Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 6: ¿Quien eres tu?
¿Muertes? ¿Desapariciones? Sacudí la cabeza mientras me terminaba de acomodar en mi habitación, ya de regreso. No podía creer que aquel ser de pelaje plateado fuera capaz de tales atrocidades. Sus ojos dorados no emanaban maldad, emanaban una pureza antigua, casi sagrada.
Además, si fuera un asesino despiadado, ¿por qué me habría permitido tocar su cola?
Por un momento esperé que mis pulmones dejaran de respirar, pero la realidad fue un encuentro lleno de una paz inexplicable.
—Necesito volver —me prometí, mirando hacia la oscuridad del bosque a través de la ventana. No me quedaría tranquila hasta descubrir si aquel guardián era la causa del misterio o simplemente el chivo expiatorio de las leyendas del pueblo.
Afortunadamente, el abuelo Juanjo no se percató de mi escapada nocturna. Supongo que su guerra personal contra el minino lo dejó tan exhausto que ni un terremoto lo habría despertado.
Lo más gracioso es que, a la mañana siguiente, la batalla continuaba. Era un espectáculo digno de una comedia, un anciano persiguiendo con una escoba a una criatura que apenas le llegaba a los tobillos. Lo extraño era el nivel de hostilidad, lo trataba como si fuera una amenaza para la seguridad nacional.
¿Quién en su sano juicio le llama "bestia" a un gatito de ese tamaño?
Supongo que la locura es el rasgo más fuerte de mi herencia genética. Ahora todo empezaba a tener sentido.
—Abuelo, por Dios, deje en paz al pobre animal —me quejé, acercándome para tomar al gatito en mis brazos—. ¡Mírelo, es solo un bebé!
—¡Baja a esa criatura de inmediato si es que aún aprecias tu vida! —exclamó el abuelo, apuntándome con el mango de la escoba como si fuera una lanza sagrada.
—Venga ya, abuelo. ¿Qué daño podría hacerme esta ternurita? —Lo acurruqué contra mi pecho y empecé a acariciarlo tras las orejas.
El gato, lejos de asustarse, comenzó a mordisquearme la mano. No dolía, eran mordiscos juguetones, cargados de una extraña calidez que me provocaba cosquillas. Pero, de repente, una sensación electrizante me recorrió el cuerpo.
Fue un déjà vu tan potente que me mareó por un segundo. Sentía que ya había vivido ese momento, que ese peso en mis brazos y esa mirada naranja eran fragmentos de un recuerdo que mi mente no lograba desbloquear.
El gato levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. No fue una conexión animal, fue como si dos viejos amigos se reconocieran tras siglos de ausencia. Mi cuerpo vibró con una familiaridad que no sabía explicar.
—¡Ese "gatito", como tú lo llamas, es capaz de convertirse en una bestia feroz que desgarra la garganta de sus enemigos! —bramó el abuelo, sacándome de mi trance.
Miré al minino. ¿Capaz de tanto?
Era una bola de pelos adorable. En todo el tiempo que llevaba en el templo, solo lo había visto pelear por un pedazo de pescado o huir de la escoba.
—Abuelo, si de verdad fuera una bestia asesina, ¿no cree que ya le habría arrancado la garganta a usted por darle sartenazos con la escoba cada cinco minutos? —Mi lógica era aplastante, o al menos eso pensaba yo.
Aunque, claro, después de ver a un zorro gigante la noche anterior, mis estándares de "lo normal" se habían ido por el desagüe.
—Solo está ocultando su verdadera forma. Esperando el momento —masculló él, mirándome con una mezcla de recelo y lástima antes de retirarse, dejándome sola en el patio con el "monstruo" entre mis manos.
—Bueno, pequeño, el abuelo no te quiere, pero yo sí —susurré, sentándome en el suelo de madera.
Lo solté con cuidado y el gato se sentó frente a mí, irguiéndose con una elegancia que ningún gato común poseía. Me miraba con una curiosidad casi humana, como si estuviera evaluando cuánto recordaba de él.
—Así que... ¿tú también tienes secretos, verdad? —le pregunté, mientras el sol empezaba a calentar el ambiente.
—Yo sigo pensando que el abuelo está un poco loco, pequeño —le susurré al minino mientras sentía su pelaje bajo mis dedos—. Y aunque llegase a tener razón sobre tu "naturaleza", no creo que seas capaz de arrancarme la garganta, ¿verdad?
