Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 15: Ecos de magia
Señaló un gran espejo antiguo con marco de plata que colgaba en la pared opuesta. Instintivamente, extendí las manos. Una onda de choque invisible salió disparada de mis palmas. El estruendo fue ensordecedor: el espejo no solo se rompió, sino que estalló en mil pedazos que quedaron suspendidos en el aire, flotando como polvo estelar, antes de caer lentamente al suelo.
Me desplomé de rodillas, jadeando. El esfuerzo me había dejado exhausta, como si hubiera corrido un maratón en diez segundos. Dagmar se arrodilló a mi lado y me sostuvo por los hombros.
—Está bien, respira —me consoló—. Es normal. Llevas siglos con ese poder dormido. Es como un volcán que finalmente encuentra una grieta.
Mientras recuperaba el aliento, Dagmar se levantó y recogió uno de los fragmentos del espejo. A pesar de estar roto, el vidrio no reflejaba la habitación, sino un paisaje oscuro y tormentoso.
—¿Qué es eso? —pregunté, acercándome.
—Un fragmento de visión —respondió con el rostro ensombrecido—. La Orden está más cerca de lo que pensaba. Están usando espejos de obsidiana para intentar triangular tu posición, están buscando a cualquier mujer que coincida con tu descripción.
El miedo volvió a invadirme, pero esta vez venía acompañado de una furia gélida.
—¿Están lastimando a gente inocente solo para encontrarme?
—Siempre lo han hecho, Rose. Para ellos, tú eres una anomalía que debe ser corregida o una herramienta que debe ser poseída. No ven seres humanos, ven activos o amenazas. Por eso debemos ser rápidos. Mañana empezaremos con la invocación de los elementos. Necesitas aprender a crear escudos de aire y fuego.
Cuando regresé a casa al atardecer, el cansancio era físico y espiritual. Entré buscando el silencio, pero encontré a mis tías en la cocina, rodeadas de libros viejos y papeles amarillentos. Clarisa levantó la vista, y su expresión cambió al ver mis manos, que aún conservaban un ligero rastro de polvo plateado.
—Lo has hecho —dijo en un susurro—. Has empezado.
—Sí, tía. He roto mi primer espejo —intenté bromear, pero mi voz salió cansada—. Dagmar dice que soy un caos de creación y destrucción.
Egle, que había estado extrañamente callada, se acercó a mí y me tomó la cara entre sus manos. Sus ojos buscaban algo en los míos, una señal que me dio escalofríos.
—Rose... tienes que tener cuidado con él también. Sé que lo amas, sé que los recuerdos te dicen que es tu salvador. Pero no olvides que él es un brujo de nacimiento. Su mente no funciona como la nuestra. Él ve el tablero completo, y a veces, para ganar una guerra de siglos, los generales están dispuestos a sacrificar piezas que aman.
—Él no me sacrificaría, Egle. Ha muerto por mí más veces de las que puedo contar —defendí, sintiendo una punzada de lealtad absoluta.
—Lo sé —respondió ella con una tristeza infinita—. Pero a veces, vivir es un sacrificio mucho más doloroso que morir. Solo... mantén un ojo abierto. No dejes que el amor te ciegue ante el poder que él también representa.
Subí a mi habitación, procesando sus palabras. Me toqué el collar y sentí el pulso de Dagmar a través del metal, un latido constante que me daba fuerza. Me acosté y, por primera vez en semanas, no hubo pesadillas. Hubo visiones de un futuro donde no teníamos que huir. Pero en el borde de ese sueño, una sombra me observaba: un hombre con una túnica gris y una espada de plata, el primer cazador de la Orden, esperando a que yo cometiera un solo error…
El sol de la mañana apenas lograba perforar la densa bruma que rodeaba el castillo, dándole a las piedras antiguas un aspecto espectral. Al cruzar el umbral, el aire dentro de la fortaleza se sentía distinto; ya no era solo frío, sino que vibraba con una frecuencia que mis nuevos sentidos empezaban a reconocer como "intención".
Dagmar me esperaba en el patio de armas, un espacio abierto flanqueado por muros de roca que habían visto caer imperios. No vestía su abrigo habitual, sino una túnica de lino oscuro que permitía ver la agilidad de sus movimientos.
—Hoy no habrá espejos que romper, Rose —dijo sin preámbulos, sus ojos fijos en los míos—. Hoy aprenderás que la magia no es un proyectil, sino una extensión de tu voluntad. El mundo está hecho de cuatro pilares, y tú eres el quinto que debe aprender a sostenerlos.
Se colocó a unos metros de mí y, con un gesto perezoso de su mano, prendió fuego a cuatro antorchas de piedra que rodeaban el patio. Las llamas no eran naranjas, sino de un violeta eléctrico que siseaba contra el viento.
—El fuego es el elemento más cercano a tu emoción —explicó Dagmar, caminando en círculos a mi alrededor—. Es pasión, es furia, es protección.
Pero si no lo controlas, te consume a ti antes que al enemigo. Quiero que atraigas la llama de esa antorcha hacia tu mano. No la toques, ordénale que venga.
Extendí mi mano derecha. El miedo inicial de quemarme luchaba contra el recuerdo de siglos donde el fuego había sido mi verdugo. Cerré los ojos y busqué esa "compuerta" que había abierto el día anterior. Sentí el calor del collar, ese pulso rítmico que me conectaba a Dagmar.
—No pienses en el fuego como algo externo —susurró él detrás de mí, su aliento rozando mi oreja—. Es tu propia sangre ardiendo. Eres tú.
De pronto, un calor abrasador nació en la palma de mi mano. Abrí los ojos y solté un grito ahogado: una pequeña esfera de fuego violeta danzaba sobre mi piel. No me quemaba; se sentía como un corazón latiendo, cálido y vivo. Pero en cuanto mi emoción pasó de la sorpresa al temor, la llama creció desproporcionadamente, subiendo por mi brazo como una enredadera incandescente.
—¡Dagmar! —exclamé, viendo cómo el fuego empezaba a lamer la manga de mi suéter.
Él no se inmutó.
—No entres en pánico. El fuego se alimenta de tu miedo. Respira, Rose. Visualiza la calma de un lago bajo la luna. Somételo.
Apreté los dientes, obligando a mi mente a silenciar los gritos de alarma de mis nervios. Poco a poco, la llama se redujo hasta volver a ser una chispa inofensiva que finalmente se extinguió.
Estaba empapada en sudor, pero una chispa de triunfo brilló en mi pecho.
Tras varias horas de dominar pequeñas ráfagas de viento y mover el agua de una fuente cercana, Dagmar me hizo una señal para descansar. Nos sentamos en un banco de piedra tallada bajo un sauce llorón cuyas hojas parecían de plata.
—Lo haces bien —comentó, aunque su mirada seguía perdida en las montañas—. Más rápido de lo que esperaba. Tu memoria celular está despertando; tus manos recuerdan los gestos antes de que tu cerebro los procese.
—Es aterrador —admití, mirando mis palmas—. Siento que hay alguien más viviendo dentro de mí. Miles de "Roses" que saben hacer cosas que yo no entiendo. ¿Cómo puedes soportar recordar todo, Dagmar? Cada muerte, cada despedida...
Él guardó silencio, y por un momento, la máscara de invulnerabilidad cayó.