo que ha cazado en esos bosques mucho antes de que los jóvenes supieran lo que era un arma. A su lado Estefany y a la izquierda se encontraba Caroline
En la otra punta de la mesa se encontraban, Camilo, Franco y Elena que comían en silencio. Aunque los tres herederos habían demostrado una crueldad implacable en Marsella y Nueva York, y aunque el manejo diario de los negocios estuviera ahora en sus manos, la dinámica en esa habitación dejaba claro quiénes seguían siendo los verdaderos pilares del imperio
Al terminar de cenar, Marco dejó su servilleta sobre la mesa y miró directamente a su hijo. No hubo un solo titubeo en su gesto. La presencia de Marco seguía llenando la habitación por completo, eclipsando la gélida madurez de Camilo con una simple mirada
— Camilo, deja el vino y ven al despacho — ordenó Marco con una voz grave que no admitía réplicas — Fabián, acompáñanos. Franco y Elena, quédense aquí con su madre
Camilo asintió de inmediato, dejando la copa sobre el mantel sin rechistar. Por muy sanguinario y frío que fuera con sus enemigos, el respeto hacia su padre era una ley sagrada que jamás osaría romper. Se levantó de la silla en silencio y siguió a los dos hombres mayores por el largo pasillo iluminado por candelabros de pared
Al entrar al despacho, Marco se sentó detrás de su escritorio de caoba, mientras Fabián se apoyaba contra la librería con los brazos cruzados, observando a su sobrino con una seriedad aplastante. Camilo permaneció de pie frente al escritorio, esperando a que su padre tomara la palabra. El aire en la habitación estaba cargado con la experiencia de décadas de mandar en las calles de Chicago
— Sé perfectamente lo que estás haciendo, Camilo — comenzó Marco, apoyando los codos sobre la madera y entrelazando los dedos — Creí que te habíamos educado para ser un estratega inteligente, no un muchacho caprichoso que se deja llevar por impulsos. Traer a esa civil a nuestra casa es una falta de respeto hacia tu madre, hacia tu tía y hacia las reglas que mantienen esta familia a salvo
— Papá, la situación en Nueva York está completamente bajo control — intentó explicar Camilo, manteniendo un tono respetuoso pero firme — Los Lucchese han cedido las rutas y la mujer no es un peligro para la organización. Su pasado está borrado y nadie la está buscando en Nueva York
— A mí no me des explicaciones de manual, muchacho — lo interrumpió Fabián desde la sombra de la librería, con una voz que hizo que Camilo tensara los hombros — Tú y tus primos han hecho un gran trabajo limpiando Marsella y poniendo orden en el este, no te lo vamos a negar. Pero no te confundas. Las calles que caminas las pavimentamos nosotros. Si tu padre y yo decidimos mañana que esa chica es un riesgo, no va a durar ni cinco minutos en esta propiedad, sin importar lo que tú opines al respecto
Camilo bajó la mirada por un breve segundo, reconociendo el peso de las palabras de su tío. Sabía que detrás de la aparente tranquilidad de Fabián se escondía el hombre que había pacificado la ciudad a base de fuego y hierro. Ellos no eran los viejos decrépitos de la Comisión a los que la tríada podía amedrentar con una mirada gélida. Ellos eran los Rossi originales
— Entiendo, tío Fabián — respondió Camilo, recuperando su postura — Pero les aseguro que la presencia de Isabella no va a interferir en mis obligaciones. El mercado de Chelsea ya está generando beneficios y Franco está supervisando los muelles de Brooklyn desde aquí
Marco se levantó de su asiento y caminó hacia el gran ventanal que daba a los jardines traseros azotados por la lluvia. Su silueta alta seguía imponiendo la misma autoridad de siempre
— El legado es tuyo, Camilo, porque tú y tus primos han demostrado tener la capacidad y la mano dura que se necesita para estos tiempos nuevos. Pero el apellido sigue siendo mío. Tu palabra es la ley en las calles porque la mía la respalda desde las sombras. No vuelvas a tomar una decisión de índole personal que afecte la paz de esta casa sin consultarme primero. Mañana quiero ver los informes contables de Nueva York sobre mi mesa a primera hora
— Así se hará, padre — contestó Camilo, dando un paso atrás en señal de sumisión antes de retirarse del despacho con el rostro serio
Mientras tanto, en el comedor, la atmósfera no era menos estricta. Caroline y Estefany permanecían sentadas a la mesa, observando a Franco y a Elena con una calma que desarmaba cualquier intento de arrogancia juvenil por parte de los hermanos. Elena, que solía mirar al resto del mundo con un desprecio absoluto, mantenía una actitud dócil y atenta ante su madre y su tía
— Me han dicho los hombres que estuviste muy activa en los muelles de Brooklyn, Elena — comentó Estefany, tomando un sorbo de su té con una elegancia que su hija intentaba imitar en cada uno de sus movimientos — Tu padre y yo te enseñamos a defenderte y a hacerte respetar, pero no me gusta que te expongas innecesariamente en primera línea. Tienes hombres para hacer el trabajo sucio
