Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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El día de la verdad llegó
La luz de la mañana entró suavemente por la ventana.
Sonia abrió los ojos poco a poco.
Por un segundo no recordó dónde estaba.
Pero luego recordó en dónde se había quedado a dormir
Se incorporó lentamente en la cama.
Y entonces percibió un aroma delicioso.
Giró la cabeza.
Ahí estaba Santiago.
De pie, tranquilo, sirviendo café como si nada pudiera alterar su calma.
La mesa estaba lista.
Desayuno completo.
Cuidado en cada detalle.
Sonia lo observó unos segundos en silencio.
—Buenos días —dijo él al notar que estaba despierta.
Sonia sonrió levemente.
—Buenos días…
Santiago se acercó con una taza.
—Mira…
Señaló la mesa.
—Te pedí esto. Espero que lo disfrutes.
Sonia miró todo.
—No tenías que hacerlo.
—Quise hacerlo.
Pausa.
Luego añadió:
—Y también…
Señaló una bolsa sobre la silla.
—Te compré ropa.
Sonia frunció ligeramente el ceño.
—¿Ropa?
—Imaginé que ibas directo a la empresa.
Sonia lo miró con sorpresa.
Y luego sonrió.
—Gracias… Santi.
Como si ese apodo hubiera estado ahí desde siempre.
Santiago no dijo nada.
Pero su mirada lo dijo todo.
Ambos se sentaron.
Desayunaron en calma.
Sin prisas.
Por unos minutos…
El mundo afuera no existía.
Pero el silencio no era incómodo.
Era necesario.
Sonia tomó un sorbo de café.
—Hoy…
—Sí —respondió Santiago antes de que terminara.
Sus miradas se encontraron.
No hacía falta decir más.
El momento había llegado.
Sonia dejó la taza.
Respiró profundo.
—Estoy lista.
Santiago asintió.
—Eso quiero ver.
Se levantó y caminó hacia ella.
Se inclinó un poco.
—Te veo en la empresa, pequeña.
Sonia sostuvo su mirada.
—Voy a estar ahí.
—Sé valiente.
La voz de Santiago fue de seguridad.
—Y confía en lo que sabes.
Sonia asintió.
—Lo haré.
Santiago tomó su chaqueta.
—Yo haré lo que me pediste.
Sonia se puso de pie.
Se acercó a él.
—Gracias.
Lo miró con sinceridad.
—Por todo.
Santiago no respondió con palabras.
Solo la besó.
Cuando se separaron…
Ya no había duda.
Cada uno sabía su papel.
—Nos vemos —dijo él.
—Nos vemos.
Sonia tomó la ropa que él había comprado.
Minutos después…
Estaba lista.
Impecable.
Fuerte.
Y completamente decidida.
Salió del hotel.
El aire de la mañana le golpeó el rostro.
Pero no la hizo dudar, se subió en su coche
Y durante todo el trayecto…
Su mente no se detuvo.
Recordó la grabación.
Los documentos.
Las traiciones.
—Hoy se acaba.
Sus manos se cerraron ligeramente.
—Hoy todo sale a la luz.
El auto se detuvo frente al edificio.
La empresa de su familia.
Ese lugar que le pertenecía a la Sonia original.
Y que ahora…
Estaba al borde de la caída.
Sonia bajó.
Miró el edificio unos segundos.
—No voy a dejar que la destruyan.
Entró.
El ambiente era distinto.
Tenso.
Los empleados caminaban rápido.
Susurraban.
Algo se sentía en el aire.
Noticia.
Presión.
Miedo.
Sonia caminó sin detenerse.
Algunos la saludaron.
Otros evitaron mirarla.
Pero ella no se distrajo.
Llegó al ascensor.
Subió.
Cuando las puertas se abrieron…
El secretario Márquez ya estaba ahí.
—Señorita de la Vega.
Sonia lo miró.
—Buenos días.
—Los socios ya comenzaron a llegar.
Sonia asintió.
—Perfecto.
Márquez la observó un segundo.
—¿Desea que prepare algo antes de la reunión?
Sonia negó.
—No.
Pausa.
—Todo está listo.
El secretario inclinó levemente la cabeza.
—Como diga.
Pero en sus ojos…
Había algo extraño.
Algo que Sonia ya no ignoraba.
Ella lo sostuvo la mirada.
Un segundo más de lo necesario.
Y luego siguió caminando.
—Sala de juntas —dijo él.
—Lo sé.
Sonia avanzó por el pasillo.
Su corazón latía fuerte.
Pero su rostro…
No mostraba nada.
Cuando llegó a la puerta…
Se detuvo.
Respiró profundo.
—Es ahora.
Abrió.
Dentro…
Los socios estaban sentados.
Conversando en voz baja.
Al verla entrar...
Todas las miradas se posaron en ella.
Sonia caminó hasta la cabecera de la mesa.
Se mantuvo de pie.
—Buenos días.
Nadie respondió de inmediato.
La tensión era evidente.
Uno de los socios habló:
—Señorita Sonia…
Su tono era serio.
—Esperamos que tenga explicaciones sobre la situación de la empresa.
Sonia sostuvo su mirada.
—Las tengo.
Pausa.
—Y también soluciones.
El ambiente se tensó aún más.
Sonia colocó su bolso sobre la mesa.
Sacó la USB.
Y la sostuvo entre sus dedos.
—Pero antes…
Miró a cada uno de ellos.
—Quiero que vean esto antes de continuar...