Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Despertar de la Sangre
Ocupar un asiento en el Consejo de los Ancianos no era como ganar un juicio en la Corte Suprema; era como sentarse a la mesa con siete tiburones que habían olvidado el sabor de la piedad hace siglos. Rose se instaló en el ala oeste, ahora oficialmente denominada la "Oficina de la Protectora". No llevaba vestidos de seda, sino sus trajes de corte impecable, una armadura de tela que gritaba que ella seguía siendo la ley, incluso en un nido de monstruos.
Sin embargo, su mayor desafío no era Viktor ni las intrigas políticas. Era Bella.
Esa tarde, mientras Rose revisaba los estatutos de propiedad de la Estirpe para encontrar vacíos legales que le permitieran blindar el patrimonio de su hija, un estruendo proveniente del cuarto de juegos la hizo saltar. Corrió hacia allí, con el corazón en la garganta. Al abrir la puerta, se encontró con una escena que desafiaba la física: los juguetes de Bella, desde pesados bloques de madera hasta peluches, flotaban en un remolino lento alrededor de la niña.
Bella estaba en el centro, con sus ojos azules glaciales brillando con una intensidad eléctrica. No lloraba; parecía estar en un trance profundo.
—¿Bella? —susurró Rose, tratando de acercarse, pero una presión invisible, un muro de energía pura, la empujó hacia atrás.
—Mami, las cosas cantan —dijo la niña con una voz que no parecía la de una pequeña de cinco años, sino algo mucho más antiguo.
De repente, los objetos salieron disparados contra las paredes, rompiéndose en mil pedazos. El poder de Bella no era el de un vampiro común; era algo crudo, una mezcla de la voluntad de hierro de su madre y la oscuridad ancestral de su padre.
—¡Rose! —la voz de John retumbó en el pasillo. Él entró en la habitación y, al ver el desastre y la energía que emanaba de su hija, su rostro se contrajo en una mueca de asombro y preocupación—. Esto no debería estar pasando todavía. Es demasiado pronto.
John se acercó a Bella, pero incluso él, con su fuerza de Rey, tuvo que luchar contra el campo de fuerza que la niña había creado inconscientemente.
—Bella, mírame —ordenó John, proyectando su aura de mando.
La niña parpadeó y la energía se disipó de golpe, dejándola caer de rodillas por el agotamiento. John la atrapó en sus brazos antes de que tocara el suelo. Rose se acercó de inmediato, acariciando el cabello de su hija con manos temblorosas.
—¿Qué fue eso, John? —preguntó Rose, su rudeza flaqueando ante el miedo por su hija—. Ella no tiene solo tu fuerza. Esto es algo más.
—Es una manifestación espontánea de poder —respondió John, mirando a Rose con una seriedad que le heló la sangre—. Ella tiene la capacidad de manipular la materia, algo que solo los Primeros Nacidos podían hacer. Si el Consejo se entera de que su poder es incontrolable, dirán que es una amenaza para el Secreto. Dirán que debe ser... contenida.
Rose se puso de pie, recuperando su instinto de combate.
—Nadie va a contener a mi hija. Si el Consejo tiene un problema, yo soy su abogada y su Protectora. Que se atrevan a impugnar mi autoridad.
Mientras tanto, en las profundidades de un club nocturno que servía de base para los clanes de la mafia italiana —enemigos históricos de la Estirpe—, Viktor se reunía con hombres que portaban armas cargadas con balas de plata y luz ultravioleta.
—Blake se ha vuelto blando por una mujer humana y un engendro —dijo Viktor, su rostro aún reflejando la humillación del destierro de su hija—. El Consejo está dividido. Si golpeamos ahora, durante la Luna de Sangre, podemos derrocarlo. Yo les daré los códigos de seguridad de la mansión a cambio de que la abogada y la niña me sean entregadas.
Viktor sonrió, imaginando el final de Rose Smith. Sabía que John haría cualquier cosa por ellas, y esa era la debilidad que necesitaba. El golpe de estado no se daría en el Consejo, sino con fuego y plomo en el corazón del hogar de Blake.
Rose, ajena a la conspiración inminente, miró a John a los ojos.
—John, tenemos que enseñarle a Bella a controlar esto. Y tenemos que hacerlo antes de que Viktor encuentre una forma de usarlo en nuestra contra.
John asintió, pero su mente estaba en otra parte. Sabía que la tregua con Rose era frágil y que, a pesar de su cargo, ella seguía planeando cómo escapar de nuevo si las cosas se ponían feas. Pero lo que él no sabía era que Rose ya no estaba planeando huir; estaba planeando cómo convertirse en la mujer más poderosa de la Estirpe para asegurarse de que nadie, ni siquiera él, pudiera volver a decidir por ella o por su hija.