Ayla tiene veinticuatro años, un cuerpo lleno de marcas y un secreto que no puede contarle a nadie: el hombre que mató a su madre es el mismo que la tiene prisionera.
Cada noche, Ayla escapa al único bar abierto en el morro, buscando en el fondo de una botella unas horas de paz. Pero alguien la está observando. William —conocido como Sombra, el dueño del morro— no es el tipo de hombre que mira para otro lado cuando algo no le cuadra. Y esa mujer de lentes oscuros y mangas largas en pleno calor de Río de Janeiro le despierta algo que no logra ignorar.
Cuando Ayla aparece una noche al borde del colapso, Sombra toma una decisión que cambiará la vida de ambos: llevarla a su casa, ponerla bajo su protección y jurar que nadie volverá a tocarla.
Lo que ninguno de los dos esperaba era enamorarse.
Pero en el morro, el amor no viene sin guerra. Un enemigo implacable quiere a Ayla de vuelta. Secretos familiares enterrados durante décadas empiezan a salir a la superficie. Y Ayla descubrirá que la mujer rota que llegó pidiendo ayuda tiene dentro de sí una fuerza que nadie —ni ella misma— sabía que existía.
Una historia de amor intenso, lealtad inquebrantable y transformación en el corazón de las favelas de Río de Janeiro. Para lectoras que no le temen a las emociones fuertes.
Contenido para mayores de 18 años.
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Capítulo Cinco
Capítulo Cinco
William (Sombra)
Ya estábamos en el bar esperando que la tal Ayla apareciera. Ya pasaban de las diez y media y nada que llegaba la mina.
— ¿Será que le pasó algo? — Pedro habla preocupado.
— Relájate, parcero, la vampira ya va a aparecer. — Ctreze dice riéndose y BN lo secunda.
Solo puse los ojos en blanco. Cuando miro hacia afuera, veo que aparece una mina toda chiquita. Debía medir 1.50 de altura, porque era pequeñita. Llevaba unos pants y una sudadera y unos malditos lentes en la cara. Su cabello negro que le llegaba hasta la mitad de la cintura le cubría una parte del rostro.
En cuanto vio a los muchachos abrió una sonrisa, y la verdad hasta que tenía una sonrisa bonita. Se acercó y noté que estaba cojeando. Vi que no fui solo yo el que lo notó, porque enseguida los muchachos cambiaron la expresión.
— Buenas noches, chicos. Voy solo a buscar una bebida y me les uno. — Dice con una voz débil.
Se aleja y va hasta la barra.
— ¿Vieron? — Pedro pregunta.
— Sí, está cojeando, parece que está lastimada. — BN habla.
Antes de que pudiera decir algo, la mina vuelve con una botella de whisky en una mano y un vaso en la otra. Se sienta entre Pedro y yo.
— ¿Estás bien, Ayla? — Pedro pregunta.
— Sí, estoy bien. ¿Y ustedes, chicos, cómo están? — Pregunta.
— Estamos bien, solo trabajando de más. Nuestro jefe es insoportable, ya sabes cómo es. — Ctreze habla y los muchachos se ríen.
— Nadie se queja de mí cuando recibe el sueldo a fin de mes. — Digo y se quedan callados.
Ayla miró a los muchachos y soltó una risa rica.
— Disculpa, ¿tú eres el jefe de ellos? — Se voltea hacia mí con una sonrisa en el rostro.
— Sí, me llamo Sombra, mucho gusto. — Digo mirándola.
Por más que estuviera con toda esa ropa, con esos malditos lentes oscuros, solo su sonrisa mostraba lo linda que es.
— Mucho gusto, Sombra. Como escuchaste, me llamo Ayla.
Seguimos conversando y realmente la mina es genial de verdad. Como dijo Ctreze, ella evitaba cualquier pregunta sobre ella o su vida, lo cual era extraño. Observándola noté un corte en su boca que empezaba a cicatrizar, y noté que no se movía mucho, como si tuviera dolor en el cuerpo.
Pasó una hora y media y noté que Ayla se quedó un poco callada. A veces se mordía el labio como si quisiera reprimir algo.
— Chicos, creo que me voy. — Dice levantándose con cierta dificultad.
— ¿Ya te vas? Quédate un rato más. — Pedro dice.
— No puedo, chicos, necesito irme, pero gracias por la compañía. — Habla y abre una sonrisa.
Ayla camina muy despacio hasta la barra y noto que se lleva la mano al estómago. Después de algunos minutos pagando, se dirige a la salida y se voltea hacia nosotros de nuevo y se despide con la mano.
Empieza a caminar y sigo mirándola, hasta que se detiene y empieza a toser. Su cuerpo empieza a inclinarse despacio y termina cayendo de rodillas.
Los muchachos y yo nos levantamos corriendo y fuimos a ayudarla.
— Ayla, ¿estás bien? — Pedro pregunta, agachándose junto a ella.
