Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Reunión
La reunión comenzó, en apariencia, como cualquier otra.
Florence estaba sentada en la cabecera de la mesa larga de la oficina principal. La luz entraba por los ventanales, acariciando el brillo oscuro de su vestido y el encaje de sus guantes. Cada documento, cada pluma, cada carpeta estaba perfectamente ordenada. Su postura era impecable, su mirada serena… y su voz, suave pero firme.
Oliver, en cambio, aunque intentaba mantener su compostura habitual, no lograba ocultar cierto temblor en las manos ni la rigidez en sus hombros. Desde el saludo inicial ya se notaba que estaba… tenso. Y Florence sabía exactamente por qué.
Jason.
El fantasma del duque vivo y oculto parecía flotar sobre la mesa.
Hablaron primero de cifras, de contratos, de rutas de comercio. Oliver llevaba las cuentas en orden, pero cometía pequeños errores al explicarlas, tropezando de vez en cuando con las palabras. Florence los señalaba con amabilidad, pero con una precisión quirúrgica que lo hacía sudar aún más.
Cuando consideró que el ambiente estaba lo suficientemente afinado, dejó caer su comentario.
—Señor Amery —dijo mientras firmaba un documento—, creo que será mejor adelantar nuestra próxima reunión.
—¿Ah, sí? —preguntó él, acomodándose en su asiento.
—Sí. Probablemente viajaré a Mercia —continuó con naturalidad—. Quiero ir a saludar a Lady Ginger cuando nazca su bebé.
El movimiento del bolígrafo en la mano de Oliver se detuvo.
Solo un segundo.
Pero Florence lo vio.
—¿V-viajarás a… Mercia? —repitió él, como si necesitara confirmarlo.
—Así es.
Hubo un breve silencio. Oliver tragó saliva.
—Y… entonces… —dijo, intentando sonar casual— supongo que también… conocerás a los hermanos de Lady Ginger. A los Evenhart.
Florence dejó el documento, alzó la mirada y sonrió. No una sonrisa dulce, sino una de esas que llevan escondida una hoja afilada.
—Por supuesto —respondió con ligereza—. Si están allí, será inevitable conocerlos. Aunque no viajaré solo a conocerlos.
Oliver abrió la boca para replicar, tal vez para tantear el terreno… pero no llegó a decir nada.
Porque Florence se le adelantó.
—Dime, señor Amery —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Por qué tanto interés en mis futuros encuentros sociales?
Lo dijo con suavidad perfecta. Cortés. Pero la pregunta cayó con el peso de una piedra.
Oliver sonrió.
Una sonrisa nerviosa, rígida, demasiado estudiada.
—Ningún interés especial —mintió, riendo apenas—. Simple curiosidad, duquesa. Ya sabes… amistades en común.
Ella lo observó unos segundos más, en silencio. Sus ojos, tranquilos pero penetrantes, parecían atravesarlo. Oliver apartó la mirada primero.
Y entonces Florence volvió a sonreír, satisfecha, como quien tira suavemente de los hilos de una red invisible… y comprueba que todos se están tensando exactamente como quiere.
Oliver respiró hondo antes de hablar. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa, pero la inquietud lo corroía.
—Duquesa… —dijo con cautela— ¿no cree usted que es… un poco pronto para… rehacer su vida?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Florence lo miró, sin parpadear, con una serenidad que casi resultaba intimidante. No había enojo en su expresión. Ni escándalo. Solo una calma profunda… demasiado controlada.
Luego habló.
Y cada palabra parecía elegida con un cuidado exquisito.
—Pronto… —repitió, como saboreando la palabra—. Señor Amery, amé a Jason. Sí. Pero siendo sincera… —deslizó los dedos por el borde de su taza de té— nunca compartimos demasiado.
Oliver tragó saliva.
—Él siempre estaba ocupado. Nunca tenía tiempo. Nunca estaba realmente conmigo. Y aun así, yo lo aceptaba. Por eso acepté casarme con él.
Hizo una pequeña pausa. No dramática. Solo… precisa.
—Pero murió —continuó, con voz suave—. Murió de repente. Y nunca tuvimos la oportunidad de vivir nada juntos. Ni de compartir un verdadero momento. Porque, simplemente… él nunca tuvo tiempo para mí.
Sus ojos se ensombrecieron apenas, pero su postura no cambió.
—Y yo soy joven, señor Amery. Muy joven. Y creo que merezco ser amada. Amada de verdad. ¿No lo cree usted también?
