⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Hostal Morrow
El paisaje exterior se desdibujaba a través del cristal polvoriento de la ventanilla. Desde el asiento trasero del autobús, el mundo parecía teñirse de un tono ocre y desgastado, como una vieja fotografía mal revelada. A la derecha, una línea interminable de pinos resecos por el sol veraniego bloqueaba la vista; a la izquierda, el océano Atlántico se extendía como un manto de plomo grisáceo bajo un cielo que amenazaba con una tormenta que nunca terminaba de caer. El calor dentro del vehículo era sofocante, una masa densa que se pegaba a la piel y hacía que respirar costara un poco más de lo normal.
Miles Stone apretó los párpados y hundió la barbilla en el cuello de su camiseta. Llevaba los auriculares puestos con el volumen al máximo, intentando con todas sus fuerzas que la música apagara el ruido del motor viejo y, sobre todo, el ruido que crujía dentro de su propia cabeza. No funcionaba. La música era solo un zumbido de fondo que no lograba competir contra la frase que se repetía en su mente, una y otra vez, al ritmo monótono y constante de las llantas contra el asfalto.
Billy se casa con Sara. Billy se casa con Sara. Billy se casa con Sara.
Era un mantra venenoso. No había lágrimas en sus ojos, solo un vacío árido que se sentía en el centro del pecho, justo debajo de las costillas. No quería pensar en los detalles, no quería recordar las explicaciones que nunca pidió, ni las disculpas falsas que se quedaron flotando en el aire de la sala de sus padres. Solo necesitaba que el autobús avanzara más rápido, que lo alejara lo suficiente como para que el aire dejara de oler a traición.
Cuando el conductor anunció la parada de Bahía Centinela con un grito ronco, Miles fue el único que se levantó. Tomó su maleta negra de lona y acomodó la correa de la funda de su cámara réflex sobre el hombro izquierdo. La cámara pesaba, pero era el único objeto del que no había querido desprenderse al salir corriendo de la ciudad. El único pedazo de su antigua identidad que valía la pena salvar.
Al bajar los escalones metálicos del autobús, el aire del exterior lo golpeó de frente. No era un aire fresco; era una ráfaga caliente, cargada de salitre y humedad que le revolvió el cabello castaño. El suelo de la terminal abandonada era de tierra y grava. Miró a su alrededor. El pueblo parecía suspendido en el tiempo. Las calles principales no estaban pavimentadas por completo y las casas bajas de madera mostraban fachadas con la pintura descascarada por el efecto del mar y los años. No había turistas. El verano aquí no era un sinónimo de fiesta o bronceadores, sino de un aislamiento voluntario y silencioso.
Miles caminó hacia el borde del camino y dejó la maleta en el suelo. Sacó un cigarrillo del paquete que llevaba en el bolsillo del pantalón, lo encendió con un encendedor desgastado y le dio una calada profunda. Retuvo el humo en los pulmones durante unos segundos, disfrutando del sutil ardor en la garganta, antes de soltarlo lentamente. El humo gris se dispersó rápido, perdiéndose en la inmensidad de la costa. Miró a la nada, fijando la vista en el horizonte donde el agua se unía con las nubes oscuras. El pueblo se sentía como el fin del mundo, y eso era exactamente lo que él buscaba. Un lugar tan lejano y apagado que los nombres de su hermano y su ex prometida no tuvieran ningún significado.
Apagó la colilla contra la suela de su zapato, guardó el resto en el bolsillo para no tirar basura y tomó la maleta de nuevo. Según el mapa arrugado que había impreso antes de salir, el hostal que había reservado por internet se encontraba a unos quince minutos a pie, siguiendo la línea del muelle viejo.
La caminata fue lenta. El peso de la maleta le estiraba el brazo y la humedad hacía que la ropa se le pegara al cuerpo. A medida que avanzaba, el olor a pescado descompuesto, madera húmeda y sal se volvía más intenso. Cruzó un puente peatonal oxidado que chirriaba con cada paso. El silencio del pueblo solo era interrumpido por el graznido lejano de algunas gaviotas y el romper perezoso de las olas contra los pilares de cemento del muelle. Parecía un lugar habitado por fantasmas, o por personas que querían convertirse en uno.
