Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 15: Lo que ven los demás
La luz de la cena en la villa Bellini era siempre la misma.
Las arañas de cristal, los platos de porcelana, los cubiertos de plata que habían pertenecido a alguna bisabuela. Los comensales, ocho alrededor de la mesa, con las conversaciones justas, los silencios justos, las sonrisas justas.
Monserrat conocía aquella coreografía mejor que cualquier otra. Sabía cuándo intervenir, cuándo reír, cuándo asentir con la seriedad que el tema requería. Lo hacía sin pensar, como quien respira.
Alessandro estaba a su derecha. De vez en cuando, su mano buscaba la de ella bajo la mesa. Un gesto privado, suyo, de siempre. Ella se la daba.
—…y entonces los D’Angello entraron en la operación —dijo uno de los socios, un hombre mayor con gafas de pasta—. Se llevaron la mitad del mercado en tres meses.
El nombre cayó en la mesa como cualquier otro.
Monserrat siguió sonriendo. Siguió asintiendo. Siguió siendo quien debía ser.
Pero algo en sus hombros, apenas una décima de segundo, cambió de posición.
Nadie en la mesa lo notó.
Casi nadie.
Valentina, al otro lado, llevó su copa a los labios. El gesto era normal, distraído, el de alguien que bebe vino mientras escucha una conversación. Pero sus ojos, por encima del borde de la copa, no se apartaron del rostro de su hermana.
Solo un segundo.
Luego bajó la copa y volvió a su conversación con el invitado de al lado.
La cena continuó.
Cuando los socios se fueron, ya era tarde.
Monserrat salió al jardín a tomar aire. La noche estaba fresca, con ese olor a tierra mojada que siempre llegaba después del riego automático de las ocho. Las estrellas, apenas visibles tras las luces de la ciudad.
Oyó pasos detrás.
—¿Todo bien? —preguntó Valentina, apareciendo a su lado.
—Sí. Solo quería respirar.
Valentina asintió. Se apoyó en la balaustrada junto a ella, mirando el jardín, sin mirarla.
—La cena ha ido bien —dijo.
—Sí.
—Los socios están contentos.
—Bien.
Una pausa.
—El proyecto con la fundación D’Angello —dijo Valentina—. ¿Cómo va?
Monserrat no la miró. Siguió observando el jardín.
—Va muy bien. La instalación será notable.
—Me alegra.
Otra pausa. Más larga.
—¿Cuánto contacto directo requiere con él?
Monserrat se volvió entonces. Valentina seguía mirando el jardín.
—El proyecto lo requiere.
—Claro. Solo me preguntaba si podemos estructurarlo de otra manera. Para que no tengas que estar tan… presente.
—Soy directora de la galería, Valentina.
—Lo sé. Solo pregunto.
—Ya te respondí.
Valentina la miró entonces, directamente.
—Sí —dijo—. Lo hiciste muy rápido.
Se quedaron en silencio. El jardín, la noche, la distancia entre ellas.
—Buenas noches, Monse —dijo Valentina.
—Buenas noches.
Valentina se fue. Sus pasos sobre la piedra, la puerta cerrándose, el silencio otra vez.
Monserrat se quedó sola, mirando la noche.
Al día siguiente, Bianca apareció en la galería a media tarde.
No había avisado. No solía hacerlo. Simplemente entró con dos cafés del local de la esquina y se sentó en el banco de la sala principal, frente a la pieza de Conti.
—Necesitaba salir de mi cocina —dijo—. Y pensar en otra cosa.
Monserrat dejó los papeles que estaba revisando y fue a sentarse a su lado.
—¿Problemas?
—No. Solo… no sé. Demasiado tiempo conmigo misma.
Miraron la escultura en silencio. La luz de la tarde entraba por los ventanales, rebotaba en la resina y volvía la pieza más viva.
—Luca y yo hablamos anoche —dijo Bianca.
—¿Y?
—Y nada. Hablamos. De cosas. De ustedes dos, también.
Monserrat no respondió.
—Dice que su hermano es diferente desde que te conoció. Que antes era… no sabe cómo explicarlo. Más cerrado. Más lejos. Y ahora…
—¿Ahora qué?
—Ahora va a reuniones que siempre delegaba. Ahora pregunta por la galería. Ahora dice tu nombre de una manera que Luca no había oído antes.
