Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Identidades
Las semanas siguientes se deslizaron con una rapidez casi inquietante.
La rutina de Constance se volvió tan precisa como un mecanismo de relojería.
Antes del amanecer.. cuando el cielo aún estaba teñido de azul grisáceo.. era la figura enmascarada que cruzaba el campo húmedo.
Horas después, cuando el sol iluminaba las torres de la academia, era la impecable señorita de vestido elegante sentada en primera fila de Comercio.
Dos identidades.
Un mismo propósito.
El profesor de las cicatrices tenía nombre.
Profesor Davies.
Y su ayudante, más joven pero igual de observador, era el Profesor Evans.
Davies era directo, exigente, casi brutal en su método.
Evans era meticuloso, analítico, con mirada afilada y silenciosa.
Ambos empezaron a notar algo peculiar.
Una mañana, durante combate práctico, el “enmascarado” ejecutó una combinación impecable.. desvío, golpe al abdomen, barrida y control en el suelo.
—Otra vez —ordenó Davies sin expresión.
Constance repitió.
Más rápido.
Más preciso.
Evans, desde el borde del campo, murmuró..
—Su centro de equilibrio mejoró desde la semana pasada.
—No lo suficiente —respondió Davies.
Pero sus ojos mostraban interés genuino.
Horas después, en el aula de Comercio, Evans.. que también supervisaba módulos estratégicos avanzados.. se detuvo al revisar los resultados de un ejercicio complejo de simulación mercantil.
—Primera posición… Constance Valmont.
Levantó la vista.
Ahí estaba.
Cabello azul oscuro suelto sobre un vestido azul marino de corte refinado. Espalda recta. Expresión serena.
Nadie habría imaginado que esa joven había estado rodando sobre tierra húmeda antes del amanecer.
Evans intercambió una mirada breve con Davies, que había entrado al aula para entregar documentos.
No dijeron nada.
Pero entendieron.
Esa doble vida no era coincidencia.
El contraste era casi absurdo.
En combate..
Ropa masculina ajustada.
Cabello oculto.
Respiración pesada.
Golpes secos.
Rodillas con moretones.
En Comercio..
Guantes blancos.
Vestido estructurado.
Voz clara al exponer estrategias.
Argumentos lógicos que dejaban en silencio a jóvenes nobles.
En Equitación..
Postura elegante.
Control firme de las riendas.
Mirada fija al horizonte.
Davies empezó a observarla con mayor atención durante los entrenamientos.
—Tu fuerza aumentó.. pero aún dudas al atacar primero.
—Estoy evaluando —respondió ella.
—En combate real, evaluar demasiado te mata.
Evans intervino con tono más técnico.
—Pero su lectura del oponente es superior a la media. Anticipa patrones.
Davies resopló.
—Entonces que anticipe más rápido.
No la felicitaban.
No suavizaban las críticas.
Al contrario, parecían empeñados en empujarla más allá de su límite.
Una tarde, tras un entrenamiento particularmente duro, Constance cayó de rodillas. El sudor empapaba su camisa. La respiración le ardía en el pecho.
Davies se acercó.
—¿Cansada?
Ella alzó la vista tras la máscara.
—Sí.
—Bien. El cansancio es honesto. Te muestra dónde aún eres débil.
Evans le ofreció una cantimplora.
—Tu progreso en seis semanas equivale al de un semestre completo.. Pero eso solo significa que ahora podemos exigir el doble.
Constance bebió agua.
Y asintió.
No buscaba admiración.
Buscaba superarse.
Lo más curioso era el silencio.
Ni Davies ni Evans mencionaban su identidad en el campo de entrenamiento.
Ni hacían comentarios cuando la veían cruzar los pasillos con vestidos de seda.
Solo intercambiaban miradas breves.
Una especie de pacto tácito.
Un día, al finalizar una clase de Comercio, Davies entró al aula para hablar con Evans.
Constance estaba guardando sus libros.
El contraste era evidente: su figura delicada inclinada sobre apuntes financieros.
Davies la miró unos segundos más de lo habitual.
—Valmont —dijo con tono neutro.
Ella levantó la vista con calma.
—Profesor.
No hubo gesto de reconocimiento.
No hubo complicidad.
Solo formalidad académica.
Evans añadió..
—Su análisis de riesgos fue preciso.
—Gracias.
Davies cruzó los brazos.
—No se confíe. En combate, la sobreconfianza es el error más común.
Ella sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo necesario.
—No lo haré.
Cuando salió del aula, Evans murmuró..
—Es extraordinaria.
Davies respondió sin suavizar el tono.
—Es un diamante sin pulir. Y los diamantes se rompen si no se tallan bien.
—La está llevando al límite.
—Debe acostumbrarse. El mundo no será indulgente cuando se quite esa máscara.
Y así continuaron las semanas.
Constance ya no era la más débil del grupo de combate.
Tampoco la más fuerte.
Pero su progreso era el más rápido.
Sus movimientos eran limpios.
Su mente estratégica se reflejaba en cada enfrentamiento.
Su resistencia mejoraba día tras día.
En las clases formales, su reputación académica crecía.
En combate, su identidad seguía siendo un misterio.
Algunos estudiantes empezaron a respetar al “enmascarado”.
Otros intentaban superarlo.
Nadie sabía que detrás de esa figura disciplinada estaba la hija ignorada de los Valmont.
Una mañana, tras derribar a un oponente más grande usando una finta perfectamente ejecutada, Davies se acercó con expresión severa.
—Ya no estás aprendiendo a pelear
Constance se puso de pie.
—¿Entonces?
—Estás aprendiendo a ganar.
Evans añadió con una leve sonrisa..
—Y eso es mucho más peligroso.
El viento agitó la tela negra que ocultaba su cabello azul.
Constance respiró profundo.
Las semanas habían pasado rápido.
Pero el final del año se acercaba.
Y cuando llegaran las pruebas oficiales…
No solo demostraría que podía aprender.
Demostraría que podía dominar.