Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Limpieza 3
Esa noche, el sueño de Cora fue breve y liviano, como si su mente se negara a hundirse del todo. Y quizá por eso despertó de golpe cuando el estruendo sacudió la mansión.
Un golpe seco, metálico, seguido de voces firmes que rompían el silencio nocturno.
Se incorporó de inmediato. El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo. Se acercó a la ventana y apartó apenas la cortina.
El patio estaba inundado de antorchas.
Decenas de hombres armados ocupaban los accesos, formados con una disciplina impecable. En sus capas y estandartes brillaba el emblema del ducado. Las sombras de lanzas y espadas se proyectaban contra los muros de la mansión Morgan como presagios imposibles de ignorar.
Cora contuvo una sonrisa.
[Dijiste que solo investigarías… pero esto es mucho mejor]
Desde abajo comenzaron a oírse órdenes cortas, autoritarias. Puertas que se abrían de golpe. Pasos apresurados. Voces que ya no fingían respeto. El caos se extendía como una grieta que por fin se abría en aquella casa demasiado acostumbrada al abuso.
Entonces llegaron los llantos.
Los gritos agudos de las empleadas, el tono desesperado de quienes suplicaban explicaciones, las negaciones atropelladas de los hombres que hasta ese día habían caminado con arrogancia por los pasillos. Cora tomó una bata y se la puso con calma, como si se preparara para presenciar una obra largamente esperada.
Bajó las escaleras despacio.
Desde el descanso superior observó la escena con una serenidad que ni ella misma habría creído posible. Las empleadas salían de sus habitaciones escoltadas, algunas arrastradas cuando se resistían, otras llorando sin fuerzas, aferradas a cofres y prendas que ahora eran pruebas irrefutables. Sus rostros estaban desencajados, irreconocibles sin la seguridad que les daba la impunidad.
Los empleados corruptos no estaban mejor.
Gritaban. Protestaban. Acusaban a otros. Juraban inocencia con la voz quebrada. Algunos intentaron oponerse, dar órdenes, recordar antiguos privilegios… y recibieron por respuesta un golpe seco, certero, lo justo para hacerlos callar y devolverlos a la realidad.
Nadie los defendió.
Nadie intercedió.
Cora apoyó una mano en la baranda, observando cómo cada uno era sacado de la mansión que habían convertido en su terreno de caza. Sus recuerdos desfilaban ante sus ojos, pero esta vez no dolían. Esta vez se cerraban.
El llanto que escuchaba ya no le pertenecía.
Era el sonido de la caída.
Mientras los hombres del ducado cumplían su tarea con una eficacia implacable, Cora comprendió algo esencial: el fuego que había encendido no necesitaba rugir para ser devastador. Bastaba con una chispa bien colocada… y con alguien dispuesto a mirar cómo todo ardía.
Esa noche, la mansión Morgan se vació de voces que nunca debieron tener poder.
Y Cora, envuelta en su bata, descendió un escalón más, no como una víctima curiosa, sino como la silenciosa autora de aquella purga.
El primer nombre de la lista aún no había caído.
Pero el mensaje había quedado claro.
Horas más tarde, cuando la noche ya había avanzado y el bullicio se había disipado como un mal sueño, Cora despertó con una sensación extraña: silencio absoluto. No el silencio tenso de antes, lleno de murmullos y pasos cautelosos, sino uno amplio, limpio, casi liberador.
Se levantó y salió al pasillo.
La mansión estaba casi vacía.
No había risas burlonas, ni órdenes ásperas, ni cuchicheos a sus espaldas. Las puertas de muchas habitaciones permanecían abiertas, desordenadas, abandonadas a toda prisa. El aire mismo parecía distinto, más liviano, como si la casa hubiera exhalado después de años conteniendo la respiración.
Cora sonrió.
Bajó las escaleras con paso despreocupado y, por primera vez, cantando. Una melodía suave, improvisada, que resonaba por los muros antiguos sin que nadie la callara. Entró al salón principal, tomó una botella de vino del aparador y se sirvió una copa generosa. El líquido oscuro brilló bajo la luz de las lámparas.
Alzó la copa en un brindis silencioso.
—Por el orden —murmuró—. Y por el silencio.
Bebió un sorbo y comenzó a girar lentamente, dejando que la falda de su bata se moviera con ella. Bailaba sola, libre, recordando los gritos de pánico, los rostros descompuestos, las súplicas inútiles. Cada recuerdo le provocaba una risa suave, casi incrédula. No era crueldad: era alivio. Era justicia largamente postergada.
Con la copa aún en la mano, avanzó por los pasillos hasta llegar a la oficina de su padre.
Empujó la puerta sin preocuparse por anunciarse.
La sonrisa se le congeló apenas cruzó el umbral.
Allí, sentado tras el escritorio de Casper Morgan, estaba el hombre a cargo.. El mismo al que había suplicado de rodillas horas antes. La misma presencia imponente, alta incluso estando sentado, con los hombros anchos tensos bajo el uniforme. Su expresión seguía siendo fría, impenetrable, como tallada en piedra.
Los ojos oscuros se alzaron lentamente para encontrarse con los de ella.
El contraste era brutal.
Cora, con una copa de vino en la mano, el cabello suelto, los labios curvados aún por la alegría.
Él, rígido, silencioso, dueño absoluto del espacio.
El tiempo pareció detenerse.
—Veo que se encuentra… de buen ánimo —dijo finalmente, con una voz profunda y controlada.
Cora tragó saliva. Su mente trabajó a toda velocidad. La joven frágil. Las lágrimas. La súplica. Todo debía volver a su lugar.
Bajó la copa apenas, recomponiendo el gesto.
—No esperaba encontrar a nadie aquí —respondió con cautela—. Creí que… ya se habían marchado.
El hombre no se movió. Apoyó ambas manos sobre el escritorio, observándola con una atención que la hizo sentir, por primera vez desde esa noche, desnuda.
—La mansión quedó vacía demasiado rápido —dijo—. Y con demasiada precisión.
Cora sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.
[Este hombre no es tonto..]
Había rogado como una niña indefensa… pero ahora, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que no correspondía al caos reciente, había dejado ver algo más.
Y él lo había notado.
El silencio entre ambos se tensó, cargado de preguntas no formuladas. La música inexistente de su baile se había apagado por completo.
Frente a ella ya no estaba solo un capitán del ducado.
Había alguien que observaba.
Que calculaba.
Que quizás empezaba a comprender que Cora Morgan no era lo que parecía.
Y esta vez, el fuego había encontrado algo distinto a la paja.
Había encontrado hielo.