Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Jefa
Mientras acompañaba a Abby por las calles empedradas del pueblo, Agnes caminaba con paso tranquilo, pero su mente no descansaba. Observaba todo con atención.. los comercios, los talleres, la gente que iba y venía. Pensaba en silencio en qué negocio podría invertir ella, algo que no solo diera dinero, sino que tuviera sentido… algo que pudiera crecer con trabajo y conocimiento.
Fue entonces cuando se detuvo en seco.
A un costado de un amplio cobertizo, casi escondidos detrás de una cerca de madera desgastada, vio varios carruajes alineados sin orden. Algunos tenían las ruedas torcidas, otros la madera partida, otros estaban cubiertos de polvo y telarañas, como si el tiempo los hubiera olvidado por completo.
Los ojos de Agnes brillaron.
—Abby.. adelántate un poco. Ve mirando las casas que te gustaron. Ahora te alcanzo.
Abby, más concentrada en imaginar su futura posada que en cualquier otra cosa, asintió y siguió caminando sin cuestionarla.
Agnes se acercó al cobertizo y llamó al hombre que estaba acomodando leña cerca de la entrada.
—Disculpe.. ¿qué es todo eso?
El hombre se limpió las manos en el pantalón y miró hacia los carruajes con desinterés.
—Ah… eso. Ahí dejamos los carruajes que ya no sirven. Viejos, rotos. Nadie los quiere.
Agnes dio un paso más, observándolos con detenimiento. Vio más allá de la madera astillada y del óxido. Vio estructuras, ejes, engranajes simples. Vio posibilidades.
—¿Los vende?
El hombre soltó una risa breve.
—¿Venderlos? No, mi lady. Pensaba usarlos para el fuego cuando llegue el invierno. Para que sirvan habría que hacerlos casi de nuevo.
Agnes sonrió. No una sonrisa grande, sino esa pequeña y contenida que siempre aparecía cuando una idea empezaba a tomar forma.
—Entonces.. mándelos a la mansión Norhaven.
El hombre parpadeó, sorprendido.
—¿Todos?
—Todos
y sacó unas monedas
— Esto es por la molestia del traslado.
El tintinear del dinero bastó para borrar cualquier duda. El hombre tomó las monedas con rapidez y asintió varias veces, agradecido.
—Esta misma tarde los envío, mi lady.
En ese momento, Abby regresó, frunciendo el ceño al ver la escena.
—¿Qué haces?
—Nada importante.. Estoy usando el dinero de mi mesada.
Abby miró las monedas, luego los carruajes viejos, y torció el gesto con evidente desaprobación.
—Deberías comprarte ropa.. no basura.
Agnes no se ofendió. Al contrario, sonrió con suavidad, como si el comentario no tuviera peso alguno.
—Tal vez..
Y sin añadir nada más, volvió a caminar junto a Abby por el pueblo.
Mientras avanzaban, Agnes pensaba en tuercas, en ejes, en ruedas… en trabajo honesto y manos manchadas. Pensaba en su abuelo, en su padre, en aquella vida pasada bajo autos y máquinas. Pensaba en cómo, incluso en ese mundo distinto, el metal y el esfuerzo volvían a encontrarla.
Abby hablaba de cortinas, de colores y de nombres elegantes para la posada.
Agnes escuchaba… pero ya estaba construyendo algo mucho más grande en su mente.
Después de recorrer varias calles y de descartar casas demasiado pequeñas, otras demasiado costosas o algunas simplemente mal ubicadas, llegaron finalmente a una vieja mansión a las afueras del pueblo. Tenía un portón de hierro algo torcido, la pintura descascarada y las ventanas opacas por el polvo, pero la estructura se mantenía firme. Las paredes no estaban agrietadas y el techo, aunque envejecido, seguía recto y sólido.
Agnes la observó con detenimiento… y sonrió.
[Es perfecta]
El precio que mencionó el hombre que la vendia era mucho menor de lo que ella había calculado en su mente. Mucho menos. Con ese margen podrían hacerse los arreglos necesarios, y todavía sobraría para camas nuevas, ropa de cama decente, utensilios de cocina y quizá incluso algún pequeño lujo que hiciera atractiva la posada.
Por supuesto, Agnes no dijo nada de eso.
