Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
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Capítulo 15
— Basta.
Me desperté antes del sol.
No fue un despertar común. No fue miedo, ni pesadilla. Fue esa sensación incómoda de estar siendo observada… por dentro. Mi cuerpo estaba cansado, dolorido, pero mi mente estaba extrañamente clara. Demasiado silenciosa.
Me quedé acostada, mirando el techo de mi habitación, oyendo la respiración tranquila de mis padres en el cuarto de al lado. Por primera vez desde todo lo que pasó, no quise llorar.
Y fue ahí que ella me habló.
Basta, Luara.
La voz no vino suave. No fue un susurro gentil. Fue firme. Antigua. Cortante como piedra siendo rajada.
Cerré los ojos.
— No empieces… — murmuré. — Hoy no.
Hoy es exactamente el día, respondió ella.
Sentí su peso dentro de mí. Ártemis no era más aquella presencia distante, casi instintiva. Ella estaba despierta. Entera. Y no tenía paciencia.
Basta de ser débil.
Basta de llorar.
Basta de esconderse.
Mi pecho se apretó.
— ¿Crees que yo elegí esto? — repliqué, sentándome en la cama. — ¿Crees que me gustó ser humillada? ¿De ser odiada?
Ella se rió.
No una risa bonita. Una risa antigua, cargada de desdén.
¿Aún crees que se trata de gustar?
Me levanté, caminando de un lado para otro del cuarto.
— Yo solo quería paz.
Paz no es para cobardes, dijo ella sin piedad. Paz es conquistada. Y pasaste la vida entera doblegándote.
Basta.
— No me hables así.
Hablo como nadie más tiene coraje.
El aire pareció pesar. Sentí mi espina dorsal erizarse, mis sentidos agudizarse.
No sabes la fuerza que nosotras tenemos, continuó Ártemis. No sabes lo que nuestra raza representa.
Tragué saliva.
— Hablas como si hubieras vivido todo esto antes.
Porque viví.
La presencia de ella se expandió, y por un instante… yo vi. No con los ojos, sino con algo más profundo. Bosques antiguos. Sangre en la tierra. Lobos enormes corriendo bajo lunas que no existen más.
Soy de siglos pasados, dijo ella. Soy de la raza original.
Mi corazón se aceleró.
— ¿Original… cómo?
Antes de las manadas modernas. Antes de los alfas corrompidos por el ego.
Antes de Kael.
El nombre de él vino como un pinchazo.
— Entonces ¿por qué yo? — mi voz falló. — ¿Por qué me eligieron?
Porque soportaste.
Silencio.
Porque ellos te quebraron… y no moriste.
Me senté en el borde de la cama. Mis manos temblaban.
— Estoy cansada, Ártemis. Cansada de ser la broma. La gordita lenta. La equivocada.
Ella se acercó dentro de mí como una loba que se acuesta al lado de la otra.
Entonces basta.
Levanté el rostro.
— ¿Basta?
Basta de huir.
Basta de bajar la cabeza.
Basta de aceptar migajas.
Mi corazón comenzó a latir más fuerte. Algo cambiaba. No era rabia pura. Era decisión.
— Ellos me humillaron — susurré. — Kael me humilló. Lisa intentó matarme.
¿Y aún piensas en ser gentil?
Cerré los puños.
— No.
Las palabras salieron antes de que pudiera tener miedo.
— Basta. No voy a ser más la tonta de la corte. No voy a ser más la niña que ellos pisan.
Ártemis quedó atenta.
— Voy a rechazarlo — dije. — Ante todos.
El silencio fue absoluto.
— Voy a humillarlo. Voy a arrancarle aquello que él cree que es derecho. Ellos me humillaron… ahora es mi turno.
Sentí algo diferente viniendo de ella.
Orgullo.
Eso, dijo Ártemis, satisfecha. Eso, muchacha.
Una sonrisa lenta surgió en mi rostro. No era bonita. Era peligrosa.
— No seré más débil.
Nunca lo fuiste, corrigió ella. Solo estabas adormecida.
Respiré hondo.
— Ártemis… tengo miedo.
Lo sé.
— Rechazar a un compañero puede matar — mi voz bajó. — Puede matarme.
Ella no mintió.
El dolor será grande.
Mi estómago se revolvió.
Vas a sentir como si el pecho fuera rasgado por dentro. Como si arrancaran algo vivo de ti.
Pero aguantaste todo hasta aquí.
Recordé el ático. Del hambre. De la sed. Del odio en los ojos de Lisa.
— Aguanté.
Entonces vas a aguantar esto también.
Sentí la presencia de ella afirmarse, como raíces profundas.
Yo estaré contigo.
Lucharé contigo.
Lucharé por ti.
Una certeza absoluta me invadió.
— Nosotras somos una.
Siempre fuimos.
Me levanté de la cama decidida.
El próximo evento ya estaba marcado. El momento en que la Luna hablaría a la manada al lado del Alfa. Todos estarían allí. Todos.
— Va a ser allí — murmuré. — Delante de todos.
Donde la verdad duele más, completó Ártemis.
Caminé hasta el espejo. Por primera vez, no vi apenas la niña quebrada. Vi algo por detrás de mis ojos. Algo antiguo. Salvaje.
— Ellos no tienen idea — hablé.
Ártemis sonrió dentro de mí.
Nunca la tendrán.
Y, por primera vez…
no lloré.