Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capitulo 5:Aquello que florece en silencio
El norte no era un lugar al que Kael Frostgrave soliera permitirle a su corazón descansar.
Había aprendido a gobernar con firmeza, a decidir con la cabeza fría, a desconfiar de todo lo que pudiera parecer demasiado bello para ser real. Sin embargo, desde que cruzó las fronteras del ducado Aster, algo en él comenzaba a resquebrajarse lentamente… no como una herida, sino como el hielo cuando anuncia la llegada de la primavera.
Y el origen de ese cambio tenía nombre.
Lioren Aster.
No fue inmediato. Kael no se lanzó a imponer su presencia ni a reclamar atención. Observó. Escuchó. Esperó. Tal como había aprendido a hacer en la guerra, pero esta vez con un propósito distinto: comprender.
Descubrió que Lioren pasaba largas horas en la biblioteca, rodeado de libros de arquitectura, historia y poesía. No leía por obligación ni por estatus; leía como quien busca respuestas que no sabe formular en voz alta. A veces, Kael se detenía en silencio a observarlo desde una distancia respetuosa: el omega sentado junto a una ventana, la luz cayendo sobre su cabello claro, el ceño levemente fruncido mientras subrayaba ideas o hacía pequeños bocetos en los márgenes.
—¿Te gusta leer tanto? —le preguntó una tarde, rompiendo suavemente el silencio.
Lioren levantó la vista, sobresaltado apenas.
—S-sí… —respondió—. Me hace sentir acompañado. Como si las voces de otros… me hicieran menos solo.
Kael asintió.
No lo juzgó.
No lo corrigió.
No lo apuró.
Solo se sentó frente a él, tomó un libro y comenzó a leer también.
Ese fue el inicio.
Poco a poco, Kael conoció al omega más allá del arte y la timidez.
Vio cómo Lioren se detenía cada vez que encontraba niños en los patios del castillo o en las calles del ducado. Cómo se agachaba para quedar a su altura, cómo les hablaba con dulzura, cómo escuchaba sus historias con una atención genuina que pocos adultos ofrecían.
—¿Volverás mañana? —le preguntó una niña, aferrándose a su capa.
—Si puedo, sí —respondió Lioren con una sonrisa suave—. Y si no… pensaré en ti para no olvidarte.
Kael observó la escena desde lejos, sintiendo algo desconocido apretarle el pecho.
No era solo ternura.
Era respeto.
—Nunca has tenido hijos, ¿verdad? —le preguntó Kael más tarde, mientras caminaban por los jardines.
Lioren negó, bajando la mirada.
—Nunca he tenido… a nadie —confesó—. Nunca me enamoré. Nunca sentí que alguien me eligiera de verdad.
Kael se detuvo.
—Eso no es una falla —dijo con voz grave, segura—. Es una historia que aún no comienza.
Lioren lo miró, sorprendido.
Y por primera vez… creyó que tal vez era cierto.
El ducado Aster también hablaba de él.
Las mejoras ya no eran promesas, sino realidades visibles: viviendas reforzadas contra el frío, calles mejor trazadas, nuevas luminarias que iluminaban los caminos al anochecer, refugios comunitarios para el invierno. Todo pensado con cuidado, con humanidad.
Kael recorrió uno de los barrios recientemente construidos junto a Eiden.
—Tu hijo tiene una mente excepcional —admitió—. Pero más que eso… tiene compasión.
Eiden sonrió, orgulloso.
—Siempre la tuvo —respondió—. Incluso antes de perder la memoria. Pero ahora… es como si entendiera el dolor de otros con más profundidad.
Kael guardó silencio.
Entendía demasiado bien lo que significaba vivir con cicatrices invisibles.
No todo era calma.
Un día, durante una reunión con administradores locales, Lioren alzó la voz.
—No es justo —dijo, tembloroso pero firme—. No podemos exigir más impuestos a quienes apenas sobreviven al invierno. Hay otras soluciones.
Algunos alfas se incomodaron. Otros fruncieron el ceño.
Kael observó atento.
—¿Y cuáles propones? —preguntó uno de ellos con desdén.
Lioren respiró hondo y desplegó sus planos.
—Redistribución de recursos, mejoras en el almacenamiento, trabajo comunitario remunerado. Si el ducado crece… debe crecer para todos.
El silencio que siguió fue denso.
Kael fue el primero en asentir.
—Eso es liderazgo —declaró—. No imponer. Proteger.
La mirada de Lioren se llenó de una emoción silenciosa.
Por primera vez, alguien con poder real lo respaldaba sin condiciones.
Sus padres observaban todo con el corazón pleno.
—Nuestro pequeño omega… —murmuró Eiden una noche—. Nunca imaginé verlo tan seguro.
—Ni tan querido —respondió su alfa, apoyando una mano sobre la de él.
No hablaban solo del ducado.
Hablaban de Kael.
Lo veían acercarse con paciencia, sin invadir, sin reclamar. Lo veían escuchar a Lioren como si cada palabra fuera importante. Y eso… eso no pasaba desapercibido.
Una tarde, Kael acompañó a Lioren a una zona humilde del ducado. Allí, el omega entregaba mantas, hablaba con ancianos, ayudaba a reparar una puerta rota. No llevaba insignias ni escolta visible.
—No tienes por qué hacer esto tú mismo —dijo Kael.
Lioren sonrió.
—Sí tengo. Porque quiero entender para quién construyo.
Kael lo miró largo rato.
—Eres… peligroso —dijo al fin.
Lioren parpadeó, confundido.
—¿Peligroso?
—Sí —Kael sonrió apenas—. Porque haces que la gente quiera seguirte. Y a mí… me haces querer quedarme.
El omega enrojeció hasta las orejas.
—Kael… yo…
—No te pido nada —interrumpió con suavidad—. Solo tiempo. Para conocerte. Para que, si algún día decides amar… sea porque así lo deseas. No por deber.
Lioren tragó saliva.
Nunca nadie le había dado una elección tan clara.
—Me gustaría… aprender —dijo finalmente—. Poco a poco.
Kael inclinó la cabeza, respetuoso.
—Eso es más de lo que jamás esperé.
Mientras el sol descendía y las nuevas luminarias se encendían una a una, iluminando las calles del ducado, Kael comprendió algo esencial:
Lioren no era solo un omega dulce.
Era un corazón que había aprendido a florecer en silencio.
Y si el destino le concedía la oportunidad…
él estaba dispuesto a proteger ese florecimiento, incluso si eso significaba arriesgarlo todo.