Finalmente, al final de un sendero flanqueado por arbustos silvestres y maleza seca, apareció el edificio. Un cartel de madera colgado de dos cadenas oxidadas se mecía suavemente con el viento del mar. La pintura blanca del cartel se había caído en varias partes, pero todavía se podía leer con claridad: El Hostal Morrow. Era una construcción de dos plantas, con un porche delantero cubierto de plantas trepadoras que parecían resistir al calor a base de pura terquedad. Varias sábanas blancas colgaban de unos hilos de nailon en el patio lateral, moviéndose como banderas de rendición bajo la luz dorada y moribunda de la tarde.
Miles subió los tres escalones de madera del porche. El suelo crujió bajo sus pies, un sonido agudo que alertó a quien estuviera adentro. La puerta principal estaba abierta de par en par, cubierta solo por una cortina de malla fina para evitar que entraran los mosquitos. Miles empujó la malla y dio un paso hacia el vestíbulo.
El interior del hostal era notablemente más fresco que la calle, aunque el aire se sentía encerrado, impregnado de un olor a cera para madera, café rancio y lavanda. El suelo de mosaicos antiguos estaba limpio, pero gastado por las décadas de pasos. Detrás de un mostrador de roble oscuro que servía de recepción, no había nadie. Sin embargo, sobre la superficie de madera, Miles notó una hilera de cámaras fotográficas analógicas perfectamente alineadas. Había modelos de los años ochenta, algunas de fuelle más antiguas y lentes polvorientos. El contador dentro de él no pudo evitar notar el desorden de los papeles de registro que asomaban por debajo del mostrador, pero el fotógrafo se quedó hipnotizado por los detalles de las cámaras.
—Si vas a robar una, te recomiendo la tercera de izquierda a derecha. El obturador todavía funciona bien —dijo una voz profunda y ligeramente ronca desde la penumbra del pasillo lateral.
Miles dio un respingo y retrocedió un paso, apartando la mano que instintivamente había acercado a una de las cámaras.
Un hombre joven salió de la oscuridad del pasillo y se colocó detrás del mostrador. Era alto, de hombros anchos pero de una constitución que delataba cierta delgadez bajo su ropa holgada. Vestía una camisa de lino verde oliva con las mangas remangadas hasta los codos y unos pantalones oscuros. Su piel estaba tostada por el sol de la costa, pero había una ligera palidez bajo sus ojos oscuros que le daba un aspecto cansado, como si no hubiera dormido bien en semanas. Su cabello negro estaba revuelto y caía de forma descuidada sobre su frente. Tenía una sonrisa perezosa en los labios, una expresión que parecía burlarse amablemente del susto de Miles.
—No soy un ladrón —respondió Miles con voz seca, aclarándose la garganta—. Tengo una reserva. A nombre de Miles Stone.
El hombre ensanchó su sonrisa, revelando unos dientes perfectamente alineados, aunque su mirada se desvió por un segundo hacia la funda de la cámara que Miles llevaba al hombro.
—Lo sé. Eres el único huésped que esperamos para todo el mes de agosto —dijo el encargado, extendiendo una mano sobre el mostrador—. Soy Ezra. Ezra Morrow. El dueño, recepcionista y encargado de la limpieza de este lujoso establecimiento. Bienvenido a Bahía Centinela, Miles.
Miles miró la mano extendida por un instante antes de estrecharla. La piel de Ezra estaba caliente, una temperatura casi febril que contrastaba con la frialdad de sus propios dedos. El agarre de Ezra fue firme pero breve.
—Llegas tarde —comentó Ezra, buscando un libro de registro viejo bajo el mostrador—. El autobús de las cuatro suele pasar a las cuatro y media, pero ya son casi las seis. ¿Se descompuso el motor otra vez?
—No lo sé. No presté atención —respondió Miles de manera cortante. No tenía ganas de entablar una conversación casual. Solo quería una llave, una cama y cerrar la puerta.