El gatito respondió frotando su cabeza contra mi palma, emitiendo un ronroneo vibrante que tomé como un acuerdo absoluto. Me pasé el resto de la tarde jugando con él en el porche, había algo en su energía que me hacía sentir extrañamente protegida.
—Decidido. Te quedas conmigo, sin importar que el abuelo te mire como si fueras un demonio con garras. Te vas a llamar Yune.
En cuanto pronuncié el nombre, el gato se abalanzó sobre mí con una agilidad sorprendente, lamiendo mi mejilla. Parecía que el nombre le gustaba tanto como a mí.
—¡Lolo! ¡Ya está la cena! ¡Deja a esa bestia y ven a comer! —El grito del abuelo retumbó por todo el templo. Repitió el llamado un par de veces más, buscándome con la mirada, sin darse cuenta de que yo estaba justo detrás de él, aguantándome la risa.
—¿Qué hay de comer, abuelo? —pregunté a sus espaldas.
El pobre hombre dio un salto digno de una medalla olímpica, llevándose la mano al pecho. Si no fuera mi abuelo, me habría sentido mal, pero la escena era demasiado cómica.
—¡Niña escurridiza! ¡Casi me dejas el corazón en la garganta! Vamos, a cenar —masculló, entrando al comedor.
Fui a buscar a Yune para que él también cenara, pero el patio estaba vacío. El minino se había esfumado. Lo llamé por todos los rincones, pero solo el silencio me devolvió el saludo.
Salí un poco más allá de los límites del jardín, donde las sombras de los árboles empezaban a estirarse como dedos oscuros. El viento soplaba con un silbido escalofriante, moviendo las ramas con ruidos que parecían susurros.
De repente, un gruñido profundo y salvaje desgarró el silencio. Sonaba como si dos tigres se estuvieran despedazando mutuamente. El miedo me golpeó el pecho, por un momento, la imagen del demonio de ojos rojos cruzó mi mente.
Entonces, un destello naranja iluminó fugazmente los árboles. Logré ver una sombra masiva, similar a la de un león pero mucho más estilizada, que se movía con una rapidez sobrenatural.
Retrocedí, esperando lo peor, pero el ruido cesó de golpe.
Tras unos segundos de silencio absoluto, los arbustos frente a mí se agitaron y Yune salió de allí, maullando con la inocencia de quien no ha roto un plato en su vida.
—¡Yune! Gato travieso, casi me matas del susto —lo cargué, notando que su pelaje estaba extrañamente erizado—. No debes andar por ahí a estas horas, vamos.
Cenamos en un silencio tenso por parte del abuelo, quien no dejaba de vigilar a Yune con el rabillo del ojo. En cuanto él se retiró a sus aposentos tras su habitual ronda de seguridad, puse en marcha mi plan.
Llené mi bolso con algo de comida y una linterna potente. Esta vez no sería una visita rápida, necesitaba respuestas. Esperé a que los ronquidos del abuelo confirmaran su estado de inconsciencia y me escapé por la ventana de mi cuarto.
Al cruzar el umbral del bosque, el ambiente se sentía diferente. Sin la llama azul guiándome desde el principio, me sentía pequeña y desprotegida bajo la inmensidad de los árboles. Encendí la linterna, recorriendo el camino que ya empezaba a memorizar. Las luciérnagas aparecieron poco después, danzando en el aire como pequeñas motas de polvo estelar, pero la llama azul no daba señales de vida.
Llegué al lago tras lo que pareció una eternidad y me adentré en la cueva. La oscuridad allí dentro era tan densa que mi linterna apenas lograba perforarla. Busqué por todas partes, removiendo piedras y mirando en cada rincón, esperando encontrar la esfera blanca.
—Maldición, llevo una hora aquí y no he hecho nada productivo —mascullé, frustrada—. ¿Dónde está esa llama cuando de verdad se la necesita?
Como si mis palabras fueran un conjuro, un destello azul zafiro iluminó las paredes de roca. La llama apareció de la nada, revoloteando frente a mis ojos antes de alejarse hacia la profundidad de la cueva. Me quedé quieta, confundida, hasta que ella regresó y volvió a alejarse, como si me estuviera pidiendo que la siguiera a un lugar donde mis pies aún no se habían atrevido a llegar.
La seguí por un túnel estrecho y húmedo que desembocaba en una cámara oculta. Allí, sobre un pedestal de piedra natural, la esfera blanca brillaba con una luz pura y magnética.
—Así que aquí te escondías —sonreí, sintiendo un triunfo casi infantil. Me acerqué, fascinada por el resplandor—. Pero no entiendo... ¿por qué tú me muestras esto? ¿Qué se supone que debo hacer con ella?
