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Aunque Me Odies, Te Amo

Aunque Me Odies, Te Amo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor de la infancia / Amor-odio
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Sherin VR

Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.

NovelToon tiene autorización de Sherin VR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 — Cuando el pasado dice tu nombre

La semana pasó más rápido de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Entre horarios nuevos, edificios por ubicar y nombres por memorizar, el campus encontró su ritmo. Las clases comenzaron oficialmente y el bullicio inicial se transformó en rutina.

Esa mañana, todos los estudiantes estaban reunidos en el auditorio principal para la apertura formal del año académico.

El lugar estaba lleno.

Expectativas.

Sueños.

Ambiciones.

El director subió al escenario entre aplausos medidos.

—Este año marcará el inicio de sus carreras profesionales —dijo con voz firme—. Aquí no solo aprenderán teoría. Aprenderán disciplina, carácter y compromiso.

Gael estaba sentado en la primera fila.

Espalda recta.

Piernas firmemente plantadas.

Mirada al frente.

No tomaba apuntes.

No susurraba.

No reaccionaba.

Escuchaba con esa atención fría que no revela si algo le importa o no.

Un par de filas más atrás, casi llegando a la penúltima, estaba Emma.

Sentada junto a Diana.

No miraba al director con la misma intensidad.

Su mirada recorría el auditorio, observando rostros, energías, movimientos.

No había notado a Gael.

Aún no.

—Recuerden —continuó el director—, el éxito no es un regalo. Es consecuencia del esfuerzo.

Los aplausos llenaron el espacio cuando terminó el discurso.

El movimiento comenzó.

Sillas arrastrándose.

Carpetas cerrándose.

Estudiantes saliendo por distintas puertas según sus áreas asignadas.

Gael se levantó sin prisa.

Caminó hacia la salida lateral destinada a Administración.

Emma se levantó también.

—Primera clase oficial —dijo Diana con una sonrisa nerviosa.

—Diseño profesional de interiores —respondió Emma—. Suena importante.

—Porque lo es.

Caminaron juntas hacia el edificio correspondiente.

La clase pasó entre presentaciones, materiales, conceptos básicos y primeras indicaciones. Emma tomó apuntes con concentración genuina.

Se sentía bien.

Se sentía donde debía estar.

Cuando terminaron, Diana estiró los brazos.

—Vamos a buscar a Tiago. Dijo que estaría en el área de medicina.

—Sí, acordamos encontrarnos ahí.

Salieron del edificio riendo suavemente por un comentario del profesor.

El campus estaba iluminado por una luz suave de media tarde. El viento movía hojas sueltas por el sendero.

Y entonces…

Ocurrió.

No fue planeado.

No fue anticipado.

Fue simplemente inevitable.

Emma dobló por uno de los pasillos centrales al mismo tiempo que Gael cruzaba desde el lado contrario.

Y chocaron.

No con violencia.

Pero sí lo suficiente para detener el tiempo.

Los libros de Emma se movieron ligeramente entre sus brazos.

Ella levantó la mirada.

Y el universo pareció contener la respiración.

Gael.

Más alto.

Más serio.

Más distante.

Pero era él.

Sus ojos se abrieron apenas.

Sorpresa.

Real.

Cruda.

Sin máscara.

Por una fracción de segundo, la frialdad desapareció.

Emma sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Habían pasado años.

Años desde el pueblo.

Desde las tardes bajo el sol.

Desde las promesas infantiles que parecían eternas.

Pero ahí estaba.

Frente a ella.

Real.

Cerca.

Demasiado cerca.

Gael fue el primero en recomponerse.

Su expresión cambió.

Se cerró.

Se endureció.

Como si una muralla invisible hubiera sido levantada de golpe.

Sin decir nada, se movió hacia un lado para seguir su camino.

Emma se quedó inmóvil.

El corazón golpeándole el pecho.

—Gael… —susurró primero.

Él dio un paso más.

—Gael.

Esta vez más claro.

Más firme.

El sonido de su nombre pronunciado por esa voz…

Lo detuvo.

Su cuerpo quedó quieto.

No giró de inmediato.

Emma tragó saliva.

Había tantas cosas que quería decir.

Pero solo repitió:

—Gael.

Él se giró lentamente.

La miró.

Pero no como antes.

No con calidez.

No con reconocimiento.

Sus ojos eran fríos.

Distantes.

Casi desconocidos.

—No tienes derecho a pronunciar mi nombre —dijo.

La frase cayó pesada.

Sin gritos.

Sin dramatismo.

Pero afilada.

Directa.

Emma sintió que algo dentro de ella se rompía en silencio.

—¿Qué…? —apenas pudo articular.

Pero Gael ya se había dado la vuelta.

Y se fue.

Sin mirar atrás.

Sin titubear.

Sin dejar espacio.

Emma quedó ahí.

Inmóvil.

El ruido del campus volvió lentamente a sus oídos.

Como si el mundo hubiera estado en pausa.

—Emma… —la voz de Diana sonó lejos—. ¿Estás bien?

Pero Emma no respondió.

Porque su mente ya no estaba allí.

Estaba en otro lugar.

En otro tiempo.

Un pueblo pequeño.

Calles de tierra.

Risas infantiles.

Un árbol viejo que estaba en su antigua casa

Y dos letras talladas torpemente en la corteza.

E y G.

Con un corazón alrededor.

“Para que nunca se borre”, había dicho él entre risas.

“Ni aunque crezcamos”, había respondido ella.

El recuerdo fue tan vívido que casi pudo sentir la textura de la madera bajo sus dedos.

¿En qué momento se volvió esa mirada tan fría?

¿Qué había pasado en todos esos años?

¿Por qué hablaba como si ella fuera una extraña?

—Emma —la voz fue más urgente ahora.

Tiago.

Se acercaba apresurado desde el edificio de medicina.

Cuando no la vio llegar al punto acordado, decidió buscarla.

—¿Qué pasó? —preguntó, mirando de Emma a Diana.

Diana dudó un segundo.

—Nos cruzamos con… Gael Valverde.

Tiago entendió.

Demasiado rápido.

Miró el camino por donde él se había ido.

Luego volvió a Emma.

Ella finalmente parpadeó.

Como si regresara al presente.

—Está aquí —murmuró.

No era pregunta.

Era confirmación.

Tiago sostuvo su mirada.

Y en sus ojos leyó todo lo que ella no estaba diciendo.

El pasado no estaba muerto.

Había regresado.

Mientras tanto…

Desde una de las columnas cercanas al edificio central, alguien había observado toda la escena.

Celeste.

Su expresión ya no era serena.

Había visto el choque.

Había visto la sorpresa en los ojos de Gael.

Había visto cómo Emma pronunció su nombre.

Y cómo él se detuvo.

Eso no le gustó.

Nada.

Sus dedos se cerraron ligeramente alrededor de su bolso.

—Así que lo conoces… —murmuró para sí misma.

Y lo peor no era que lo conociera.

Lo peor era que ese momento no parecía casual.

Parecía historia.

Y Celeste no toleraba competir contra recuerdos.

El viento movió suavemente las hojas del campus.

Los estudiantes seguían caminando, ajenos al terremoto silencioso que acababa de ocurrir.

Pero algo había cambiado.

Gael había escuchado su nombre en la voz que más intentó olvidar.

Emma había descubierto que el niño que prometía eternidad ahora hablaba como un desconocido.

Y Celeste acababa de comprender que el juego…

no era tan simple como pensaba.

El pasado no había terminado.

Solo había esperado el momento correcto para regresar.

1
Milagros Guadalupe Selvan
muy buen libro espero con ansias lo demás
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