A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
NovelToon tiene autorización de Pablo Ezequiel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El siguiente paso.
La noche seguía avanzando, pero nada volvía a ser como antes. La alegría y la tranquilidad que caracterizaban a El Confín se habían transformado en una atmósfera cargada de misterio y expectativa. Los clientes, que antes reían y hablaban sin preocupaciones, ahora hablaban en susurros, mirando de vez en cuando hacia el mostrador, donde Alejandro y Elena seguían hablando, como si de ellos dependiera el destino de todo lo que pasaba.
Alejandro se apoyó en la madera del mostrador, con los brazos cruzados, mirando fijamente a Elena. Su mente trabajaba a toda velocidad, ordenando cada palabra, cada detalle, cada nueva información que llegaba a sus oídos. No podía dejar de pensar en lo que había dicho Elías: que él era el que movía las fichas, que él decidía hacia dónde iba todo. Y aunque no sabía exactamente qué significaba eso, sentía que tenía razón.
—Entonces —dijo él finalmente, rompiendo el silencio—. Javier sabe quién fui. Sabe cosas que nadie más sabe. Y tú me dices que no me quieres decir todo porque no te han dejado saberlo. Pero... ¿hay alguna forma de averiguarlo? ¿Hay alguien que pueda decirme la verdad, completa y sin mentiras?
Elena asintió lentamente, pasando una mano por su cabello negro, que ahora caía sobre sus hombros con un aspecto más natural, más libre, como si por fin hubiera podido quitarse una carga de encima.
—Sí —respondió ella, con voz suave pero segura—. Hay una persona. Alguien que estuvo muy cerca de todo, alguien que sabe toda la historia, desde el principio hasta el final. Es una mujer que trabajaba junto a Javier hace mucho tiempo, y que se separó de él cuando se dio cuenta de lo que realmente querían hacer. Ahora vive en una casa alejada de la ciudad, lejos de todo esto, pero sigue sabiendo todo lo que pasa. Yo la conozco, sé dónde está. Y sé que si vamos a verla, ella nos dirá todo lo que necesitamos saber. No nos mentirá. Porque tiene razones propias para querer que se sepa la verdad.
Alejandro lo miró fijamente, evaluando sus palabras. Sabía que no podía seguir viviendo con esa duda constante, con esa sensación de que su vida estaba en manos de otros. Tenía que saber la realidad, fuera cual fuera. Y si había alguien que pudiera decírsela, tenía que ir a buscarla.
—¿Cuándo podemos ir? —preguntó él, sin dudarlo ni un segundo.
Elena se sorprendió un poco por su rapidez, luego sonrió, una sonrisa llena de admiración y cariño.
—Cuanto antes mejor. Cuanto antes vayamos, antes sabremos la verdad. Y antes podremos prepararnos para lo que venga después. Porque te lo aseguro, Alejandro... cuando sepa que vamos a verla, Javier no se quedará de brazos cruzados. Va a intentar impedírnoslo. Va a intentar que no lleguemos a ella.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, pero esta vez no entró nadie más. Lo que entró fue una sensación de peligro que hizo que todo el local se quedara en silencio. Era como si el aire se hubiera vuelto más pesado, como si alguien estuviera mirándolos desde la oscuridad.
Alejandro se tensó al instante, sus sentidos se activaron por completo, como hacía mucho tiempo que no les pasaba. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie que fuera nuevo. Todos los que estaban ahí eran personas que conocía, personas que había visto antes. Pero sabía que la sensación de peligro era real. Y sabía que venía de fuera.
—Algo pasa —dijo él, con voz baja, solo para que Elena lo oyera—. Algo no está bien.
Ella se puso tensa también, agarrando el borde del mostrador con las manos. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, mirando hacia la puerta, luego hacia Alejandro.
—Es él —susurró ella—. Sabe que vamos a ir. Ha sabido lo que estamos planeando. Y ha enviado a alguien para detenernos.
En ese instante, dos hombres entraron por la puerta. No eran los mismos que acompañaban a Javier antes, eran otros, más grandes, con expresiones serias y miradas frías. Caminaron despacio hacia el mostrador, sin decir nada, sin mirar a nadie más que a Alejandro y a Elena. Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca, uno de ellos habló, con una voz grave y sin ninguna emoción.
—Javier nos ha ordenado que no salgan de aquí. Y que no hablen con nadie. Esas son sus órdenes.
Alejandro se enderezó, manteniendo su calma, aunque por dentro su instinto le decía que tuviera cuidado. Se puso delante de Elena, como si la estuviera protegiendo, mirando a los dos hombres con firmeza.
—Esto es un lugar público —dijo él, con voz clara y tranquila—. La gente viene aquí a pasar un rato. Y yo soy el dueño. Ustedes no tienen derecho a decirles a nadie qué hacer. Y mucho menos a impedir que hablemos con quien queramos.
El hombre sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos.
