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El Frágil Lazo De Ciela

El Frágil Lazo De Ciela

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:196
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.

NovelToon tiene autorización de SherlyBlanco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: Las cicatrices del silencio

​El pasillo del hospital, iluminado por una luz blanca y fría, se sentía como un tribunal de sentencia. Mientras Ciela luchaba por su vida en el quirófano con el riñón que Beatriz le acababa de entregar, los secretos más oscuros emergieron de la boca de Alberto, el abuelo materno.

​Diego y Miriam habían escuchado la confesión más aterradora: Graciela no fue abandonada, fue robada por Alberto para ocultar el "pecado" de una hija adolescente con un hombre mayor llamado Julián. Y lo peor, Lucía era el fruto de los años de abuso que Valenzuela ejerció sobre Beatriz en su cautiverio.

​—¡Eres un monstruo, Alberto! —rugió Diego, agarrando al anciano por la solapa—. Dejaste que ese tipo violara a tu propia hija durante años solo para mantener las apariencias.

​En ese momento, la policía intervino. Se llevaron a Alberto para tomar su declaración oficial y escoltaron a Diego y a Lucía hacia la oficina de servicios sociales. El pasillo quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido de las máquinas.

​Miriam se quedó sola en la sala de espera con el señor Roberto. Su tío, el hombre que ella siempre respetó como el pilar de la familia, estaba hundido en una silla, con las manos temblando y la mirada perdida en el suelo de linóleo.

​—Tío Roberto... dime que no lo sabías —susurró Miriam, acercándose a él con una mezcla de lástima y asco—. Dime que cuando adoptaron a Ciela, realmente pensaban que era una huérfana.

​Roberto levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, cargados de una culpa que ya no cabía en su pecho.

—Queríamos una hija, Miriam. Elena no podía concebir y el vacío en esta casa nos estaba matando. Valenzuela apareció como un ángel... nos dijo que había una joven que no quería a su bebé, que era mejor que la niña creciera con una familia "bien".

​—¡La compraron, Roberto! —gritó Miriam, perdiendo los estribos—. ¡Pagaron por una niña que tenía una madre gritando por ella en una clínica clandestina! ¿Cómo pudieron vivir con eso veinte años? ¿Cómo pudieron mirarla a los ojos cada mañana sabiendo que le habían arrancado su origen?

​—Pensamos que le dábamos una vida mejor —balbuceó Roberto, con la voz quebrada—. Le dimos educación, amor, un apellido. Pero cuando Valenzuela empezó a pedir más dinero, cuando las amenazas de revelar la verdad se hicieron constantes, supimos que estábamos atrapados en un infierno. Mi silencio financió el secuestro de Beatriz, Miriam. Cada dólar que le enviábamos a ese abogado para que no hablara, era un clavo más en la celda de esa pobre mujer.

​Miriam retrocedió, sintiendo que el aire le faltaba. El apellido que ella tanto defendía, la "perfección" de su familia, era una fachada construida sobre el secuestro y la extorsión.

—Ustedes no la protegieron del mundo, Roberto. Ustedes la protegieron de su propia verdad para no ir a la cárcel. ¡Ciela casi muere porque ustedes no quisieron admitir que no sabían quién era su padre biológico!

​—Lo sé... y no espero que me perdones —dijo Roberto, rompiendo en llanto—. Mañana mismo iré a la fiscalía. Elena y yo vamos a confesar. No importa si terminamos tras las rejas, Ciela merece saber que su madre nunca dejó de amarla.

​Miriam salió de la sala sin decir una palabra más. Caminó hacia la unidad de cuidados intensivos, donde a través de un cristal pequeño, podía ver a Anais. Su prima estaba en una habitación contigua, descansando tras el parto. Anais sostenía a su bebé con una paz que Miriam envidiaba. Ella aún no sabía que su hijo nacía en una familia donde la sangre estaba manchada de mentiras centenarias.

​Miriam apoyó la frente contra el cristal, llorando por Ciela, por Beatriz, y por Lucía, la niña que resultó ser hija del verdugo. El lazo de Ciela se había salvado físicamente, pero la familia, tal como la conocían, había dejado de existir esa noche.

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