Elena: Una talentosa restauradora de arte que perdió la confianza en su talento tras un accidente que le dejó una leve secuela en la mano derecha. Es perfeccionista, un poco retraída y está tratando de reconstruir su vida en un pueblo costero alejado del caos de la ciudad. podrá encontrar su rumbo en este lugar?
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13: EL COLOR DE LA CALMA
La mañana después de la detención de Garrido, el pueblo de San Lorenzo de los Vientos amaneció con una luz dorada y limpia, como si la tormenta legal se hubiera llevado consigo la bruma salina que solía empañar los cristales.
Elena se despertó en el pequeño sofá de su taller, envuelta en una manta de lana que olía a madera y a Julián. Él se había quedado dormido en una silla junto a ella, con la cabeza apoyada en la mesa de trabajo, rodeado de botes de pigmentos y planos de barcos.
Se veía tan joven cuando dormía. Sin la tensión en la mandíbula y el ceño fruncido por las preocupaciones judiciales, Julián recuperaba esa expresión de soñador que seguramente tuvo antes de que su primer edificio se convirtiera en una pesadilla de hormigón. Elena estiró su mano derecha y, con una lentitud deliberada, acarició el cabello castaño del hombre. Sus dedos temblaron un poco, pero no por la lesión, sino por la intensidad de lo que sentía.
—¿Es un sueño o de verdad me estás haciendo mimos?
murmuró Julián sin abrir los ojos, con una sonrisa perezosa dibujándose en su rostro.
—Es una inspección técnica
bromeó Elena, retirando la mano rápidamente, aunque él la atrapó al vuelo y la llevó a sus labios.
—Pues la inspección dice que los cimientos están sólidos, pero el arquitecto necesita un café de tres pisos para funcionar.
Se levantaron con la torpeza propia de quien ha pasado la noche en vela por una persecución policial. Mientras Elena preparaba una cafetera italiana, el sonido del televisor antiguo en el rincón del taller rompió la calma. Las noticias locales abrían con la imagen de Ernesto Garrido saliendo del juzgado cubriéndose la cara con una chaqueta.
Giro inesperado en el caso de la Constructora Garrido. Nuevas pruebas obtenidas en el puerto de San Lorenzo vinculan directamente al empresario con la falsificación de materiales. El arquitecto Julián Torres, anteriormente principal sospechoso, podría quedar libre de cargos en las próximas horas.
Julián apagó la televisión con un suspiro largo, uno que pareció expulsar todo el aire viciado que llevaba en los pulmones desde hacía tres años. Se quedó mirando la pantalla en negro, procesando que el mundo, finalmente, sabía la verdad.
—No me siento tan diferente como pensé
confesó él, aceptando la taza que Elena le ofrecía
— Pensé que cuando llegara este momento, saldría a la calle a gritar. Pero solo... solo quiero quedarme aquí. Contigo.
—Es el síndrome del náufrago, Julián
dijo Elena, sentándose frente a él.
— Nos acostumbramos tanto a luchar por no hundirnos que, cuando llegamos a tierra firme, no sabemos cómo caminar sin que todo se mueva.
El momento íntimo fue interrumpido, como era de esperar, por un estruendo en la puerta. No era la policía, ni Garrido, sino doña Rosario escoltada por una comitiva de vecinos que traían bandejas de comida como si estuvieran celebrando las fiestas patronales.
—¡Abran paso a los héroes del TikTok!
gritó Rosario, entrando con una bandeja de calamares fritos a las diez de la mañana
— ¡Tato dice que el video del dron tiene ya un millón de visualizaciones! ¡Hay periodistas en la entrada del pueblo preguntando por la restauradora ninja y el arquitecto de los barcos!
Elena y Julián se miraron con horror. La fama era lo último que querían.
—¡Rosario, por Dios! —exclamó Julián
— ¡Diles que no estamos! ¡Diles que nos hemos ido a las islas Fidji!
