Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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BUSCANDO RESPUESTAS
La luz del atardecer comenzaba a desvanecerse cuando Alejandro regresó a la granja. La tarde había sido larga y agotadora, llena de incertidumbres y revelaciones inquietantes. Había pasado horas buscando información sobre los amigos de Sara, aquellos nombres que la niña había mencionado en su angustiante relato: Diego, Víctor, y hasta las De Jesica. Con cada clic del teclado, sentía que la presión aumentaba. Finalmente, encontró los archivos que había estado buscando. La pantalla iluminó su rostro mientras leía sobre ellos, su corazón se aceleraba al descubrir que Víctor se había mudado a Canadá y Diego a París. "¿Qué significa esto?", se preguntó, sintiéndose más perdido que antes.
Alejandro intentó contactarse con ambos, pero sus esfuerzos resultaron en un eco vacío. Nadie respondió. La frustración se apoderó de él; no solo había perdido el rastro de sus amigos, sino que también sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos. "Esto no puede ser todo", murmuró, sintiendo cómo la desesperación comenzaba a nublar su mente. Sin embargo, no se rindió. Contactó a un amigo en el extranjero, un investigador privado que podría ayudarle a rastrear a Víctor y Diego. "Necesito que me encuentres", le había dicho, su voz tensa. "Es urgente."
Con el corazón pesado, Alejandro condujo de regreso a la granja, la carretera serpenteando ante él como un camino de sombras. La atmósfera se tornaba cada vez más inquietante, y a medida que el sol se ocultaba detrás de las montañas, un escalofrío recorrió su espalda. "¿Qué le está pasando a Sara?", pensó, recordando su enfado y la tristeza que había visto en sus ojos. La imagen de su esposa, frágil y llena de dudas, lo perseguía. La granja se alzaba en la distancia, oscura y silenciosa, como un guardián de secretos que aún no había revelado.
Al llegar, el aire estaba impregnado de un aroma a tierra húmeda y hierbas, un recordatorio de que la naturaleza seguía su curso a pesar del caos humano. La puerta chirrió al abrirse, y el interior de la casa se sintió frío y vacío, como si la vida se hubiera desvanecido. "Sara", llamó, su voz resonando en las paredes vacías. No hubo respuesta. Se dirigió a la cocina, donde encontró a Julieta limpiando los platos. Su mirada se cruzó con la de Alejandro, y en su expresión vio la preocupación. "No ha estado bien", dijo Julieta en voz baja, limpiándose las manos en un trapo. "La he escuchado hablar en sus sueños."
La revelación hizo que el estómago de Alejandro se retorciera. "¿Hablar en sus sueños? ¿De qué está hablando?", preguntó, su voz tensa. Julieta asintió, sus ojos oscuros reflejando la tristeza. "Dice que escucha a una niña llamándola. La niña que se ahogó. Mariana." Alejandro sintió un nudo en la garganta. La conexión entre el pasado y el presente se hacía más palpable. "Voy a hablar con ella", dijo, decidido a encontrar respuestas.
Cuando finalmente encontró a Sara, ella estaba en el columpio del campo, balanceándose suavemente bajo la luz tenue de la luna. Su rostro estaba pálido, y su mirada perdida en la distancia. "Sara", susurró, acercándose con cautela. Ella giró la cabeza, y por un momento, sus ojos se encontraron. La tensión entre ellos era palpable. "No quiero hablar contigo", dijo ella, su voz temblando. "Te fuiste, Alejandro."
"Lo sé", respondió él, sintiendo el peso de su culpa. "Pero he vuelto. Prometo que nunca más te dejaré sola." El silencio se instaló entre ellos, y Alejandro sintió que cada palabra contaba. "He estado buscando a tus amigos. Quiero entender lo que está pasando", continuó, tratando de romper la barrera que los separaba. Sara lo miró con desconfianza, pero había algo en su expresión que indicaba que aún había esperanza.
"¿Y qué has encontrado?", preguntó ella, la curiosidad asomándose a través de su enfado. "Nada que me dé respuestas", admitió Alejandro, sintiendo cómo la angustia se apoderaba de él. "Pero he contactado a alguien que puede ayudarme a encontrar a Víctor y Diego. Ellos podrían saber algo." Sara lo miró fijamente, y por un momento, Alejandro vio la chispa de la niña que ella solía ser. "No sé si quiero saber más", confesó ella, su voz apenas un susurro. "A veces, creo que Mariana me llama en mis sueños."
La mención del nombre hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Alejandro. "¿Qué quieres decir con eso?", preguntó, su corazón latiendo con fuerza. "Cada noche, sueño que camino hacia ella", dijo Sara, sus ojos llenos de lágrimas. "Aunque no puedo caminar en la vida real, en mis sueños sigo avanzando, cada vez más lejos de la casa. Y su voz me llama." Alejandro sintió que el aire se volvía denso, como si la atmósfera misma estuviera cargada de una presencia oscura.
"No puedes dejar que eso te consuma", le dijo, acercándose y tomando su mano. "Estamos juntos en esto. No importa lo que pase, siempre estaré a tu lado." Sara lo miró, y en sus ojos vio la lucha interna que enfrentaba. "No sé si puedo seguir así, Alejandro", confesó, su voz quebrándose. "A veces siento que Mariana no es solo un sueño. Es real." Alejandro sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. "No, no puede ser", murmuró, pero en su interior, una parte de él comenzaba a dudar.
La noche se cernía sobre ellos, y el viento susurraba secretos en la oscuridad. Alejandro sabía que había mucho más por descubrir. "Vamos a enfrentarlo juntos", dijo, decidido. "Te prometo que no te dejaré sola." La promesa resonó en el aire, y por un instante, la tensión entre ellos se disipó. En medio de la oscuridad, había una chispa de esperanza, un lazo que los unía en su lucha contra lo desconocido.