Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 13: El proyecto
El edificio estaba en el corazón del centro histórico, una de esas construcciones del quattrocento que Florencia había dejado olvidadas en calles estrechas a las que los turistas casi no llegaban.
La fachada era piedra envejecida, marcada por siglos de humedad y de historia. Dentro, el caos de la restauración: andamios, polvo suspendido en el aire, plásticos colgando, olor a cemento y madera vieja.
Monserrat entró primero, pisando con cuidado entre los escombros. El casco que le habían dado le quedaba grande; tuvo que ajustarlo dos veces antes de sentirse cómoda. Llevaba botas de seguridad prestadas, vaqueros y una camiseta vieja. Nada de la armadura habitual.
—Por aquí —dijo el arquitecto, un hombre pequeño y enérgico que se movía entre los andamios con la familiaridad de quien lleva meses en la obra.
Ella lo siguió. El equipo técnico iba detrás: dos ingenieros, la aparejadora, alguien de la fundación que no conocía. Y Dorian.
No lo había visto desde que llegaron. Sabía que estaba ahí igual que se sabe que hay una ventana abierta en una habitación a oscuras: por el aire, por la presión, por algo que no necesitaba ojos.
El arquitecto se detuvo frente a una pared medianera, la única que conservaba la textura original: piedra vista, marcada por herramientas de otro siglo, con hendiduras que parecían guardar historias que nadie recordaba.
—Esta es la pared que mencionamos —dijo—. El problema es estructural. Para cumplir la normativa sísmica, tendríamos que reforzarla por dentro, pero eso implica cubrirla. O demolerla y hacerla nueva con materiales que imiten la textura.
—No —dijo Monserrat.
El arquitecto la miró.
—Señorita Bellini, entiendo que desde el punto de vista histórico…
—No es histórico. Es la pared. Si la cubren, el espacio pierde lo único que tiene. Todo lo demás es nuevo. Esto es lo único que queda del edificio original.
—Pero la normativa…
—Busquemos otra solución.
Hubo un silencio incómodo. Los ingenieros miraron sus botas. La aparejadora tosió.
Y entonces Dorian habló.
—¿Qué opción hay para reforzarla sin cubrirla?
El arquitecto se volvió hacia él, visiblemente aliviado de tener a alguien con quien discutir términos técnicos.
—Podríamos inyectar resina en las grietas y poner tirantes internos, pero el coste se dispara y el resultado no garantiza…
—El coste no es problema —dijo Dorian.
Otro silencio. Más denso.
Monserrat lo miró entonces. Él estaba apoyado contra un andamio, con los brazos cruzados, la vista fija en la pared. No la miraba a ella. Pero aun así sintió que sus palabras iban dirigidas a ella.
—El coste —repitió el arquitecto—. Bueno, si el coste no es problema, entonces podemos estudiar…
—No hay que estudiarlo —dijo Monserrat—. Se hace. La pared se queda.
Dorian asintió. Apenas un gesto.
—Bien —dijo el arquitecto, rindiéndose—. Hablaré con los ingenieros estructurales. Veremos qué se puede hacer.
El equipo técnico se dispersó para revisar otras zonas. Monserrat se quedó donde estaba, frente a la pared, pasando los dedos por la piedra áspera, sintiendo las marcas, las grietas, los siglos.
—Esa pared se queda —murmuró para sí misma.
—Ya lo sé.
La voz de él, a su lado. Más cerca de lo que esperaba.
—Es un riesgo estructural —dijo ella, sin mirarlo.
—Lo sé.
—Pero es historia. El espacio sin esa pared es otro lugar.
—Lo sé.
Ella se volvió. Él estaba a un metro, con las manos en los bolsillos, mirando la misma pared.
—¿Por qué dijo lo del coste? —preguntó.
—Porque era verdad.
—El coste siempre es un problema. Para todo el mundo.
—Para mí no. No cuando se trata de algo que importa.
Ella lo observó un momento. Luego volvió a la pared.
—El espacio sin techo es otro problema —dijo, repitiendo lo que él había dicho antes.
—Por eso hay que traer mejores ingenieros.
Ella casi sonrió.
—Gracias —dijo.
—No lo estoy haciendo por usted.
—Ya lo sé. Por eso lo agradezco.
Él no respondió. Se quedó ahí, a su lado, mirando la pared, durante un largo rato en que ninguno de los dos dijo nada.
A la una, el equipo técnico se fue a comer.
—¿Vienen? —preguntó el arquitecto desde la puerta.
—Luego —dijo Dorian.
—Tenemos bocadillos —añadió alguien de la fundación, señalando una caja de plástico sobre un tablón improvisado.
Dorian asintió. La puerta se cerró. El eco de los pasos alejándose dejó atrás el silencio, el polvo flotando en la luz que entraba por los ventanales sin vidrios.
Monserrat y Dorian se quedaron solos.
Ella fue hacia la caja de bocadillos. Él la siguió. Se sentaron en dos tablones enfrentados, con la comida entre ellos, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—No sé si le gusta el jamón —dijo ella, abriendo un paquete.
—Me gusta todo.
—¿Todo?
—Casi todo.