Ezra lo observó con atención durante un par de segundos. Sus ojos oscuros, casi negros, parecían analizar la postura rígida de Miles, las ojeras marcadas en su rostro y la forma en que apretaba la mandíbula. Sin embargo, no hizo más preguntas. Abrió el libro de registro, anotó el nombre de Miles con una caligrafía fluida y elegante, y luego tomó una llave de bronce sujeta a un llavero con el número cuatro grabado en la superficie.
—Pediste la habitación más barata del segundo piso —dijo Ezra, deslizando la llave por el mostrador—. Está al final del pasillo. Tiene vista parcial al muelle y al basurero de la cocina, pero si te asomas mucho por la ventana, puedes ver el amanecer. El desayuno se sirve a las ocho en el comedor de abajo. Si no te despiertas a tiempo, te quedas sin café. Aquí no hacemos excepciones.
—Está bien —dijo Miles, tomando la llave. El metal frío le trajo un ligero alivio—. Gracias.
—Una cosa más, contador —añadió Ezra justo cuando Miles tomaba el asa de su maleta para darse la vuelta.
Miles se detuvo y lo miró sobre el hombro, arqueando una ceja. ¿Cómo sabía que era contador? No lo había mencionado en el correo de la reserva.
Ezra señaló con el dedo índice los papeles que sobresalían debajo del mostrador, los cuales Miles había estado mirando de reojo al entrar.
—Tienes cara de los que organizan la vida por columnas de ingresos y gastos —dijo Ezra con un destello de diversión en los ojos—. Y tienes esa mirada rígida de la gente de ciudad que cree que el mundo se va a caer si un papel no está alineado. Relájate. Aquí el mar se encarga de desordenarlo todo de todos modos.
Miles no respondió. Se limitó a asentir con la cabeza de forma fría y comenzó a subir las escaleras de madera que crujían hacia el segundo piso. Podía sentir la mirada de Ezra fija en su espalda hasta que dobló la esquina del pasillo.
La habitación número cuatro era exactamente lo que sugería su precio. El espacio era reducido, las paredes estaban pintadas de un color celeste desteñido que se descascaraba cerca del techo debido a la humedad del baño. En el centro de la estancia había una cama matrimonial con sábanas blancas que olían fuertemente a cloro, una mesa de noche de madera oscura con una lámpara vieja y un pequeño armario empotrado cuyas puertas no cerraban del todo.
Miles dejó la maleta en el suelo y caminó directo hacia la esquina donde se encontraba el aparato de aire acondicionado. Era un modelo empotrado en la pared, tan antiguo que la carcasa de plástico blanco se había vuelto amarilla. Presionó el interruptor de encendido. El aparato emitió un quejido sordo, una vibración violenta que sacudió la ventana entera, y luego comenzó a expulsar un hilo de aire que apenas lograba refrescar el ambiente. Sobrevivía de milagro, haciendo un ruido metálico rítmico que recordaba al segundero de un reloj.
Un tic-tac constante.
Miles se sentó en el borde de la cama. El colchón era duro, pero no le importó. Se quitó los auriculares y los dejó sobre la mesa de noche. El silencio de la habitación fue inundado por el zumbido del aire acondicionado y el sonido constante del mar golpeando la costa afuera.
Se llevó las manos a la cara y se frotó los ojos con fuerza. La cabeza le dolía por el viaje y por el esfuerzo de mantener el control. Abrió los ojos y miró el techo, siguiendo con la vista una grieta que se ramificaba como las venas de un corazón roto.
Billy se casa con Sara.
La frase volvió, implacable, despojándolo de la poca energía que le quedaba. Miles estiró el brazo y tomó la funda de su cámara. Sacó el cuerpo de metal negro y ajustó el lente. Miró a través del visor hacia la ventana. La luz del sol casi había desaparecido, dejando el cielo de un color violeta oscuro, casi fúnebre. No tomó ninguna foto. Simplemente se quedó allí, sosteniendo la cámara contra su rostro, buscando un refugio detrás del cristal de un lente que, por ahora, solo captaba la inmensidad de su propia soledad.