Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 7
¿Por qué… corre con esa expresión…?
El viento golpeaba mi rostro mientras Yokun avanzaba sin detenerse.
Su emoción era evidente.
Demasiado.
¿Y por qué… estoy sangrando…?
El pensamiento me atravesó de nuevo.
Frío.
Inquietante.
¿Estoy… enfermo?
No entendía nada.
Y eso era lo peor.
Para cuando logré procesar algo coherente, ya habíamos llegado a la cabaña.
Yokun me bajó con cuidado… pero su energía no cambió en absoluto.
—¡Esto es maravilloso! —exclamó, casi sin poder contenerse.
Fruncí el ceño, aún confundido.
—¿Qué…?
Yokun comenzó a caminar de un lado a otro.
—No lo recordaba… pero mi padre me lo mencionó una vez —dijo, como si estuviera uniendo piezas en su cabeza—. Las “hembras” elegidas por el líder… o por el futuro líder de un clan… pueden entrar en su “Regla” incluso si no son como las demás.
Mi ceja tembló ligeramente.
…En resumen…
estoy sangrando por tu culpa.
Respiré hondo.
—¿Y eso qué significa…? —pregunté, aunque una parte de mí ya temía la respuesta.
Yokun se detuvo.
Me miró.
Sonrió.
—¡Que cuando termine tu “Regla”… podremos reproducirnos!
…
Mi mente se apagó.
—¡¡…!!
El aire desapareció.
—¡No…! —retrocedí instintivamente—. ¡No, no, no…!
El pánico me consumió de golpe.
¡Esto no puede estar pasando!
¡¿Por qué tengo esta maldita suerte…?!
Mis ojos comenzaron a arder.
—Pero… pero yo soy menor de edad… —murmuré entre sollozos—. No creo poder… dar a luz… y además… soy un hombre…
Las palabras salían rotas.
Desesperadas.
Yokun se agachó frente a mí.
Su expresión cambió.
Más suave.
Más… paciente.
Su mano se posó sobre mi rostro, limpiando una lágrima sin brusquedad.
—No llores —dijo con una leve sonrisa—. La “Regla” significa que ya has alcanzado la madurez.
Eso no ayudó.
Para nada.
Tragué saliva.
—¿Cuánto… dura?
Yokun pensó un momento.
—No estoy completamente seguro… pero creo que dos o tres días. Y solo ocurre una vez al año.
Parpadeé.
—…
¿Solo una vez…?
Un suspiro escapó de mí, casi sin darme cuenta.
Bueno… al menos no es constante.
—Por cierto —añadió Yokun—, ¿por qué preguntas cosas tan básicas? ¿No te enseñaron nada en tu clan?
Mi cuerpo se tensó.
—Yo… —desvié la mirada rápidamente—. No lo recuerdo bien.
No insistió.
Por suerte.
—Entonces… —murmuré, cambiando de tema—. ¿Qué se supone que haga ahora? No puedo… simplemente dejar esto así, ¿verdad?
Yokun se quedó pensativo unos segundos.
Luego se giró y comenzó a rebuscar entre algunas cosas.
Sacó un recipiente sencillo con algodón.
Regresó hacia mí.
—Esto —dijo, extendiéndomelo—. He escuchado que las mujeres lo usan durante su “Regla”.
Lo miré en silencio.
Y lo tomé.
—…
—El esposo es quien lo proporciona —añadió con tono casual.
Pero algo en su expresión… no lo era tanto.
En la mente de Yokun—
¡ELOGIAME!
¡ELOGIAME!
¡ELOGIAME!
Su cola se movía.
Rápido.
Haciendo ojitos.
¿Está esperando algo…?
Lo miré.
Luego al algodón.
Luego otra vez a él.
¿Será que quiere un elogio...?
Suspiré.
Y sin decir nada, estiré la mano.
Mis dedos rozaron su cabeza.
Luego bajaron lentamente.
Hasta su vientre de lobo.
Tan peludito, parece un perrito.
Lo acaricié con suavidad.
—Buen trabajo…
Fue suficiente.
Yokun, en forma de lobo, cerró los ojos con satisfacción evidente.
Pero duró poco.
En un instante volvió a su forma humana—
Y se lanzó sobre mí.
Mi cuerpo cayó contra el suelo.
—¡¿Eh?!