Estaba a solo unos milímetros de tocar la superficie fría y perfecta de la esfera cuando, de la nada, una mano firme y cálida rodeó mi muñeca, deteniendo mi movimiento en seco. El aire de la cueva se volvió gélido de repente.
—Aléjate de esa esfera... —una voz profunda, joven y cargada de una advertencia mortal resonó a mis espaldas.
La orden fue un susurro cargado de una autoridad ancestral que me heló la sangre.
Bajé la mirada hacia mi muñeca y sentí un vuelco en el corazón. Una mano pálida, de dedos largos y elegantes terminados en uñas que parecían garras cuidadosamente ocultas, me sujetaba con una fuerza sobrenatural.
Al alzar la vista, el aire se me escapó de los pulmones. Si la perfección existía en este mundo, acababa de encontrar su definición física.
—¿Quién eres tú? —logré articular, aunque mi voz sonó pequeña en la inmensidad de la gruta.
Intenté tirar de mi brazo, pero fue como tratar de mover una montaña de mármol. El agarre se cerró aún más, hundiéndose en mi piel con una firmeza que bordeaba el dolor.
—Me estás lastimando —susurré, frunciendo el ceño mientras el miedo empezaba a ser desplazado por una chispa de indignación.
—¿Qué haces aquí, humana? —preguntó él. ¿Humana? La forma en que escupió la palabra, como si fuera una clasificación biológica inferior, me dejó descolocada.
A pesar de la situación, no pude evitar estudiarlo con una fascinación casi hipnótica. Era la criatura más hermosa y aterradora que había visto jamás.
Su piel era tan blanca y gélida como la nieve recién caída, contrastando violentamente con su cabello, una cascada de hilos de plata que le caía más allá de la cadera, brillando con un fulgor metálico bajo la luz de las luciérnagas.
Sus labios, rosados y carnosos, estaban apretados en una línea de disgusto, y sus ojos… Dios, sus ojos eran dos pozos de oro fundido que me quemaban la mirada. Eran idénticos a los del gran zorro del bosque.
—Tú eres el Kitsune —no fue una pregunta, sino una afirmación que salió de mi boca cargada de asombro.
Él entrecerró los ojos, y por un segundo vi un destello salvaje en sus pupilas doradas.
—¿Cómo sabes de mi existencia? —gruñó, tirando de mi brazo con brusquedad para atraerme hacia él.
El movimiento fue tan rápido que mi pecho chocó contra su torso. Estábamos tan cerca que podía sentir el frío que emanaba de su cuerpo, un frío que olía a sándalo, a tormenta y a magia antigua. Sentí que el calor me subía a las mejillas de forma incontrolable, tener un rostro tan perfecto a escasos centímetros del mío era una tortura para mi sentido común.
—¡Tú eres el zorro que vi anoche! —exclamé, recuperando el habla—. ¡Lo sabía! ¡Mi madre me tachó de loca, pero yo sabía que no lo soñé! ¿Quién es la loca ahora, mamá?
—¡Largo de aquí! —rugió él, ignorando mi arrebato y arrastrándome lejos de la esfera con un empujón que me hizo trastabillar.
—¡No me iré! —le grité, plantando los pies en el suelo con terquedad—. ¡No después de haber llegado hasta aquí! Necesito saber qué está pasando conmigo, por qué tengo estas pesadillas y qué relación tiene esa llama azul contigo. Al parecer, ella quiere que yo esté aquí.
El extraño se detuvo en seco. Su expresión pasó del odio a una confusión genuina que lo hizo parecer, por un breve instante, casi vulnerable.
—¿Qué llama azul? —Se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud amenazante, rodeándome como un depredador que analiza a su presa.
—Una llama azul… ha estado apareciendo en mis sueños y me guio hasta esta cueva —respondí, tratando de mantenerle la mirada a pesar de que sus ojos dorados me hacían querer salir corriendo y quedarme allí para siempre al mismo tiempo.
—Joder… —masculló él, apretando los puños. Se giró hacia la oscuridad de la cueva y gritó con una voz que hizo vibrar las rocas— ¡JEAN! ¡Ven aquí ahora mismo!
Me sobresalté por la potencia de su grito. Estaba claro que mi presencia no solo le molestaba, sino que parecía haber activado una alarma que yo no comprendía. El misterio se estaba volviendo más denso, y por la forma en que el Kitsune me miraba, supe que salir de esa cueva no sería tan fácil como entrar.
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