A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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Desconfianza
En la soledad del piso más alto de la torre Alcázar, rodeado por el lujo frío de su despacho, un Diego furioso tomó entre sus manos el informe preliminar que había solicitado sobre Giselle. Su objetivo era claro: quería demostrar a toda costa que ella no era la mujer íntegra que su abuelo tanto elogiaba. Necesitaba encontrar una grieta en su armadura para justificar el desprecio que intentaba sentir por ella.
Encendió la lámpara de su escritorio y empezó a leer el documento, sintiendo que cada palabra era un golpe a su orgullo.
"Giselle Sandoval, veinticinco años. Hija menor de la familia Sandoval. Salió del país hace cinco años para cursar estudios de medicina en Nueva York bajo el patrocinio de la Fundación Alcázar, gracias a su estrecha relación con Alicia Alcázar, quien se mantiene en el anonimato comercial..."
Diego apretó los dientes. Sus sospechas sobre el "aprovechamiento" parecían confirmarse, pero a medida que pasaba las páginas, los detalles de su vida en el extranjero empezaban a pintar un cuadro diferente. No había rastros de una vida de lujos; solo registros de turnos dobles en hospitales y notas académicas sobresalientes que rozaban la perfección.
Sin embargo, fue al llegar a la última página cuando el aire se le escapó de los pulmones. Sus ojos se clavaron en un apartado que no esperaba encontrar: "Dependientes registrados".
”No hay registros por el momento de que viva con alguien más, solo dos amigas la visitan: Alicia Alcázar e Irene López."
La vida de Giselle rayaba en lo aburrido, ella solo vivía del hospital a su apartamento y del apartamento a al hospital. Entonces ¿a quién llamo cariño?, seguramente tiene un amante escondido que no quiere que mi tonta hermana lo descubra, pensó Diego mientras venía de su vaso.
Dejo el sobre bajo llave en su oficina para volver a su apartamento lleno de dudas y con más ganas de conocer quién era en realidad su jefa de cirugía, además que le parecía un absurdo que ella con apenas dos años de graduada ya hubiera ascendido tan rápido.
Diego dejó el vaso de cristal sobre la mesa con un golpe seco. La lectura del informe no le había dado la satisfacción que buscaba; al contrario, le había dejado un sabor metálico en la boca. ¿Cómo era posible que una mujer de veinticinco años tuviera un historial tan inmaculado? En su mundo, la perfección siempre era una fachada, un muro construido para esconder secretos inconfesables.
—"Cariño"... —repitió en voz baja, saboreando la palabra con desprecio.
Recordó la llamada en la clínica. La calidez en la voz de Giselle no cuadraba con la frialdad con la que ella lo trataba a él. Si no vivía con nadie y solo recibía visitas de Alicia e Irene, ¿dónde encajaba ese hombre? Porque Diego estaba convencido de que se trataba de un hombre. Quizás un amante casado, un colega o alguien que la ayudó a escalar posiciones en Nueva York. Eso explicaría su meteórico ascenso.
—Nadie llega a la jefatura de cirugía con dos años de experiencia solo por "talento" —susurró Diego, levantándose para mirar el horizonte de la ciudad—. Me estás mintiendo, Giselle Sandoval. Y voy a descubrir qué es lo que tanto cuidas.
Al día siguiente, el ambiente en el hospital era eléctrico. Diego no se quedó en su torre de cristal; bajó al área de cirugía con la excusa de revisar los suministros. Se instaló en la estación de enfermeras, observando a Giselle a través del cristal del quirófano mientras ella terminaba una intervención.
Cuando ella salió, quitándose el gorro quirúrgico y dejando caer su cabello castaño, se encontró de frente con la mirada penetrante de Diego.
—Señor Alcázar, ¿ahora también supervisa los pasillos? —preguntó ella con ironía, aunque el cansancio era evidente en sus ojos.
—Superviso mi inversión, doctora. Y me preguntaba si alguien con una agenda tan apretada tiene tiempo para... una vida personal.
Giselle se detuvo en seco. Sintió una punzada de incomodidad bajo el escrutinio de Diego.
—Mi vida personal no es de su incumbencia, siempre y cuando cumpla con mis horas y mis pacientes.
—Curiosidad profesional —respondió él, acortando la distancia—. Me intriga saber quién es la persona que le roba el sueño, esa a la que llama con tanta urgencia en sus descansos. Debe ser alguien muy especial para que una mujer tan fría como usted pierda la compostura al teléfono.
Giselle apretó la mandíbula. Por un segundo, Diego creyó ver una grieta en su control, un destello de temor que confirmó sus sospechas.
—Si busca chismes, se equivoca de lugar —sentenció ella, dándole la espalda—. Aquí salvamos vidas, no alimentamos egos masculinos heridos.
Diego la vio alejarse, notando cómo sus manos temblaban ligeramente al ajustar su bata. Ya no tenía dudas: Giselle Sandoval escondía algo, y él estaba decidido a forzar su mano. Si ella no quería hablar, él encontraría la forma de entrar en su santuario.
Giselle entró en su oficina y se dejó caer contra la puerta, cerrando los ojos. Sentía el peso del cansancio, pero sobre todo sentía la mirada de Diego Alcázar grabada en su espalda. No entendía por qué ese hombre parecía tan decidido a desmantelar su vida.
De pronto, el sonido estridente de su teléfono rompió el silencio. Era Irene.
—Señora, tiene que venir rápido al apartamento —dijo la joven niñera, con la voz quebrada por la desesperación.
—¿Qué sucede, Irene? ¿Le pasó algo a Ana? Por favor, no te andes con rodeos —respondió Giselle, y el corazón le dio un vuelco violento.
Hubo un silencio aterrador del otro lado de la línea.
—¡Habla de una vez, por un demonio! ¿Qué está pasando? —gritó Giselle, perdiendo por completo los estribos. Sus gritos resonaron a través de la puerta, llamando la atención de los enfermeros que pasaban por el pasillo.
—En este momento Ana se encuentra bien... pero cuando la estaba bañando, empezó a ponerse morada —explicó Irene con voz temblorosa—. Pensé que era por el frío, así que la saqué del agua de inmediato, pero el color tardó demasiado en desaparecer. Sigue muy pálida.
—Iré para allá ahora mismo. Eso no es normal, Irene. Prepárate —ordenó Giselle, colgando con manos temblorosas.
Como cirujana, sabía que él cambio de color repentino era una señal de alarma crítica; su instinto médico le gritaba que algo andaba muy mal con el corazón o los pulmones de su hija. Se despojó de la bata y tomó su bolso, desesperada por salir, pero la suerte no estaba de su lado.
Afuera, la jefa de enfermeras, intrigada por la conducta errática y los gritos de la "perfecta" doctora Sandoval, no había tardado en buscar a Diego para informarle que su cirujana estrella parecía estar sufriendo una crisis nerviosa.
Giselle abrió la puerta con brusquedad, dispuesta a correr, pero se detuvo en seco. Diego Alcázar estaba allí, bloqueando la salida con su imponente figura y una expresión de sospecha absoluta que helaba la sangre. La cacería de Diego acababa de cruzarse con la emergencia más grande de Giselle.