— Los Lucchese necesitaban ver que la nueva administración no tiene miedo de ensuciarse las manos, mamá — respondió Elena con suavidad, dejando de lado la máscara de frialdad que usaba en la calle — Camilo tenía la mente ocupada y Franco necesitaba apoyo en el sector norte. Solo aseguré el perímetro
Caroline miró a Franco, que en ese momento intentaba esconder su impaciencia jugando con el anillo de oro de su dedo
— Y tú, Franco, espero que estés controlando ese temperamento tuyo. Tu padre me contó lo que hiciste en la Costa Azul. El sadismo sin un propósito claro es una debilidad, no una virtud. Nosotras no criamos a unos carniceros, criamos a los herederos de un imperio. Mantén la cabeza en su sitio
— Sí, tía Caroline — respondió Franco de inmediato, enderezándose en la silla y perdiendo por completo la sonrisa sutil que solía usar para desafiar a los demás — Todo lo que se hizo en Francia fue para asegurar las rutas de transporte. No se desperdició ningún recurso y la contabilidad está limpia
Estefany se levantó, indicando que la velada había terminado para las mujeres de la casa
— Elena, ven conmigo a la sala de costura. Quiero que me ayudes a revisar unos detalles para la cena de beneficencia de la semana que viene. Los negocios de la calle son importantes, pero la imagen de esta familia en la sociedad de Chicago sigue dependiendo de nosotras, y tú tienes que aprender a manejar ese terreno con la misma destreza
Elena se puso de pie al instante, siguiendo a su madre sin rechistar. Sabía perfectamente que, aunque ella pudiera infundir terror en los corazones de los mafiosos más curtidos de la ciudad, la palabra de su madre era una frontera que jamás cruzaría. El respeto a la jerarquía familiar era el verdadero secreto de la longevidad de los Rossi-Richi
Más tarde, cuando la medianoche ya había cubierto la mansión, Camilo subió las escaleras hacia el ala este del edificio. Sus pasos resonaban con un eco apagado en la alfombra del pasillo hasta que se detuvo frente a la puerta de la habitación de Isabella. El guardia que custodiaba la entrada se puso recto de inmediato al ver llegar al joven, retirándose unos pasos para darle espacio
Camilo abrió la puerta despacio, entrando en la penumbra del gran dormitorio. Isabella estaba despierta, sentada en el borde de la cama alta con la misma ropa del viaje y los ojos fijos en el ventanal donde las gotas de lluvia resbalaban como lágrimas constantes. Al escuchar el sonido de la puerta, se tensó, pero no se movió. El cansancio la había dejado sin fuerzas para seguir luchando contra la realidad de su encierro
Camilo se acercó a ella sin prisa, deteniéndose a unos pasos de la cama. La conversación con su padre y su tío seguía dando vueltas en su cabeza, recordándole que su poder no era ilimitado y que cada uno de sus movimientos estaba bajo la lupa de los verdaderos dueños de Chicago
— Mi padre sabe que estás aquí, Isabella — dijo Camilo, su voz baja rompiendo el silencio del cuarto — Y me ha dejado claro que tu permanencia en esta casa depende exclusivamente de que no provoques un solo problema para la organización. Así que vas a mantener un perfil bajo y vas a cumplir con las tareas que te asigne sin protestar
Isabella levantó la vista lentamente, sus ojos reflejando una mezcla de agotamiento y una dignidad que la cautividad no había logrado borrar por completo
— Tus padres parecen hombres racionales, Camilo. No tienen la mirada vacía que tienen ustedes tres. Si hablo con tu padre, si le explico que soy una civil y que no quiero saber nada de sus vidas, estoy segura de que él me dejará marchar — dijo ella desafiante
Camilo soltó un suspiro corto, un gesto de impaciencia que rara vez mostraba en público, y se inclinó hacia ella, acortando la distancia
— No te equivoques, Isabella. Mi padre es el hombre que construyó todo lo que ves. Si él decide que te vayas, no será en un taxi de regreso a Nueva York, sino en un ataúd hacia el fondo del lago Michigan. Su palabra se respeta en esta casa por encima de la mía, y si sigues viva es únicamente porque le aseguré que estabas bajo mi control absoluto. No intentes buscar aliados en esta mansión, porque aquí la única ley que te mantiene respirando es mi voluntad
Isabella se estremeció al escuchar el tono definitivo de sus palabras, dándose cuenta de que la aparente racionalidad de los fundadores no significaba piedad para los extraños. En esa casa, la lealtad a la sangre estaba por encima de cualquier moral humana
Camilo la observó un momento más en la oscuridad, asegurándose de que el mensaje hubiera quedado grabado en su mente, antes de darse la vuelta y salir de la estancia, dejando a la joven sola con sus pensamientos y el ruido de la tormenta que continuaba castigando los cristales de su prisión de lujo.