Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 19
Aiden asintió, sin hacer más preguntas. Y por algún motivo, Alma sintió que esa era la primera conversación honesta que tenía en días.
—Yo también prefiero que me llamen Aiden —dijo él, con una sonrisa—. Mi nombre legal es mucho más aburrido.
Alma sonrió. No pudo evitarlo.
Y en ese momento, mientras reía con un desconocido en un balcón vacío, Alessandro la encontró.
Él había estado hablando con Vanessa cuando sintió que algo faltaba.
No supo qué era al principio. Siguió la conversación, riendo en los momentos adecuados, asintiendo cuando Gerónimo contaba alguna anécdota antigua. Pero su mente estaba en otro lugar.
Su mano, la que había estado apoyada en la espalda de Alma, estaba vacía.
Se giró.
Ella no estaba.
—¿Alessandro? —Vanessa lo miró con curiosidad—. ¿Estás bien?
—Sí —respondió, con la voz fría de nuevo—. Discúlpame un momento.
Comenzó a buscar. Recorrió el salón con la mirada, esperando encontrar su vestido azul entre las demás mujeres. No estaba. Cruzó hacia el fondo, revisó las mesas, los rincones, las puertas que daban a los pasillos.
Nada.
Apretó la mandíbula. Si esa mujer había intentado huir otra vez…
Subió las escaleras. Revisó los balcones del segundo piso. Nada. Bajó de nuevo. Empujó la puerta que daba al jardín.
Y entonces la vio.
Estaba en el balcón lateral, el que daba a los jardines más apartados. No estaba sola. Un hombre estaba a su lado, apoyado en la barandilla, riéndose de algo que ella había dicho.
Y ella sonreía.
Alessandro sintió algo en el pecho. No era agradable. Era un calor incómodo que subía por su cuello mientras observaba la escena.
Alma se reía. Con un desconocido. En un balcón. Lejos de él.
Dio un paso hacia ellos. Luego otro.
—Ariana—dijo, y su voz salió más cortante de lo que pretendía.
Ella se giró. Su sonrisa desapareció en cuanto lo vio.
—Alessandro —respondió, con frialdad.
Aiden lo miró con curiosidad. No parecía intimidado, lo que ya era más de lo que la mayoría de la gente podía decir.
—Ah, eres el esposo —dijo Aiden, con una sonrisa amable—. Me presenté a tu esposa. Es encantadora.
Alessandro no le devolvió la sonrisa.
—Vámonos —le dijo a Alma, ignorando por completo a Aiden.
—No he terminado mi conversación —respondió ella, con la barbilla levantada.
—La has terminado.
—No.
Alessandro dio un paso hacia ella. Su mandíbula estaba tensa, sus manos cerradas en puños.
—Dije que nos vamos.
Por un instante, Alma sostuvo su mirada. Luego, con una lentitud deliberada, se giró hacia Aiden.
—Ha sido un placer conocerte —dijo, con una sonrisa que Alessandro sintió como una bofetada.
—El placer es mío —respondió Aiden, ignorando por completo la presencia de Alessandro—. Espero volver a verte, Alma.
Ella asintió y caminó hacia la puerta. Alessandro la siguió con los dientes apretados.
Cuando estuvieron fuera del alcance de los invitados, él la agarró del brazo.
—¿Qué fue eso? ¿y porque te dice Alma? demasiado confianza
Alma se soltó de un tirón.
—¿Qué fue qué?
—Ese tipo. Riendo con él. Sonriéndole.
—¿Acaso está prohibido?
—Eres mi esposa.
—Una cosa —corrigió ella, con la voz afilada—. Tu medio para un fin. Tu juguete, ¿no? Así que no me vengas con que soy tu esposa cuando hace una hora estabas riendo con tu ex.
Alessandro apretó la mandíbula.
—Vanessa es una amiga de la infancia.
—No me importa lo que sea. Tú haces lo que quieres con quien quieres. Yo también.
—No eres libre de hacer lo que quieras.
—Entonces, ¿qué soy? —preguntó Alma, con la voz quebrada por la rabia—. Dímelo claro. ¿Qué soy para ti?
El silencio se extendió entre ellos.
Alessandro la miró un instante. Luego, con una frialdad que helaba, respondió:
—Eres mi esposa. Y mientras lo seas, harás lo que te digo. Sin preguntas. Sin escapadas. Sin tipos en los balcones.
—¿Y tú? ¿Tú puedes hacer lo que quieras?
—Yo soy el que manda.
Alma soltó una risa amarga.
—Claro. Siempre tú.
Se dio la vuelta y caminó hacia el coche sin mirar atrás.
Alessandro la siguió con la mirada, los puños apretados, la mandíbula tensa.
No la amaba. No sentía nada por ella. Era solo una mujer que estaba bajo su techo, bajo su nombre. Y nadie, absolutamente nadie, le iba a faltar al respeto de esa manera.
Ni ella. Ni ese idiota que le había sonreído.
Subió al coche sin decir una palabra. Alma estaba en su asiento, mirando por la ventanilla, ignorándolo por completo.
El viaje de regreso fue en silencio.
Y en ese silencio, Alessandro no dejó de pensar en la sonrisa que ella le había dado a ese desconocido.
Una sonrisa que él nunca había recibido.
No era amor. No era cariño. Era orgullo. Control. La certeza de que lo que era suyo se mantenía en su lugar.
Y Alma, aunque no lo supiera todavía, era suya.