Lo dijo con tal tranquilidad, con una honestidad tan cruda y elegante a la vez, que Oliver sintió que algo le apretaba el pecho. No podía rebatirla. No podía decirle que no. Porque tenía razón.
En todo.
Y, lo peor, es que él mismo nunca estuvo de acuerdo con esa parte del plan de Jason. Fingir su muerte, sí, por el bien del reino. Pero dejar a su esposa hundirse en la soledad… convertirla en un sacrificio silencioso… siempre le había parecido brutal. Injusto. Innecesario.
Oliver forzó una sonrisa, intentando ocultar el vuelco de su conciencia.
—Supongo… —respondió con voz un poco tensa— que cualquier persona merece… ser feliz.
Florence lo observó un segundo más, como si pudiera leer exactamente lo que pensaba.
Y luego asintió, satisfecha.
La conversación continuó, al menos en apariencia, como si nada hubiera ocurrido. Los documentos volvieron a apilarse, los números a discutirse, el té a servirse.
Pero Oliver ya no era el mismo.
Porque ahora, más que nunca, dudaba.
Y porque cada palabra de Florence se le había quedado grabada como una sentencia inevitable.
Cuando la reunión llegó a su fin, el ambiente en la oficina se había vuelto pesado, cargado de silencios y pensamientos no dichos. Oliver cerró su carpeta con manos algo temblorosas y se levantó, inclinándose con cortesía. Florence hizo lo mismo, elegante y tranquila, como si nada la alterara.
Sin embargo, Oliver no se movió hacia la puerta de inmediato.
Había algo que lo atormentaba, algo que llevaba semanas creciendo en su pecho… y si no lo preguntaba ahora, sentía que lo perseguiría para siempre.
—Duquesa… —dijo con voz baja— ¿me permitiría hacerle una última pregunta?
Florence lo observó en silencio un segundo. Luego asintió.
—Pregunte.
Oliver respiró hondo. No quería sonar irrespetuoso. No quería herirla. Pero necesitaba saber.
—¿Usted… sufrió mucho… cuando el duque falleció?
Las palabras salieron casi en un susurro.
Por primera vez en toda la reunión, la expresión de Florence cambió.
Su mirada, que hasta ese momento había sido firme, templada… se volvió más suave. Más humana. Como si una grieta muy antigua se abriera lentamente.
No respondió de inmediato.
Se sentó nuevamente, y sus manos.. las mismas que podían sostener el peso de un ducado entero.. se entrelazaron con delicadeza sobre su regazo.
Y entonces habló.
—Sí… —dijo con sinceridad desnuda—. Sufrí. Mucho.
Oliver sintió que el corazón se le apretaba.
Florence continuó, su voz apenas un hilo.
—Lloré cada noche… durante semanas. Pensaba que el mundo se había vuelto gris. Que… que quizás yo tenía la culpa. Que si hubiera sido más importante para él, si hubiera hecho algo diferente… tal vez el destino habría sido otro.
Sus ojos comenzaron a humedecerse, brillando bajo la luz de la tarde.
—Hubo momentos… —confesó con valentía— en los que pensé que… tal vez, si moría… podría verlo de nuevo en la otra vida. Y el dolor se iría.
Oliver contuvo el aliento.
Era como si, por unos instantes, la antigua Florence la niña enamorada, ingenua, de corazón blando.. se hubiese manifestado desde las profundidades de ese nuevo carácter fuerte y resuelto. Y su dolor era tan puro, tan real… que dolía escucharlo.
Una lágrima resbaló silenciosa por la mejilla de Florence, pero ella no sollozó. No tembló. Simplemente permitió que esa única lágrima existiera.
—Pero… —añadió con calma— decidí vivir. Porque descubrí que nadie más lo haría por mí.
El silencio que siguió fue profundo.
Oliver sintió que toda su postura se desmoronaba por dentro. Nunca, jamás, había pensado en esa dimensión del plan de Jason. Él había visto la estrategia, el objetivo, el deber… pero no el corazón que quedaba atrás.
Se inclinó profundamente.
—Gracias… por su honestidad, duquesa.
Su voz estaba cargada de respeto. Y de culpa.
Cuando salió de la mansión, el aire fresco lo golpeó de lleno. Caminó unos pasos… y se detuvo.
Se sentía… derrotado.
No por Florence.
Sino por la verdad.
Por primera vez desde el inicio de todo, dudó seriamente de que Jason mereciera el perdón que esperaba.