Se llevó una mano al mentón, fingiendo duda, como si estuviera calculando riesgos.
—Está… algo descuidada.. Habría que invertir bastante en arreglos.
Abby miró alrededor con gesto crítico, pero algo en la amplitud del lugar empezó a gustarle. Las escaleras amplias, el número de habitaciones, el pequeño jardín trasero.
—Pero el edificio está bien.. No habría que construir nada nuevo.
Agnes inclinó la cabeza, como si acabara de darse cuenta.
—Es cierto… Y si el precio es bajo, podrías usar lo que quede para amoblarla mejor. Camas nuevas, una cocina decente… incluso podrías hacerla más elegante que otras posadas.
Los ojos de Abby brillaron.
—¡Eso! Justo estaba pensando en eso. Comprar camas nuevas, buena vajilla… que no parezca una posada cualquiera.
Agnes sonrió apenas, satisfecha, pero cuidando que no se notara.
—Entonces sería una buena inversión.. Los huéspedes pagarían más por la comodidad.
Abby cruzó los brazos, orgullosa.
—Sí, esa era exactamente mi idea.
Agnes asintió con serenidad, como si no hubiera intervenido en absoluto. Por dentro, sabía que todo encajaba a la perfección. El dinero ahorrado serviría para dejar la mansión impecable, y Abby sentiría que cada mejora, cada decisión, había nacido de su propia visión.
Mientras el vendedor hablaba de papeles y plazos, Agnes observó el lugar una vez más. Vio habitaciones limpias, camas firmes, una cocina funcional, viajeros agradecidos. Vio un negocio estable.
Y vio también a Abby, por primera vez, pensando más allá del gasto inmediato.
Salieron de la vieja mansión con los primeros acuerdos en mente y una energía distinta flotando entre ambas. El pueblo seguía su ritmo habitual, pero para Abby todo parecía girar ahora en torno a su posada. Caminaron hacia las tiendas de muebles, de telas y de utensilios, y fue allí donde Agnes empezó a dirigirlo todo con la misma discreción paciente que había perfeccionado con los años.
Abby, como siempre, no perdió su tono antipático. Respondía con impaciencia, torcía los labios cuando algo no le gustaba y, en más de una ocasión, le habló a Agnes con cierta rudeza, como si necesitara reafirmar su superioridad. Agnes no se alteró. Sabía reconocer la diferencia entre mal carácter… y verdadero desinterés. Y esta vez, Abby sí estaba interesada.
Especialmente cuando Agnes le presentaba opciones.
—Estas son las mejores —decía Agnes, señalando dos o tres camas sólidas, bien hechas—. Resistentes, cómodas y adecuadas para una posada.
Abby miraba, evaluaba… y luego preguntaba lo único que realmente le importaba.
—¿En qué colores vienen?
Agnes sonreía.
—Elige tú.. Al final, eres la jefa de la posada.
Eso bastaba para que Abby se alzara un poco más. Caminaba entre los muebles como si ya fuera dueña del lugar, dando órdenes imaginarias, decidiendo si el azul era demasiado apagado o si el crema se veía más elegante que el blanco.
—Este color.. Se verá más fino.
—Perfecto.. Tú mandas.
Así ocurrió con las sábanas, con las cortinas, con la vajilla. Agnes revisaba la calidad de las telas, comprobaba la resistencia de los platos, negociaba precios y cantidades con los comerciantes. Abby, por su parte, elegía tonos, combinaciones y detalles superficiales… convencida de que estaba tomando las grandes decisiones.
Al final del día, todo lo importante había quedado decidido por Agnes.. qué comprar, cuánto gastar, qué duraría años y qué no se rompería al primer uso. Abby había escogido los colores y, aun así, caminaba satisfecha, con esa expresión de triunfo que solo tenía cuando sentía que controlaba algo.
—Está quedando tal como lo imaginé
Agnes asintió, con una sonrisa tranquila.
—Lo sé. Es tu negocio..
Mientras regresaban, Agnes pensó que no importaba quién se llevara el mérito. Lo importante era que la posada nacería bien equipada, bien administrada… y que Abby, sin darse cuenta, estaba aprendiendo a tomar decisiones dentro de límites seguros.
Creía ser la jefa.
Y por ahora, eso era exactamente lo que Agnes necesitaba que creyera.