Sujetó mis muñecas.
Cerca.
Demasiado cerca.
Su mano se deslizó hasta mi nuca, enredándose en mi cabello.
Y antes de que pudiera reaccionar—
Sus labios capturaron los míos.
El impacto me dejó sin aire.
Su respiración era caliente.
Intensa.
Sentí cómo me arrastraba a su ritmo.
A su cercanía.
Un sonido escapó de mí.
Involuntario.
Confuso.
Yokun se separó apenas, jadeando.
—Ya quiero que termine tu “Regla”… —murmuró con una sonrisa cargada de intención.
Antes de que pudiera decir algo—
Se transformó.
Otra vez en lobo.
—Volveré —añadió—. Iré a cazar… y traeré más algodón.
Y salió.
Así de simple.
El silencio volvió.
Pesado.
Me quedé ahí.
Inmóvil.
Con el rostro ardiendo.
—…
Giré la mirada.
—Sí…
Pero ya no estaba.
Tragué saliva.
¿Qué… acaba de pasar?
Llevé una mano a mis labios.
¿Por qué…?
Fruncí el ceño.
Negué con la cabeza.
—No… —murmuré—. No tiene sentido…
¿Por qué… no me disgustó del todo…?
Eso fue lo que más me asustó.
Sacudí la cabeza con más fuerza.
—¡No! ¡Eso no puede ser!
Me obligué a dejar de pensar en eso.
No era importante.
No ahora.
Bajé la mirada.
Y lo vi otra vez.
El rastro.
La sangre.
—…
—Genial… —murmuré con frustración—. ¿Y ahora cómo se supone que use esto…?
Observé el algodón.
Lo giré.
Lo inspeccioné.
—¿Cómo diablos…?
Suspiré, agotado.
Con torpeza, intenté acomodarlo como pude.
No fue perfecto.
Pero funcionó.
Y, para mi sorpresa…
Es cómodo…
Solté una pequeña risa.
Incrédula.
Cansada.
—No puedo creer que me esté riendo de esto…
Me dejé caer sobre la cama de piel.
Mirando el techo.
Pensando.
Esto es como…
la menstruación humana… ¿no?
El pensamiento me golpeó de pronto.
Me incorporé un poco.
—…No.
Hice una pausa.
—Sí llega a hacer igual...
Mi expresión se tensó.
—¿Eso significa que… pasará cada mes…?
Un nuevo dolor de cabeza apareció.
Me llevé una mano a la sien.
—No… Yokun dijo que es una vez al año…
Exhalé lentamente.
Volví a recostarme.
El cuerpo me pesaba.
El cansancio regresaba.
—…Por favor…
Cerré los ojos.
—Que sea solo una vez al año…
Así como las hembras de este mundo.
El silencio me envolvió otra vez.
.
.
.
—UNA HORA DESPUÉS—
Un aroma cálido y envolvente se coló lentamente en mis sentidos.
Suave al inicio.
Luego… imposible de ignorar.
—Mmm… —murmuré, aún medio dormido—. Huele muy bien…
Abrí los ojos con pesadez.
El cansancio seguía ahí.
Pegado a mi cuerpo.
Inexplicable.
¿Por qué estoy tan agotado…?
No tenía sentido.
Pero ese olor…
Era demasiado tentador.
—¿Es… carne…?
Me incorporé lentamente, aún adormilado, girando la cabeza hacia el origen del aroma.
Y ahí estaba.
Yokun.
Comiendo una pierna.
Como si nada.
En su brazo… una canasta.
Llena.
No.
Rebosando.
Docenas de trozos de carne perfectamente preparados.
Mi mente tardó un segundo en procesarlo.
Y cuando lo hizo—
—¡¿Por qué tanta carne?! —solté, completamente sorprendido.
Yokun ni siquiera dejó de comer.
Masticó con calma.
Tragó.
Y respondió con total naturalidad:
—Porque estás en tu “Regla”.
Tomó otro trozo.
—Y ambos debemos comer bien.
Otro bocado.
—Necesitamos energía… para después.
El silencio se instaló unos segundos.
Lo miré.
Luego a la canasta.
Luego otra vez a él.
El tiene razón...
debemos comer bien para tener energía.
Suspiré.
—Bien…
Hice una pausa.
Volví a mirar la cantidad absurda de carne.
Pero esto es demasiado...