"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El desecho de los Ferrantes
El frío de la noche calaba hasta los huesos, pero no dolía tanto como el vacío en el estómago que Micaela sentía desde hacía días. Se ajustó el abrigo raído, una prenda de segunda mano que ya no cerraba sobre su vientre de apenas dos meses. Caminaba con cuidado, tratando de no resbalar en el suelo aceitoso del callejón que servía de entrada trasera al restaurante más lujoso de la ciudad.
Llevaba tres horas esperando a Julián. Sabía que él cenaba allí con sus socios, celebrando un nuevo contrato millonario. Ella solo necesitaba cinco minutos. Solo quería decirle que los mareos no eran una gripe y que el cansancio no era solo por limpiar pisos doce horas al día.
Cuando la pesada puerta de roble se abrió, el brillo de las luces doradas y el olor a comida cara la golpearon como una bofetada. Julián salió riendo, ajustándose el saco de seda gris que costaba más de lo que ella ganaría en toda su vida.
—¡Julián! —gritó Micaela, corriendo hacia él con las últimas fuerzas que le quedaban.
Él se detuvo en seco. Su sonrisa desapareció al instante, reemplazada por una mueca de asco profundo. Miró de reojo a sus amigos, que empezaron a cuchichear, y luego tomó a Micaela del brazo con una fuerza que le dejó una marca morada inmediata.
—¿Qué haces aquí, Micaela? Te dije que no me buscaras en mis lugares —le siseó al oído, arrastrándola con violencia hacia la sombra de los contenedores de basura, lejos de las miradas curiosas.
—Julián, por favor... me echaron del cuarto hoy porque no pude pagar la renta —ella sollozó, sacando un papel arrugado y manchado del bolsillo—. Y no es solo eso. Estoy embarazada. Es tuyo, Julián. Vamos a tener un hijo.
Julián soltó su brazo como si quemara. Miró el papel del laboratorio con una indiferencia criminal y, sin dudarlo, lo rompió en pedazos mínimos, lanzando los restos al charco de agua sucia que tenían a los pies.
—¿Un hijo? No me vengas con cuentos de sirvienta, Micaela —dijo él, con una frialdad que la dejó helada—. Tú solo fuiste un juego. Una distracción barata para las noches aburridas. ¿De verdad fuiste tan estúpida como para creer que un Ferrante iba a ponerle su apellido al hijo de una muerta de hambre como tú?
—Pero me dijiste que me querías... —susurró ella, sintiendo que el pecho se le desgarraba.
—Digo muchas cosas cuando quiero acostarme con alguien, deberías haberlo aprendido ya —Julián sacó su billetera de piel, extrajo un fajo de billetes y se los tiró a la cara. Los billetes golpearon sus mejillas y cayeron sobre el lodo—. Toma esto. Deshazte de ese problema y lárgate de la ciudad. Mañana anuncio mi compromiso con la hija del Ministro. Si vuelvo a ver tu cara de pobre cerca de mi familia, me encargaré de que termines en la cárcel y de que nadie te crea ni una palabra.
Él se dio la vuelta, subió a su auto deportivo y arrancó a toda velocidad, salpicándola de agua podrida. Micaela se quedó sola, de rodillas en la suciedad, recogiendo los billetes mojados para poder comer algo.
En ese momento, mientras el hambre le retorcía las entrañas, el amor que sentía por Julián murió. Lo que nació en su lugar fue una semilla de odio negro. Algún día, él sentiría el mismo desprecio que ella estaba sufriendo ahora.