En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 4:
Alex sentía el sobre de su padre como una brasa ardiendo en su bolsillo, pero el rostro de Rosalie, ahora suave y genuinamente preocupado, la desarmaba.
—Te encuentras bien... te ves un poco pálida —dijo Rosalie. Su voz ya no tenía el filo del desafío; era casi una caricia casual que hizo que el corazón de Alex diera un vuelco.
—S-sí, estoy bien. Es que... yo tengo algo que contarte. Este... yo... —las palabras se le anudaban en la garganta. ¿Cómo decirle que su padre estaba comprando su libertad para convertirla en un trofeo?
El destino, sin embargo, tenía otros planes. Un estruendo seco hizo retumbar las paredes de L’Écho de la Nuit. La puerta de madera crujió bajo el impacto de botas pesadas. Cinco hombres entraron, cortando la música de golpe. No vestían los trajes caros de los hombres de su padre, ni la ropa gastada de los músicos; tenían el aura metálica y fría de los sicarios, de aquellos que cobran deudas con huesos rotos.
El líder, un tipo con una cicatriz que le dividía la ceja, barrió el lugar con la mirada hasta detenerse en ellas. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—Conque aquí estás, bombón. Te andábamos buscando —dijo, ignorando a Alex como si fuera parte del mobiliario—. Recuerda que no nos has pagado. Así que decidí que serías un buen juguetito, ya que eres una linda gama.
Rosalie dio un paso al frente, con la barbilla en alto, aunque Alex pudo notar el leve temblor en sus manos.
—Yo les pagaré —sentenció Rosalie con una seriedad gélida—. Esta semana, cuando me den mi parte, les pago hasta con intereses.
—Oh, pequeña... ¿no entiendes que saldrías más rápido de tus deudas si fueras mi juguete? —El hombre alargó una mano sucia, buscando la mejilla de la cantante.
No llegó a tocarla.
En un movimiento que ni siquiera Alex fue consciente de ejecutar, su mano interceptó la del sicario. Se escuchó un crujido seco, el sonido del hueso cediendo ante una fuerza inhumana. Alex no solo lo detuvo; se lo quebró.
—Si la vuelves a tocar —la voz de Alex no era la suya; era un gruñido bajo, ancestral, como si su sangre Morozov hubiera despertado a la bestia que tanto intentaba domesticar—, no será la mano lo único que te quebraré.
El líder soltó un alarido de dolor, retrocediendo mientras se sujetaba la muñeca deforme.
—¡Maldita perra! Vas a pagar ahora mismo por quebrarme la mano —bramó, haciendo una seña frenética a sus hombres—. ¡A por ellas!
Los otros cuatro sicarios se desplegaron, rodeándolas. El espacio en el sótano se volvió pequeño, asfixiante. Rosalie, en un arranque de culpa, se puso frente a Alex.
—¡Oye! ¡No le hagas daño a ella! —gritó Rosalie—. Ella no tiene la culpa de mis deudas. Soy yo a la que necesitan. ¡Déjenla en paz!
—Muy tarde, pequeña —el líder chasqueó los dedos con la mano sana.
Uno de los hombres se lanzó para sujetar a Alex por los hombros, pero ella reaccionó con la precisión de quien ha sido entrenada en defensa personal desde la cuna. Le propinó un codazo en el plexo solar que lo dejó sin aire y, sin perder un segundo, sujetó con fuerza el brazo de Rosalie.
—¡Corre! —ordenó Alex.
No esperó respuesta. Tiró de Rosalie, esquivando una botella que estalló contra la pared, y se abrieron paso hacia la salida de emergencia, con el eco de las botas de los sicarios resonando tras ellas en el estrecho pasillo.
Lo que Alex no sabe...
Mientras ellas huían por el callejón bajo la lluvia, el hombre de traje caro —el asistente del señor Morozov— seguía sentado en la barra. No se había movido. Simplemente ajustó su corbata y habló por su comunicador.
—Señor, el incidente ha ocurrido. Los cobradores que enviamos bajo cuerda cumplieron su papel. La heredera ha "rescatado" a la chica. El vínculo emocional se ha sellado.
—Excelente —respondió la voz del señor Morozov desde el otro lado—. Ahora Alex cree que es su heroína. No sospechará que yo mismo pagué a esos sicarios para que la atacaran. Ahora, ella hará lo que sea para protegerla... y yo tendré a ambas donde las quiero.