Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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TENGO QUE CORRER
El aire frío de la madrugada me cortaba la piel mientras corría con todas mis fuerzas, descalza, temblando, sintiendo el eco de mis propios latidos estrellarse contra las paredes húmedas de los callejones. El gran abrigo que apenas alcanzaba a cubrir mi desnudez golpeaba mis muslos a cada paso, recordándome que no llevaba nada más, que había escapado como un animal herido, sin pensar, sin mirar atrás. Pero aun así, aunque no volteara, escuchaba su voz, esa voz ronca, llena de furia y de alcohol, rebotando en la oscuridad.
—Giselle... ven acá.
Sentí cómo mi respiración se quebraba. No quería mirarlo. No podía. El sonido de sus botas contra el pavimento se mezclaba con la presión punzante entre mis piernas, con el ardor que aún me atravesaba el cuerpo. Todo me dolía. Todo. Pero seguí corriendo, sin importar que el viento golpeara mis piernas, que las lágrimas me nublaran los ojos, que cada paso fuera un recordatorio del abuso que acababa de sobrevivir.
No sabía hacia dónde iba. Solo corría. Corría porque quedarse era morir. Porque la sombra detrás de mí era la de un monstruo que alguna vez llamé novio.
Doblé por una calle angosta, donde las luces fallaban y la ciudad parecía tragarse a los que nadie quería ver. Vi un puente más adelante y, sin pensarlo, bajé por un camino de tierra, casi resbalando. Mis pies chocaron con piedras y ramas, pero no sentí el dolor inmediato; mi cuerpo estaba entumecido, torpe, casi ajeno a mí misma. Me metí debajo del puente, arrastrándome hasta un hueco oscuro entre dos columnas de concreto.
Allí, el mundo quedó en silencio.
Ya no escuchaba su voz.
Ya no escuchaba nada.
Mi respiración era un sollozo ahogado. El olor a humedad me rodeó, y la poca luz de la luna se filtró por la abertura superior, iluminando apenas el polvo que flotaba en el aire. Me encogí en mí misma, abrazando el abrigo como si pudiera protegerme, pero no había nada que me protegiera de la realidad que acababa de romperme.
Mi entrepierna ardía. Sentía la piel desgarrada, hinchada, sangrante. Me temblaron las manos cuando las llevé instintivamente hacia mis muslos, pero me detuve. No quería tocarme. No quería sentirme y ver lo que ya sabía, sabía que estaba mal.
Un mareo me sacudió, el tipo de mareo que llega cuando el cuerpo ya no soporta más. Apoyé la frente contra mis rodillas y dejé que un gemido de dolor escapara. Las lágrimas empezaron a caer sin control, mojando mis piernas, mezclándose con la sangre seca que corría todavía.
—¿Por qué...? —susurré, aunque nadie pudiera escucharme.
Me ardían los rasguños que él había dejado en mis brazos, en mi cuello, como si quisiera marcarme, como si quisiera recordarme que era suya. Como si todo mi cuerpo fuera un mapa de su violencia.
Me abracé con fuerza, no para darme calor, sino para no desmoronarme todavía. El frío se colaba por todas partes, pellizcándome la piel, haciéndome tiritar. La luna se reflejaba en el agua sucia bajo el puente y parecía burlarse de mí, brillando sobre mi miseria.
Lloré. Lloré hasta que mi garganta dolió, hasta que mi cuerpo dejó de temblar y solo quedó un vacío enorme, un hueco que hacía eco dentro de mi pecho.
Quería que todo terminara.
Quería desaparecer.
Quería despertar y descubrir que esto no me estaba pasando.
Pero no desperté.
No desperté porque no era una pesadilla.
Era mi vida.
Y tenía que huir de ella.
No sé cuánto tiempo estuve escondida allí. Quizás minutos, tal vez horas. Cuando al fin pude moverme, me arrastré fuera del hueco, tropezando, sintiendo el barro en mis manos. Caminé como un fantasma hacia la calle, cubriéndome el cuerpo con el abrigo, y me dirigí hacia el único lugar que podía ofrecerme algo que necesitaba desesperadamente: ropa.
La vieja casa de mis padres.
Un sitio donde ya no vivían porque se habían ido un tiempo a la casa de mis abuelos, pero que seguía siendo un refugio silencioso que nadie recordaba.
Entré por la ventana del cuarto donde crecí. Encendí la linterna del teléfono —el único objeto que logré agarrar antes de escapar— y busqué en los cajones alguna prenda olvidada. Encontré una camiseta, un pantalón viejo y unas zapatillas. Me vestí con manos torpes, todavía temblando. El dolor seguía allí, entre mis piernas, punzante, humillante, pero tenía que seguir moviéndome.
Encontré un bolso pequeño. Eché lo primero que vi: dos mudas de ropa, una botella de agua, un peine. Con la linterna alumbré mi reflejo en el espejo.
Moretones.
Cicatrices recientes.
Labio partido.
Ojeras oscuras como la noche que me tragaba.
Recogí mi cabello en una cola alta para que no me estorbara. Cuando abrí la cartera de mi madre y tomé los billetes que había dentro, mis manos estaban frías como hielo.
No era robo.
Era supervivencia.
Salí de la casa por la misma ventana, sin mirar atrás. Porque mirar atrás dolía demasiado.
Ahora estoy aquí, en la estación de tren, sentada en un rincón oscuro donde las cámaras no llegan, abrazando mis rodillas, oculta bajo la capucha del abrigo. Nadie me mira. Nadie me pregunta nada. Soy solo una sombra más en la madrugada.
Mi cuerpo sigue temblando.
Mi alma sigue rota.
Pero he tomado una decisión.
Hoy dejaré todo.
Absolutamente todo.
No volveré a ese infierno.
No volveré a él.
No soportaré más nada.
Nunca más.