—No tenemos derecho... pero lo haremos de todos modos —respondió él—. Y le recomendamos que no se ponga en contra de nosotros, Alejandro. Porque no es lo más inteligente que puede hacer. Usted no sabe con quién se está metiendo. Y no sabe lo que Javier es capaz de hacer para conseguir lo que quiere.
En ese momento, Elías apareció de la nada, saliendo de la sombra de una de las mesas. Se colocó al lado de Alejandro, con su paso lento y silencioso, mirando a los dos hombres con esa misma calma y seguridad que lo caracterizaba.
—Creo que se han equivocado de lugar —dijo Elías, con su voz suave pero firme, que sonaba como una advertencia—. Este es mi barrio. Y estas personas están bajo mi protección. Así que les recomiendo que se vayan ahora, antes de que las cosas se pongan más complicadas de lo que ya están.
Los dos hombres miraron a Elías, luego volvieron la vista hacia Alejandro. Parecían dudar, pero su misión era clara.
—Tenemos órdenes —dijo uno de ellos—. Y las cumpliremos.
—Pues entonces tendrán que ver conmigo —respondió Elías, acercándose un poco más, manteniendo la mirada fija en ellos.
Hubo un instante de tensión absoluta. Nadie se movió, nadie habló. Todo el mundo esperaba ver qué pasaría, si los hombres obedecerían o si habría un conflicto. Y en ese momento, algo ocurrió que nadie esperaba: los dos hombres se miraron entre sí, parecieron pensar un momento, y luego dieron media vuelta y salieron del local sin decir nada más.
La puerta se cerró detrás de ellos, y el ambiente volvió a ser respirable. Pero nadie se relajó del todo. Sabían que eso no había terminado. Que aquello había sido solo una advertencia, una forma de decirles que no se quedarían de brazos cruzados.
Alejandro miró a Elías, con una expresión de sorpresa y agradecimiento.
—¿Cómo...? ¿Cómo hiciste que se fueran? —preguntó él.
Elías sonrió, ajustándose el sombrero sobre la cabeza.
—Solo les recordé que hay más intereses en juego que los de Javier —respondió él, con calma—. Y que hay personas que no están dispuestas a dejar que haga lo que quiera. No es que tuvieran miedo, es que sabían que si seguían, las consecuencias serían peores para ellos que para ustedes. Pero no se equivoquen: volverán. Y la próxima vez no vendrán con órdenes simples. Vendrán a cumplir su misión.
Se giró hacia Alejandro, mirándolo a los ojos con una seriedad que no había mostrado antes.
—Tienes que ir a ver a esa mujer de la que habla Elena. Lo antes posible. Porque ella es la única que puede decirte la verdad completa. Y porque, mientras más tiempo pase, más peligro estás corriendo.
—¿Tú irás con nosotros? —preguntó Elena, con curiosidad.
Elías negó con la cabeza despacio.
—Yo no puedo ir. Tengo mis propias razones para no aparecer en ese lugar. Pero les daré todo lo que sé, todo lo que he descubierto. Y les diré cómo encontrarla, cómo llegar hasta ella sin que nadie se dé cuenta. Ustedes dos son los únicos que pueden ir. Y tienen que ir con cuidado. Cualquier error, cualquier señal, y todo se echará a perder.
Se acercó un poco más, hablando ahora solo para que ellos dos lo oyeran.
—Recuerden esto: lo que van a descubrir no será fácil de aceptar. Habrá cosas que creías saber que no son ciertas. Habrá personas que creías conocer que no son lo que parecen. Pero la verdad... por más dura que sea, es la única forma de salir de este juego con vida. Y de recuperar la libertad que ustedes merecen.
Se despidió de ellos con una inclinación de cabeza, y se fue por una puerta lateral, desapareciendo en la oscuridad de la noche, dejándolos solos otra vez, pero ahora con más información, con un plan claro y con la certeza de que tenían que actuar ya.
Alejandro miró a Elena, luego miró hacia la puerta por donde se habían ido los hombres que los habían amenazado. Sabía que el camino que tenía por delante iba a ser difícil, peligroso y lleno de sorpresas. Pero ahora no tenía miedo. Porque no estaba solo. Tenía a Elena a su lado, tenía a personas que lo apoyaban, y tenía la certeza de que tenía que hacer lo que fuera necesario para saber la verdad.
—Entonces —dijo él, volviendo a mirarla, con una sonrisa llena de determinación—. Mañana salimos. Vamos a ver a esa mujer. Y vamos a saber todo lo que tenemos que saber.
Elena asintió, con los ojos llenos de esperanza y cariño.
—Sí —respondió ella—. Mañana salimos. Juntos.
Y mientras la noche avanzaba, Alejandro se quedó pensando en lo que iba a pasar, sabiendo que todo estaba a punto de cambiar de nuevo, pero esta vez para bien, esta vez para que por fin pudiera saber quién era realmente y qué tenía que hacer para proteger lo que amaba.