—No seas aguafiestas, muchacho
replicó Rosario, dejando la comida sobre una mesa de restauración, para disgusto de Elena.
— El pueblo está orgulloso. Marta ha puesto un cartel en el café que dice: Aquí desayunan los que hunden corruptos. Además, ha venido alguien que quiere hablar con Elena.
Una mujer de unos cincuenta años, vestida con una elegancia sobria que gritaba alta sociedad madrileña, se asomó tímidamente por la puerta. Elena la reconoció al instante: era la directora de la Fundación Patrimonio Vivo, una de las instituciones que más la había apoyado antes del accidente.
—¿Elena?
preguntó la mujer.
— Siento presentarme así, pero vi el video... vi cómo manejabas ese aparato. Vi la precisión, la calma. Y luego vi las fotos de la subasta de la pieza de madera de teca.
Elena sintió que el corazón se le aceleraba.
—Señora directora... yo... mi mano aún...
—Tu mano no es el problema, Elena. Tu problema era el miedo
dijo la mujer, acercándose al caballete donde descansaba el cuadro romántico que Elena había empezado a limpiar.
— Queremos que vuelvas a la capital. Tenemos una colección de tallas de madera coloniales que han sufrido daños por humedad. Nadie en el país tiene la sensibilidad que tú has demostrado para trabajar la teca de esa forma tan orgánica. No queremos una restauración perfecta, queremos una restauración con alma.
Julián observó la escena desde la distancia. Sintió una punzada de orgullo, pero también un miedo gélido. Si Elena volvía a la ciudad, si recuperaba su carrera... ¿qué pasaría con ellos? ¿Qué pasaría con este refugio de salitre y madera que habían construido?
Elena notó la mirada de Julián. Se volvió hacia la directora, con una madurez que no tenía hace apenas unas semanas.
—Agradezco la oferta, de verdad. Pero ya no soy la restauradora que vivía en un estudio de cristal en Madrid. Aquí he aprendido que el arte no solo se mira, se vive. Aceptaré el encargo, pero con una condición: las piezas vendrán aquí, a San Lorenzo. Voy a convertir este taller en un centro de restauración y creación. Y necesitaré a un consultor estructural que sepa de maderas y de resistencia.
Miró a Julián, que abrió los ojos de par en par. La propuesta era clara: no se trataba de volver al pasado, sino de construir un presente juntos.
—Esa parece una estructura muy sólida, arquitecto
dijo la directora, mirando a Julián con una sonrisa
— ¿Cree que podrá con el cargo?
Julián se acercó a Elena y le rodeó la cintura con el brazo, pegándola a él.
—Creo que es el proyecto más ambicioso y hermoso en el que he trabajado jamás. Aceptamos.
La mañana continuó entre risas, vecinos comiendo calamares y Rosario intentando explicarle a la directora de la Fundación por qué su cabra debería ser la imagen oficial del nuevo centro de arte.
Cuando todos se fueron, Elena y Julián salieron al pequeño porche del taller. El sol de mediodía calentaba las tablas de madera.
—¿Estás segura de esto?
preguntó él, mirando el mar.
— Podrías ser famosa en Madrid. Podrías tenerlo todo otra vez.
—Ya lo tengo todo
respondió ella, entrelazando sus dedos con los de él.
— Tengo una mano que crea cosas nuevas, un pueblo que me quiere y a un hombre que diseña el futuro conmigo. Lo demás... lo demás es solo barniz.
Se besaron bajo el sol de medio dia, un beso largo que sabía a planes compartidos y a una paz que ya no era una tregua, sino un estado permanente. Sin embargo, el destino, ese que se manifestaba cada 14 de febrero, todavía tenía cartas bajo la manga. Mientras ellos planeaban su nuevo taller, en la oficina de correos del pueblo, un sobre azul sin remitente esperaba ser entregado. Un sobre que contenía una noticia que cambiaría la estructura de sus vidas de una forma que ni el mejor arquitecto podría haber previsto.