Lo miro y veo que está asustado por algo. Me acerco a ella y me agacho para ver cómo está y veo que tiene sangre en las manos.
— Tenemos que llevarla al centro de salud, rápido. — Digo cargándola con la ayuda de los muchachos.
En cuanto empezamos a ayudarla a venir a mis brazos, ella gimió de dolor y se llevó la mano al estómago.
Cuando ya está en mis brazos, le pedí a Pedro que le quitara los lentes, y en cuanto miro su rostro, tiene un hematoma morado alrededor de los ojos. Eso me llenó de rabia.
Corrí con ella hasta el centro de salud que quedaba cerca de donde estábamos.
— Ayla, quédate despierta, te estamos llevando al centro de salud. — Digo.
— Él... me... va... a matar. — Dice casi en un susurro y se desmaya en mis brazos.
En cuanto entré, grité pidiendo un médico y enseguida el Doctor Ramón apareció con algunos enfermeros. En cuanto desaparecieron con ella, vi a Pedro y a los muchachos llegar.
— ¿Ya se la llevaron? — Pedro pregunta jadeando.
— Sí. — Digo mirando la puerta por donde ella entró.
— ¿Será que está enferma? — BN pregunta.
— Realmente no sé, pero algo me dice que esto es por alguna agresión. — Digo y ellos me miran. — Tiene un morado en la cara, una marca de puñetazo, por eso los lentes oscuros. Y cuando la estaba trayendo, susurró "él me va a matar".
— ¿Será que fue su padrastro? — Ctreze pregunta.
— Tenemos que esperar a que salga de aquí para que nos explique todo. — Pedro habla.
— Tú me comentaste que ella lleva aquí unos dos meses. Quiero que saquen la información de ella y de su padrastro de nuevo y hagan una investigación más detallada de la vida de los dos. — Digo mirándolos.
— Dalo por hecho, jefe. — BN habla.
Los muchachos se fueron y mi hermano y yo nos quedamos en la recepción esperando. Ya llevábamos casi tres horas cuando el doctor apareció con una cara nada buena.
— Sombra. — Me llamó.
— Dígame, doctor, ¿qué le pasó? — Pregunto.
— Realmente ni sé cómo decirles esto, pero lo único que les pido es que cuiden de ella, porque la persona que le hizo eso merecería estar en la cárcel. — El doctor habla y mi hermano y yo nos miramos.
— ¿De qué está hablando, doctor? — Pregunto con la ceja levantada.
— Sombra, la chica llegó aquí con cuatro costillas rotas, una de ellas le perforó el pulmón, por eso tosía sangre. Cuando le quitamos la ropa para examinarla, vimos diversos hematomas por el cuerpo, quemaduras en los muslos y en los brazos, y lo peor de todo es que durante los exámenes descubrimos algunas laceraciones en sus partes íntimas, indicando un abuso reciente. — Hace una pausa y suspira. — Por mi experiencia puedo decir que esto viene pasando desde hace un tiempo, ella tiene algunas marcas que no lograron sanar bien.
Mi hermano y yo no pudimos decir nada, estábamos sin reacción. ¿Cómo alguien podía hacerle eso? Yo estaba seguro de que quien se lo hizo fue su padrastro, pero esa confirmación solo podía darla ella.
— ¿Cuándo va a despertar, doctor? — Pregunto.
— Está en el cuarto. Creo que para la mañana va a despertar, necesito que alguien se quede con ella aquí. — Dice.
— Yo me quedo. Necesito que usted hable con su personal y no deje que nadie hable de ella. No quiero que sepan que está aquí. — Digo.
— Está bien, Sombra, solo encuentren al hombre que hizo esto y háganlo pagar. — El doctor dice enojado.
— ¿Puedo verla ahora? — Pregunto y el doctor asiente.
Acompañamos al médico hasta el cuarto y en cuanto entré me impactó verla de esa forma. Su piel morena estaba llena de hematomas. Solo los brazos estaban descubiertos, pero si ya estaban así de maltratados, me imaginaba el resto del cuerpo. Me fui acercando más y vi su rostro lastimado. Incluso con el hematoma se notaba que tenía un rostro hermoso.
— Dios mío, William, tenemos que matar a ese desgraciado. — Pedro habla enojado.
— Calma, Pedro, no sabemos si fue él quien hizo esto. No sabemos si ella tiene un novio, o si fue otra persona. — Digo y Pedro me mira.
— Sombra, es obvio que fue el padrastro el que le hizo esto. — Pedro habla indignado.
— Lo sé, Pedro, pero necesito que ella despierte y me lo confirme. No puedo salir a matar sin saber la verdad. — Digo enojado. — Me quedo con ella esta noche, ve a casa y habla con nuestra mamá.
— Está bien, hermano. Cualquier cosa me llamas. — Dice serio y sale del cuarto.
Me quedé un rato mirándola y luego me senté en el sillón que había en el cuarto, recosté la cabeza y terminé quedándome dormido.