Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Academia 1
El carruaje de los Valmont cruzó las enormes puertas de hierro forjado de la Academia Imperial poco antes del mediodía.
El edificio principal se alzaba imponente, construido en piedra blanca, con torres delgadas y banderas ondeando al viento. Estatuas de antiguos héroes imperiales custodiaban la entrada, como si evaluaran silenciosamente a cada nuevo estudiante.
Constance descendió primero.
Su cabello azul oscuro capturó la luz y varios estudiantes giraron la cabeza al verla. No por ella… sino por el color que identificaba a una familia influyente.
Cole bajó después, impecable como siempre.
Durante el trayecto apenas le había hablado. Y ahora, frente a la escalinata principal, terminó de marcar distancia.
—No camines conmigo.. Tengo asuntos que atender.
Constance sostuvo su pequeña maleta sin inmutarse.
—Entendido.
Cole dio unos pasos, pero se detuvo un instante.
—Solo búscame si es algo de vida o muerte. No pienso resolver trivialidades.
No había crueldad en su tono. Solo frialdad práctica.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—No te molestaré.
Y no mentía.
No necesitaba su protección.
Cole se alejó entre grupos de estudiantes que lo saludaban con entusiasmo. En segundos estaba rodeado. Sonrisas. Apretón de manos. Invitaciones.
Constance quedó sola en la base de las escaleras.
Perfecto.
Subió con paso firme.
La primera parada fue el edificio administrativo. Allí se exhibían los programas académicos separados por áreas… y por género.
Constance los revisó con calma.
Le recomendaron de inmediato..
Bordado avanzado
Historia de la moda imperial
Administración del hogar noble
Protocolo diplomático
Música de salón
Sus dedos se detuvieron sobre el papel.
Respiró hondo.
No había desprecio en su mirada, pero sí decisión.
Siguió buscando.
Entre las asignaturas generales encontró otras opciones.. Comercio estratégico. Equitación avanzada. Fundamentos de combate y táctica.
Sabía que oficialmente no estaban “destinadas” a mujeres, pero tampoco estaba explícitamente prohibido solicitar ingreso.
Tomó tres formularios.
Si iba a vivir en este mundo, lo haría bajo sus propias reglas.
La prueba de Comercio fue la primera.
El aula estaba llena de jóvenes nobles. Cuando Constance entró, varias miradas curiosas la recorrieron.
—¿Valmont? —susurró alguien.
Se sentó sin reaccionar.
El examen consistía en analizar una simulación comercial.. rutas de intercambio, costos, riesgos políticos y fluctuaciones de mercado..
Mientras otros fruncían el ceño ante los números, algo en ella se encendió.
En su vida anterior había aprendido a analizar oponentes, patrones, probabilidades. El comercio no era tan distinto del combate.. anticipar movimientos, calcular riesgos, explotar debilidades.
Terminó antes que la mayoría.
Cuando el profesor anunció los resultados esa misma tarde, hubo murmullos.
—Segundo lugar —leyó—. Constance Valmont.
Silencio.
Luego sorpresa evidente.
Algunos estudiantes la miraron con abierta incredulidad.
Desde el fondo del aula, Cole la observó.
No sonrió.
No la felicitó.
Pero sus ojos grises mostraron algo nuevo.. evaluación.
Como si la estuviera viendo por primera vez.
Constance sostuvo su mirada solo un segundo y luego volvió al frente.
No necesitaba aprobación.
La prueba de Equitación fue dos días después.
El olor a heno y cuero llenaba los establos. Los caballos relinchaban inquietos.
Ella no había montado en esta vida… pero sí en la anterior. Como parte del entrenamiento físico integral, había practicado equitación deportiva.
La memoria corporal no era perfecta en este nuevo cuerpo, pero algo permanecía.
Subió al caballo con movimientos cuidadosos.
No destacó.
Tampoco falló.
Mantuvo el equilibrio, controló el trote, ejecutó los giros básicos con disciplina.
Al finalizar, el instructor asintió.
—Rendimiento aceptable. Puede ingresar al curso.
Eso era suficiente.
No necesitaba ser la mejor… aún.
El verdadero obstáculo llegó con la solicitud de Combate.
El aula de tácticas estaba casi vacía cuando entregó el formulario.
El profesor, un hombre de mediana edad con cicatrices visibles en el cuello, lo leyó una vez.
Luego otra.
Levantó la vista.
—¿Es una broma?
—No, señor —respondió Constance con serenidad.
Él apoyó el documento sobre la mesa.
—Esta clase no es un juego. Hay riesgo real de lesiones.
—Lo entiendo.
—Además.. no es una clase habitual para señoritas.
Ahí estaba.
Constance sintió una punzada de irritación.
No por el rechazo.
Sino por la condescendencia.
—Con respeto, profesor.. solicito al menos realizar la prueba de ingreso.
Él negó con la cabeza.
—No tiene experiencia previa registrada.
Cierto.
La antigua Constance no la tenía.
Pero ella sí.
Apretó levemente los dedos.
—Déme una oportunidad.
El profesor frunció el ceño.
—No.
El rechazo fue inmediato.
Algo en su interior.. esa parte que se negaba a rendirse en el tatami, esa que se levantaba después de cada caída.. se activó.
—¿Teme que no esté a la altura… o teme que sí lo esté? —preguntó sin elevar la voz.
El silencio se tensó.
Los ojos del profesor se endurecieron.
—Cuidado con su tono, señorita Valmont.
—No busco faltar el respeto.. Solo quiero intentarlo.
Él la estudió.
El desafío en sus ojos no era arrogancia.
Era convicción.
Y, claramente, persistencia.
El profesor suspiró con visible fastidio.
[si no le doy una fecha, no me dejará en paz.]
—Muy bien.. En una semana. Preséntese en el campo de entrenamiento al amanecer. Si supera la evaluación básica, consideraré su ingreso.
Constance inclinó la cabeza.
—Gracias.
Cuando salió del aula, el pulso le latía con fuerza.
No era una victoria completa.
Pero era una grieta en el muro.
En el fondo, sentía la vieja emoción previa a un combate.
En una semana.
Siete días para preparar este nuevo cuerpo.
Para recordar quién era.
Para demostrar que no importaba el género, el apellido o las expectativas.
Si querían medirla…
Tendrían que enfrentarse a ella.