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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:543
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

NovelToon tiene autorización de Diana Fuego Guerra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

El gruñido aún resonaba en el aire cuando Elisabete sintió que el cuerpo se le paralizaba.

El olor del predador era demasiado fuerte. Salvaje. Añejo. Cada músculo de ella estaba tenso, rígido, preparándose para el impacto que vendría. El fin.

La muerte.

Y entonces, como si el tiempo se hubiera partido por la mitad, todo a su alrededor se silenció — y el pasado la engulló.

Tenía cinco años otra vez.

El suelo era suave bajo sus pies pequeños, cubierto por hojas secas que crujían a cada paso torpe. Elisabete corría detrás de una voz suave.

— Despacio, mi pequeña luna…

Era su madre.

Elisabete nunca había visto su rostro, pero sabía exactamente cuándo sonreía. El olor cambiaba. Se volvía cálido, dulce, seguro.

— Mamá, ¿la Luna es bonita?

Hubo una pausa.

— La Luna es todo aquello que sientes cuando estás segura.

Elisabete no comprendía, pero guardó esas palabras dentro del pecho como si fueran un tesoro.

Poco tiempo después, llegó el primer día en que entendió que era diferente.

Los otros niños la soltaron en el centro del claro y corrieron.

— ¡Corre, Elisabete! ¡Corre tras nosotros!

Ella corrió.

Cayó.

Rió.

Cayó de nuevo.

Hasta que una voz más dura cortó el aire:

— Ella no ve.

Silencio.

— Por eso anda de ese modo.

— Por eso se equivoca.

Aquel día, Elisabete aprendió que había un tipo de oscuridad que no estaba en los ojos.

Otro recuerdo se impuso.

Tenía ocho años y entrenaba sola, tropezando en la arena mientras los otros jóvenes lobos aprendían a luchar. Nadie creía que pudiera vencer siquiera una caída.

Fue la primera vez que el Alfa Kairos habló con ella.

— Depender de los sentidos equivocados te convertirá en una presa fácil.

— Entonces, ¿cuáles son los correctos? — preguntó ella.

Él no respondió.

Pero aquella noche, Elisabete comenzó a entrenar lo que él nunca enseñaría:

Oír más allá del sonido.

Sentir más allá del tacto.

Percibir más allá del miedo.

La infancia siguió en fragmentos rápidos.

El olor de la lluvia.

El sabor del pan caliente.

La risa de la madre debilitándose con los años.

El día en que la enterraron.

— Sé fuerte, pequeña Luna… incluso en la oscuridad…

La muerte de la madre fue el primer rechazo silencioso que Elisabete sufrió.

Después vino el de la manada.

El recuerdo saltó al día en que oyó, escondida detrás de una cabaña:

— Una Luna debería ser perfecta.

— Una Luna debería ver.

— Ella será un problema.

Elisabete aprendió entonces a sonreír en silencio.

A fingir que no oía.

A fingir que no dolía.

Y entonces vino el entrenamiento secreto, lejos de las miradas.

Noche tras noche, ella caminaba sola por el bosque, contando pasos, memorizando raíces, aprendiendo a caer y levantarse sin gritar. Aprendió a usar el bastón de madera como extensión del cuerpo. Aprendió a oír el aire antes de un ataque.

Elisabete no veía.

Pero sentía todo.

Y, por fin, vino el recuerdo que más dolía.

Aquel que ahora se mezclaba con el gruñido delante de ella.

Tenía dieciséis años.

Fue la primera vez que atravesó los límites del territorio sola.

El bosque más allá de la frontera tenía otro olor. Más frío. Más agresivo. El viento parecía cortar la piel.

Y entonces…

Pasos.

No como los de los lobos de su manada.

Pesados.

Firmes.

Mortales.

Ella intentó retroceder.

Cayó.

El enemigo la encontró aquel mismo día.

El Alfa Alisson.

En la época, aún no era llamado así. Aún no era el monstruo de las historias. Era apenas un joven Alfa, marcado por cicatrices y silencio.

Elisabete recordó el olor de él ahora, entre los recuerdos: hierro, humo y pino.

— No deberías estar aquí — dijo él aquel día.

Ella tembló.

— Yo… me perdí…

Él avanzó un paso.

Ella no retrocedió.

— Eres ciega.

No era pregunta.

Fue la primera vez que alguien se dio cuenta sin que ella necesitara explicar.

— Lo soy.

El silencio entre ellos duró una eternidad.

— Vuelve a casa.

Él la guio hasta la frontera.

Sin tocarla.

Sin herirla.

Sin piedad.

Sin crueldad.

Solo silencio.

Y ahora…

El pasado se disolvía.

La muerte volvía.

El presente regresaba brutal.

Elisabete jadeó.

El gruñido aún estaba allí.

Próximo.

Más grave.

Ella sintió el suelo vibrar cuando él se acercó.

— Levanta el rostro.

La exigencia era la misma de años atrás.

Elisabete alzó la barbilla, incluso sin poder ver.

— Sé quién eres — murmuró.

El silencio que vino después fue peligroso.

— Entonces sabes que podrías estar muerta ahora.

— Sí.

— Y aún así no huyes.

— No tengo adónde ir.

El viento se movió alrededor de ellos.

Ella sintió cuando él se agachó frente a ella. La energía de él era diferente de todo lo que ya había sentido. Densa. Salvaje. Contenida por pura fuerza de control.

— El Alfa que te rechazó no sabe lo que hizo — dijo Alisson. — Él tiró algo que no comprende.

— Yo soy apenas una Luna que no ve.

— Tú eres una Luna que sobrevive.

La frase cayó sobre ella como un golpe.

El silencio se rompió cuando él se irguió.

— Ven.

— ¿Adónde? — preguntó, con la voz trémula.

— A un lugar donde nadie podrá llamarte defecto.

Elisabete vaciló.

— El señor es el enemigo de él…

La risa que él soltó fue baja, peligrosa.

— Sí. Y ahora, también soy tu único refugio.

Ella sintió la mano de él rozar levemente su antebrazo. No era ruda. No era suave. Era firme. Real.

La muerte pasaba.

El pasado se callaba.

Y el destino… cambiaba de dirección.

Elisabete dio el primer paso para salir de aquello que la había roto.

Sin ver.

Pero, por primera vez, sintiendo que tal vez no estuviera más sola en la oscuridad.

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