Monserrat pasó un dedo por el borde del banco. La madera, fría, lisa.
—No me digas esto —dijo.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué hacer con eso.
Bianca se volvió a mirarla.
—No tienes que hacer nada. Solo quería que lo supieras.
—¿Para qué?
—Para que dejes de preguntarte si es real.
El silencio se instaló entre ellas. La galería, en penumbra, con las obras respirando a su alrededor.
—Ya sé que es real —dijo Monserrat.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Ella tardó en responder.
—Que también es real lo otro. Alessandro. Mi familia. Mi vida. Todo eso también es real.
Bianca asintió despacio.
—Nadie dijo que fuera fácil.
—No. Nadie.
Siguieron mirando la escultura. La pieza de Conti, con su pesadumbre callada, con su pérdida suspendida en el aire.
—¿Tú qué harías? —preguntó Monserrat.
—No lo sé. Pero creo que ya no estás en tu lugar. Llevas tiempo sin estarlo.
Monserrat no respondió.
Bianca terminó su café, dejó el vaso vacío en el suelo y se levantó.
—Te quiero —dijo.
—Yo también.
Bianca se fue.
Monserrat se quedó sola frente a la pieza de Conti.
Monserrat se quedó sola frente a la pieza de Conti.
La galería fue vaciándose poco a poco. Primero los pasos lejanos, luego el cierre suave de una puerta, después solo el zumbido tenue del sistema de luces.
Permaneció unos minutos más, observando la obra sin verla del todo, como si algo en su interior siguiera buscando una respuesta que no terminaba de tomar forma.
Cuando por fin salió, la noche ya había caído sobre Florencia. Las calles estaban húmedas y el aire llevaba ese frío leve que anunciaba el final del día. Caminó despacio, dejando que el silencio la acompañara, sin intentar ordenar lo que sentía.
Horas más tarde, en la oscuridad de la habitación, Alessandro la abrazó por detrás mientras ella miraba por la ventana. La luna, casi llena, dibujaba sombras sobre los tejados de Florencia.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada.
Él no respondió. La giró despacio para mirarla a los ojos.
La luz de la luna le iluminaba medio rostro. El otro permanecía en sombra. Pero ella vio algo en su expresión que no había visto antes: una tensión, una urgencia contenida. Algo que no era el Alessandro tranquilo de siempre.
—Monse —dijo en voz baja.
Y la besó.
No fue como otras veces. No fue el beso lento y tierno que ella conocía, el de las buenas noches, el de los “te quiero” sin palabras. Fue más hondo. Más necesitado. Como si él intuyera algo que no podía nombrar, como si sintiera que ella se estaba alejando y quisiera retenerla con la boca, con las manos, con el cuerpo.
Ella sintió la diferencia.
Sintió la urgencia en sus labios, la presión de sus manos en su nuca, la manera en que la sostenía como si pudiera escaparse. Y respondió. No por obligación. No por costumbre. Respondió porque Alessandro era real, porque lo que sentía por él también lo era, porque cuatro años no se borraban con un beso ni con una mirada ni con nada.
Él la atrajo más cerca. Sus manos buscaron su rostro con una ternura que rozaba la desesperación. Ella cerró los ojos.
Y supo, en ese instante, que estaba completamente ahí.
Y al mismo tiempo, que estaba traicionando algo que ni siquiera había empezado.
Cuando el beso terminó, él apoyó la barbilla en su hombro y se quedó así, abrazándola, respirando contra su piel.
—A veces —dijo en voz baja— siento que una parte de ti está en otro lugar.
Ella no respondió.
—No es una queja —añadió—. Solo… lo siento.
Ella siguió en silencio.
—¿Monse?
Pero ella ya había cerrado los ojos. O fingido cerrarlos.
Alessandro la abrazó un poco más fuerte. Luego se quedó quieto, respirando a su lado, esperando el sueño que no llegaba.
Ella no se movió.
Pasó un minuto. Acaso diez.
Cuando la respiración de él se volvió más profunda, cuando supo que estaba dormido, abrió los ojos.
La luna seguía ahí. El peso de su brazo sobre su cintura. Su respiración tranquila, confiada.
Por primera vez, no miró las grietas del techo.
Miró la luna.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