Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 1
El vasto imperio de Astris no tenía rival en el cosmos conocido. Desde el imponente domo de cristal de la capital, el paisaje urbano se extendía como un tapiz de luces flotantes y naves de vanguardia que surcaban los cielos con precisión matemática. Astris era la joya de la galaxia, un faro de prosperidad tecnológica, estabilidad económica y, por encima de todo, un coloso militar indomable. Su flota espacial, conocida por sus naves de asalto clase titán, mantenía la paz en los sectores más remotos con solo una orden. A la cabeza de este monumental imperio se encontraba el emperador Zarek, un gobernante cuya mera presencia imponía un respeto absoluto.
Físicamente, Zarek era la definición misma de la perfección hegemónica. De facciones angulosas y severas, ojos grises que semejaban el metal fundido y una estatura imponente, el emperador parecía esculpido por las mismas estrellas. Sin embargo, detrás de aquella fachada perfecta y de su innegable brillantez táctica, yacía un defecto insalvable que hacía temblar a la corte entera: su carácter era sencillamente horrible. Zarek poseía un temperamento gélido, impaciente y propenso a silencios tan densos que sofocaban a cualquiera en la misma habitación. No toleraba la incompetencia, aborrecía la adulación y su lengua podía ser más afilada y letal que un cañón de plasma. Nadie, ni el diplomático más experimentado ni el general más condecorado, se atrevía a acercarse a él más de lo estrictamente necesario. Trabajar a su lado era caminar sobre una cuerda floja en medio de una tormenta.
Por esta razón, la gran sala del consejo imperial se encontraba sumida en una tensión palpable esa tarde. Una asamblea de urgencia, conformada por los ministros más ancianos y los consejeros de más alto rango, se había reunido a espaldas del soberano para tratar un asunto que ponía en riesgo la estabilidad a largo plazo del imperio: el linaje.
—El emperador ya ha alcanzado la madurez biológica ideal —expuso el canciller principal, ajustándose la túnica formal mientras proyectaba un holograma con las líneas dinásticas de Astris—. Su poder militar es incuestionable y el planeta florece, pero un imperio sin heredero es un imperio con fecha de caducidad. Si algo le sucediera en el frente, nos hundiríamos en el caos.
Un murmullo de asentimiento recorrió la mesa elíptica. Sin embargo, el problema principal no era la falta de pretendientes locales; el problema era que ninguna omega de la alta aristocracia de Astris sobreviviría una semana al lado de Zarek sin sufrir un colapso nervioso debido a su temperamento hostil. Las jóvenes nobles huían indirectamente de sus invitaciones y los padres temían ofrecer a sus hijas a un hombre que gobernaba con mano de hierro y sonreía menos que una estatua de mármol.
—No podemos obligar a nuestra propia nobleza a someterse a su carácter —comentó un ministro, frotándose las sienes con frustración—. Necesitamos una solución estratégica. Una que el emperador no pueda rechazar por simple capricho político.
Tras horas de debates acalorados y análisis de mapas estelares, la asamblea llegó finalmente a una conclusión unánime. La mejor forma de asegurar la continuidad del linaje imperial era buscar una unión matrimonial fuera de las fronteras de Astris, recurriendo a los planetas periféricos con los que mantenían tratados y acuerdos diplomáticos pendientes.
Esta estrategia mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, se cumpliría la urgente necesidad de emparejar al emperador y asegurar un heredero. Por el otro, Astris consolidaría su influencia en sectores vulnerables. La elección de una prometida de esos mundos funcionaría como un salvavidas colosal para los países y reinos de donde procedieran estas jóvenes. Al convertirse en la consorte imperial, su planeta de origen recibiría de inmediato subsidios económicos masivos, protección militar absoluta de la flota de Astris y tecnología de bio-regeneración que erradicaría la pobreza y las enfermedades de sus naciones. Sería un sacrificio por el bien mayor de todo un mundo.
—Es perfecto —concluyó el canciller, sellando el decreto digital—. El emperador no podrá oponerse si se presenta como un tratado de paz y consolidación galáctica. Ahora, solo debemos revisar la lista de los planetas aliados y seleccionar a la candidata omega más fuerte y resiliente, alguien capaz de soportar la tormenta que es el carácter de nuestro soberano.
Los consejeros suspiraron aliviados, creyendo que habían diseñado el plan perfecto para domar el destino de Astris. Lo que ninguno de ellos sospechaba era que el universo, en su infinita ironía, ya estaba preparando un error administrativo que cambiaría el rumbo del imperio para siempre.