Ella le tendió un bocadillo. Él lo tomó. Comieron en silencio un rato, escuchando el rumor lejano de la ciudad, los pájaros que entraban por los huecos de las ventanas, el viento moviendo los plásticos.
—¿Por qué el arte? —preguntó él de pronto.
Ella lo miró.
—¿Cómo?
—Podría haber hecho cualquier cosa. Con su apellido, con sus contactos. ¿Por qué una galería?
Ella masticó despacio, buscando la respuesta.
—Porque es lo único que siempre estuvo ahí —dijo al final—. Cuando era pequeña, mi madre me llevaba a museos. No hablábamos mucho, pero frente a los cuadros no hacía falta. Mirábamos juntas. Eso era suficiente.
—¿Y después?
—Después ella se fue. Y los cuadros se quedaron.
Él asintió. No dijo nada, pero ella tuvo la sensación de que entendía.
—¿Y usted? —preguntó—. ¿Por qué los negocios? Podría haber sido artista, crítico… cualquier cosa.
—No. No podría.
—¿Por qué no?
Tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era más baja.
—Porque el arte te obliga a mirar dentro. Los negocios te obligan a mirar fuera. Es más fácil.
Ella lo observó. Había algo en esa frase —en cómo la dijo— que no era cinismo, sino confesión.
—¿Y le funciona? —preguntó.
—A veces. Otras no.
—¿Y cuando no?
—Entonces vengo a lugares como este. Y miro paredes viejas.
Ella sonrió. Esta vez sí. Una sonrisa pequeña, real.
—Las paredes viejas no juzgan —dijo.
—No. Solo esperan.
El silencio volvió, pero era cómodo. Como si llevaran años sentados allí, entre polvo y luz, diciéndose cosas que no le dirían a nadie más.
La tarde pasó sin que ninguno de los dos la sintiera pasar.
Revisaron planos sobre una mesa improvisada de tablones y caballetes. Dorian los sostenía por un extremo; ella, por el otro. Sus cabezas estaban lo suficientemente cerca como para que Monserrat percibiera su respiración cada vez que él se inclinaba a señalar algo.
—Aquí —dijo él, marcando un punto con el dedo—. La iluminación tiene que venir de este lado, si no, la textura de la pared se pierde.
—Coincido. Pero el ángulo es complicado. Habría que poner los focos en el techo, y el techo…
—No aguanta el peso. Ya lo sé.
—Entonces…
—Entonces hay que buscar otra manera.
Ella lo miró. Él estaba concentrado en los planos, el ceño apenas fruncido, moviendo el dedo sobre el papel como si resolviera un problema invisible.
—¿Siempre es así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Tan… meticuloso.
Él levantó la vista. Ella no apartó la suya.
—Sí. Siempre.
—¿Y no se cansa?
—Sí. Pero no sé hacerlo de otra manera.
Ella sostuvo la mirada un segundo más antes de volver a los planos.
Siguieron trabajando. Marcando, discutiendo, encontrando soluciones que ninguno habría visto por separado. En algún momento sus hombros quedaron a centímetros. En otro, sus manos casi se rozaron al señalar el mismo punto.
No pasó nada.
Cuando terminaron, el sol ya se había puesto.
El espacio estaba en penumbra, iluminado solo por una bombilla colgada de un cable y por la luz anaranjada que llegaba desde la calle. Recogieron los planos, las herramientas, los restos de los bocadillos. El silencio ahora era distinto: más cansado, más íntimo, más cercano a algo que ninguno quería nombrar.
—Ha sido un buen día —dijo él, rompiendo el silencio.
—Sí.
—La pared se queda.
—Sí.
—Y la iluminación tiene solución.
—Sí.
Él la miró. Esa mirada que ella todavía no sabía clasificar.
—¿Sabe qué es lo mejor de trabajar con usted? —preguntó.
Ella esperó.
—Que no tiene que fingir que le importa. Le importa de verdad. Se nota.
Ella no respondió. No porque no tuviera nada que decir, sino porque las palabras que tenía no pertenecían a un final de jornada, en una obra vacía, con la ciudad encendiéndose allá afuera.
—Buenas noches, Monserrat —dijo él.
—Buenas noches.
Él se fue. Sus pasos sobre el cemento se alejaron hasta que el portón se cerró con un eco metálico.
Ella se quedó un momento más, sola en el espacio vacío, mirando la pared que habían salvado, sintiendo el polvo en la ropa, el cansancio en los huesos… y algo más que no sabía nombrar.
Luego salió.
Esa noche, en su habitación, Monserrat abrió el cuaderno de bocetos.
No lo usaba desde hacía meses. Pero ahí estaba, con las páginas en blanco esperando. Tomó un lápiz y empezó a dibujar.
La pared. La textura de la piedra. Las marcas de las herramientas. Las grietas que contarían historias si alguien supiera escucharlas.
Cuando terminó, se quedó mirando el dibujo largo rato.
Luego, en los márgenes, empezó a escribir palabras sueltas. Palabras que no tenían que ver con la arquitectura.
Paciencia.
Mirada.
Pared.
Peso.
Calor.
Silencio.
Manos.
Las leyó todas.
Y luego, una por una, las tachó.
Cerró el cuaderno.
Lo dejó en la mesilla.
Apagó la luz.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