Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Vida
Ella siempre fue de esas personas que estaban para todos.
Si alguien necesitaba ayuda con una tarea, ahí estaba ella.
Si su familia requería apoyo, ella era la primera en levantarse.
Si su novio tenía un mal día, ella dejaba todo para escucharlo.
Pero cuando se trataba de ella… siempre había algo más importante.
Al principio fueron cosas pequeñas: un cansancio que no se iba con el descanso, dolores de cabeza frecuentes, ese malestar en el pecho que aparecía sin razón.
—Debe ser estrés —se decía—. Ya pasará.
Y seguía.
Un día, mientras caminaban juntos, se atrevió a mencionarlo..
—Últimamente me siento rara… como si algo no estuviera bien.. tengo un poco de dolor..
Él apenas la miró, con la voz congestionada..
—Yo me siento peor… este resfriado me tiene fatal.
Ella guardó silencio. Sonrió un poco, como restándole importancia.
—Sí… debe ser eso, el clima —respondió, aunque en el fondo sabía que no era lo mismo.
Después de eso, no volvió a decir nada.
En vez de ir al médico, pasaba por la farmacia.
Compraba pastillas para el dolor, vitaminas, cualquier cosa que le permitiera seguir funcionando.
Porque detenerse… significaba incomodar a otros, preocuparlos, quitarles tiempo.
Y ella nunca quiso ser una carga.
Los meses pasaron así.
Un año entero de señales ignoradas, de su propio cuerpo pidiendo ayuda en silencio.
Hasta que un día, camino a la universidad, el mundo se volvió borroso.
El ruido se apagó.
Sus manos se sintieron frías.
Y antes de entender lo que ocurría… cayó.
Cuando despertó, el olor a hospital la envolvía.
Las luces eran demasiado blancas.
Las voces, demasiado suaves.
Y la mirada del médico… demasiado seria.
No hacía falta decirlo, pero aun así lo dijo.
—Llegaste tarde… ya no hay mucho que podamos hacer.
Fue en ese momento cuando entendió.
No era el estrés.
No era el clima.
No era algo pasajero.
Había sido su cuerpo gritándole durante un año… y ella nunca lo escuchó.
Miró alrededor.
No había nadie.
Ni su familia, ni sus amigos… ni siquiera él.
Solo ella.
Y el eco de todo lo que no se permitió sentir.
En sus últimos minutos, no pensó en los favores que hizo, ni en las veces que estuvo para otros.
Pensó en sí misma.
En todo lo que postergó.
En cada señal que ignoró.
En cada vez que eligió ser fuerte en lugar de ser honesta con su dolor.
Y con un hilo de voz, casi como un deseo que se escapaba del alma, susurró..
—Si hay otra vida… esta vez me elegiré a mí.
Y entonces, todo se volvió silencio.
Porque a veces nos enseñan.. o aprendemos.. que amar es darlo todo.
Que ser buenos significa estar siempre disponibles.
Que priorizarse es egoísmo.
Pero no lo es.
Cuidarse también es un acto de amor.
Escucharse, atenderse, ir al médico, hacerse chequeos… no es exagerar, no es molestar, no es perder el tiempo.
Es vivir.
Ojalá quien lea esto haga una pausa.
Piense en su cuerpo, en esas pequeñas señales que a veces ignoramos.
En ese “después voy”, “no es tan grave”, “seguro se pasa”.
Porque estar para otros es hermoso… pero estar para uno mismo es indispensable.
Y nadie debería darse cuenta de eso cuando ya es demasiado tarde.
Cuando creyó que había despertado… no lo hizo en una cama de hospital.
No hubo máquinas, ni luces blancas, ni ese silencio pesado de los pasillos clínicos.
Lo que vio… fueron imágenes.
Difusas al inicio, como recuerdos que no le pertenecían.
Colores cálidos, telas suaves, carruajes avanzando lentamente por caminos empedrados.
El aire parecía distinto… más lento, más denso, como si el tiempo mismo respirara de otra manera.
Y entonces la vio.
A sí misma… pero no era ella.
Era una joven de otra época.
Hermosa, con un vestido elegante que caía en capas delicadas, el cabello recogido con precisión, la mirada brillante… pero ingenua.
Vivía en una gran mansión, rodeada de jardines interminables.
Había libros, profesores, oportunidades.
Las imágenes mostrados secuencialmente la hicieron entender..
Esa joven había sido aceptada con una beca en una de las academias más prestigiosas de su tiempo.
Un lugar donde podía aprender, crecer, convertirse en alguien independiente.
Era un privilegio.
Un futuro.
Pero entonces… apareció él.
Un hombre encantador.
De sonrisa fácil, palabras dulces y promesas que parecían eternas.
La joven.. ella.. se enamoró.
Y como si fuera inevitable, comenzó a soltarlo todo.
—¿Para qué estudiar tanto? Si vamos a estar juntos, eso es lo que importa.
Rechazó la academia.
Ignoró a quienes intentaron hacerla entrar en razón.
Porque en su mundo, en ese momento… el amor lo era todo.
Las imágenes avanzaron.
Una boda hermosa.
Vestido blanco, flores, aplausos.
Una promesa de “para siempre” que se sintió real.
Luego… un hogar.
Risas.
Niños corriendo por los pasillos.
Pequeñas manos aferrándose a su vestido.
Por un tiempo… fue feliz.
Pero las escenas comenzaron a cambiar.
Sutilmente al principio.
Él llegaba más tarde.
La miraba menos.
Las conversaciones se volvían cortas, frías.
El amor que antes llenaba cada rincón… comenzó a desaparecer.
Y ella… no sabía qué hacer.
Porque había apostado todo a eso.
Las imágenes se volvieron más duras.
Discusiones.
Silencios largos.
Puertas que se cerraban.
Hasta que un día… él simplemente dejó de estar.
Sin explicaciones suficientes.
Sin promesas que se cumplieran.
Solo ausencia.
La joven quedó sola.
Con hijos que dependían de ella… pero sin herramientas, sin estudios, sin experiencia.
Sin red.
Intentó buscar trabajo… pero no sabía cómo.
Intentó sostener su hogar… pero ya no había hogar que sostener.
La mansión ya no era suya.
Los vestidos elegantes se convirtieron en recuerdos.
Y la vida… en una lucha constante.
Las imágenes finales fueron las más dolorosas.
Ella sentada junto a una ventana, mirando un mundo al que ya no pertenecía.
Cansada.
Arrepentida.
Vacía.
Y entonces… la protagonista.. la que observaba todo.. sintió ese pensamiento como si fuera propio, como si atravesara el tiempo y se clavara en su alma..
—Qué tonta fui…
Tonta por renunciar a sí misma.
Por cambiar su futuro por alguien que no supo quedarse.
Por creer que amar significaba desaparecer.
Las imágenes comenzaron a desvanecerse lentamente.
Pero esta vez… no hubo confusión.
Porque ahora entendía.
Dos vidas distintas.
Dos errores distintos… pero la misma raíz.
En una, no se priorizó y perdió su salud.
En otra, no se priorizó y perdió su futuro.
Y en ambas… terminó sola.
El silencio que quedó no era vacío.
Era revelador.
Porque por primera vez, no sintió solo tristeza.
Sintió claridad.
Si esta era otra oportunidad… no iba a repetirlo.
No iba a dejarse al final de la lista.
No iba a construir su vida alrededor de alguien más.
Esta vez… si volvía a abrir los ojos de verdad…
No sería la chica que se sacrifica.
Ni la mujer que se abandona por amor.
Sería alguien que se elige.
Y esa vez… no lo pensó como un deseo.
Lo sintió como una promesa.