No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
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Punzada en el corazón
Maldito lobo bastardo… Me haré un traje con tu piel por esto.
Lo dije en voz baja, con una furia fría que nada tenía que ver con mi impotencia.
Entonces, un relámpago estalló en el cielo.
El estruendo fue tan fuerte que hizo vibrar los cristales de la habitación. Otro le siguió. Y otro más.
La tormenta rugía afuera… pero en mi interior algo también comenzaba a despertar.
- Si crees que sellar mi núcleo será suficiente para mantenerme sometida…
Estás terriblemente equivocado.
-- AL DÍA SIGUIENTE --
A la mañana siguiente, la puerta de la habitación se abrió sin previo aviso.
Cuatro mujeres entraron en absoluto silencio.
Sus pasos eran suaves, coordinados, casi ensayados. No me dirigieron la palabra… pero tampoco mostraron descortesía. Sus movimientos eran respetuosos, precisos.
Sin pedirme permiso.
Sin explicaciones.
Ya estaban preparando el agua.
Ya estaban desvistiendo mi cuerpo con cuidado medido.
Ya estaban lavando mi piel como si fuera porcelana delicada.
Después vinieron las telas finas y las capas ligeras que se deslizaban sobre mi piel con suavidad. Una eligió los accesorios. Otra extendió el vestido sobre la cama antes de ayudarme junto con otra a colocarlo con delicadeza. La que parecía la más hábil comenzó a peinar mi cabello con destreza experta.
El vestido abrazaba mi figura con caída natural, fluido, elegante, sin necesidad de estructuras rígidas.
Mientras sus manos trabajaban, rompí el silencio.
—¿Saben dónde es aquí? ¿Quién es el hombre que me trajo?
Mi voz sonó tranquila. Demasiado tranquila.
Ya tenía una idea vaga… pero necesitaba confirmarlo.
Las cuatro se miraron entre sí.
Un silencio tenso se formó en la habitación.
La que me peinaba soltó un pequeño suspiro, casi resignado.
—Este es el reino Ahlfa… —respondió finalmente—. Su majestad, el rey, fue quien la trajo cuando se encontraba inconsciente…
La interrumpí antes de que terminara.
—Su nombre. ¿Cuál es su nombre?
Las manos que acomodaban la tela en mis hombros titubearon.
La doncella que hablaba tragó saliva. Su voz bajó ligeramente, como si temiera que las paredes pudieran escucharla.
—Rowan Ashford.
Al pronunciarlo, un escalofrío recorrió la habitación.
Incluso las otras doncellas temblaron.
No era simple respeto.
Era MIEDO.
Y al ver ese miedo en sus ojos… confirmé que el hombre que me había sellado el núcleo no era cualquier rey.
Era alguien cuya sola mención hacía temblar al reino entero.
.
.
.
Finalmente, después de todos los preparativos… me vi en el espejo.
Por un instante no me reconocí.
La joven que me devolvía la mirada tenía la piel blanca como la nieve, impecable, casi luminosa bajo la luz que entraba por los ventanales. Sus ojos dorados parecían más intensos de lo habitual, como si ocultaran algo indomable bajo aquella apariencia delicada.
Mi cabello azul celeste —de un tono casi celestial— estaba recogido en un moño trenzado romántico, cuidadosamente estructurado, con mechones suaves que enmarcaban mi rostro y suavizaban mis facciones.
El vestido largo y etéreo caía en capas ligeras de azul perlado. La tela fluía con naturalidad, ajustándose a mi figura sin rigidez. Delicados bordados plateados recorrían el escote y descendían sutilmente por la falda. Las mangas amplias y translúcidas flotaban con cada mínimo movimiento, como si el aire mismo me envolviera.
En mis pies, zapatillas tipo ballet de satén celeste con detalles plateados completaban el conjunto, ligeras y silenciosas.
Elegante.
Celestial.
Delicadamente mágica.
Parecía una princesa de un reino antiguo…
o una ofrenda cuidadosamente preparada para un rey.
Pero detrás del reflejo sereno, mis ojos dorados no habían olvidado nada.
Ni el sello en mi núcleo.
Ni el nombre que hacía temblar a todos.
Rowan Ashford.
.
.
.
Las doncellas me guiaron por los largos pasillos del castillo.
El mármol bajo mis zapatillas apenas emitía sonido. Las antorchas en los muros proyectaban sombras alargadas que parecían observar cada paso que daba. Nadie nos detuvo. Nadie cuestionó.
Finalmente nos detuvimos frente a una puerta alta de madera oscura.
La abrieron.
Era un estudio.
Amplio, sobrio, con estanterías repletas de libros y un escritorio macizo en el centro. Tras él se encontraba un hombre de mediana edad, vestido con una elegancia impecable. Su porte era rígido, refinado… pero su mirada carecía de calidez.
Cuando sus ojos se posaron en mí, no hubo curiosidad.
Hubo desdén.
Me observó como si estuviera evaluando un objeto defectuoso. Como si yo fuera algo claramente inferior.
—Para ser una reina, primero debe dejar de ser una analfabeta —dijo con desprecio, sin siquiera intentar suavizar el tono.
El silencio que siguió fue denso.
Las doncellas inclinaron la cabeza y salieron sin decir palabra, cerrando las puertas tras de sí.
El sonido de la madera al encajar resonó más fuerte de lo que debía.
No me gustaba su actitud.
Ni su mirada.
Ni la manera en que pronunciaba cada palabra como si me estuviera concediendo el privilegio de escucharle.
Pero debía tolerarlo.
Ahora mismo estaba indefensa.
Mi núcleo estaba sellado.
Y mi sola fuerza física no sería suficiente para enfrentarlos.
Tenía que pasar desapercibida.
Aprender.
Escuchar.
Observar.
Si quería recuperar mi libertad, mi poder… Y para eso debía entender exactamente en qué clase de jaula había caído.
.
.
.
Tras horas de lecciones, comprendí que el reino Ahlfa tenía cientos de años de antigüedad. El primer rey, un hombre bestia lobo, fue quien unificó a su gente y fundó el linaje real.
Luego habló del mundo.
Este mundo está habitado por múltiples razas: hombres bestia,...
La economía se basa en cristales de bestias demoniacas: morado, rojo, verde y transparente, siendo este último el de menor valor, adoptado tras la invasión de otras razas al reino inferior.
Nada de eso era nuevo para mí.
Esa información ya la había escuchado antes… de la boca del DESTERRADO.
Tras hablar por mucho, finalmente, el hombre mencionó la llegada de otras razas al mundo. Dijo que aparecieron a través de anomalías, pero la información era superficial. Nadie, excepto los dioses, sabía con certeza qué lo había provocado o cómo habían cruzado.
Y ahora que el Mundo de los Dioses ya no existía…
Muchas respuestas probablemente se habían perdido para siempre.
Cuando dijo esto último, sin razón alguna mi corazón sintió una punzada desconocida.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso