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El Despertar De La Flor De Plata

El Despertar De La Flor De Plata

Status: En proceso
Genre:Cambio de Imagen / Viaje a un mundo de fantasía / Mundo de fantasía / Bestia
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: ska

En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.

Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.

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CAPITULO 18

El claro que precedía a la cueva de Mei se había transformado por completo en menos de dos soles. Ya no era el rincón olvidado y sombrío de una paria; ahora bullía con una actividad rítmica y organizada que desafiaba el gélido abrazo de la Luna Blanca. Siguiendo el veredicto del jefe Gorik, el sendero alto de los osos había sido limpiado de nieve por las propias manos de las hembras de los nidos bajos, creando un acceso firme hacia lo que todos empezaban a llamar de manera oficial la Casa del Hilo y la Medicina.

Dentro del refugio, el aire era cálido y olía intensamente a resina de pino, menta seca y el sutil aroma dulzón de las papas que se asaban lentamente bajo las cenizas del fogón central. Mei, vistiendo su impecable Traje de Ortiga, supervisaba el espacio con la precisión de una jefa de producción industrial.

Había organizado la cueva en tres sectores perfectamente delimitados: el área de molienda y medicina, donde Nila machacaba la corteza de sauce; el área de hilado, donde varias hembras jóvenes hacían girar los husos de arcilla cocida; y la zona del telar, donde Sora, la hembra ciervo, intentaba dominar la tensión de su propio telar de cintura bajo la atenta mirada de la agrónoma.

—Mantén la espalda recta, Sora —instruyó Mei, inclinándose para corregir la postura de la mujer—. Si te encorvas, los hilos de la urdimbre perderán tensión y el machete de tejer no podrá apretar la trama. La tela debe quedar tan junta que ni el agua del río pueda filtrarse entre los hilos. Tu propio peso es el que dicta la fuerza del tejido.

Sora exhaló un suspiro, enderezando la columna y tirando de la correa de cuero atada a su cintura. Clac, clac. Pasó la lanzadera de madera con dedos temblorosos pero llenos de entusiasmo. Al ver cómo una nueva sección de tela marfil nacía de sus propias manos, sus ojos de ciervo brillaron con una devoción casi mística.

—Es como magia, Lin Mei —susurró Sora, sin apartar la vista del hilo—. Toda mi vida pensé que el invierno significaba ver a mis crías temblar bajo pieles tiesas y sucias. Ahora... siento que tengo el poder de protegerlas yo misma, sin rogarle a los guerreros por un pedazo de cuero desechado.

—No es magia, Sora. Es tecnología —respondió Mei con una sonrisa suave, validando el esfuerzo de la madre—. La fuerza de los machos sirve para derribar grandes bestias, pero la inteligencia de nuestras manos es lo que mantiene viva a la especie cuando la caza falla. Recuerda eso.

Mientras el sonido regular de los telares llenaba la cueva, una sombra pesada se detuvo en la entrada de la cueva. Las hembras que hilaban detuvieron sus husos de golpe, el miedo ancestral a los guerreros alfa haciéndolas encogerse en sus sitios.

Mei se giró despacio. En el umbral de piedra se encontraba Torg, uno de los cazadores más experimentados de la división de osos, un macho robusto de pelaje canoso en los brazos que solía mantenerse al margen de las riñas infantiles de Boran. El gigante venía cargando sobre sus anchos hombros un fardo colosal de leña de roble seco, perfectamente cortada, y en su mano derecha sostenía un costillar limpio y fresco de un ciervo de las nieves que acababa de abatir.

Torg miró el interior de la cueva, visiblemente impactado por el orden, el calor y el extraño Traje de Ortiga que vestía Mei. Tragó saliva, dando un paso al frente con una timidez que contrastaba con su enorme tamaño.

—Lin Mei... —habló Torg, su voz un barítono áspero pero respetuoso—. Vengo por el trueque que dictó el jefe Gorik. Mi cría más pequeña, una hembra de un solo invierno, no para de arder por la fiebre de la nieve. Talia me dijo que no había más pieles en la gran cesta y que las raíces curativas se habían congelado. Traigo leña seca del bosque alto y la mejor carne de mi caza de hoy. Exijo... no, pido la medicina del sauce y una de tus mantas de hilo.

Mei analizó al cazador con sus ojos almendrados. No había rastro de la soberbia que Boran mostraba; solo la desesperación de un padre que veía a su estirpe peligrar.

—Tu leña está bien cortada, Torg, y la carne es fresca —declaró Mei, caminando hacia la repisa de almacenamiento—. El trueque es justo. Nila, trae la leña dentro y coloca la carne en las rocas frías del fondo.

Mei tomó un vial de calabaza sellado con cera de abejas que contenía la dosis exacta de polvo de sauce blanco y una pequeña manta de tela de ortiga que había terminado esa misma mañana. Se acercó al gigante y depositó los objetos en sus enormes manos texturizadas.

—Escúchame bien, Torg —instruyó Mei, mirándolo fijamente—. Pon la mitad de este polvo en agua hirviendo y dáselo a beber a tu cría dos veces al día, cuando el sol esté en lo alto y cuando la luna se oculte. Luego, despoja a la niña de cualquier piel mojada o grasienta, límpiala con agua tibia y envuélvela en esta manta de tela. No permitas que la humedad de tu nido comunal toque el tejido; la tela debe mantenerse seca para que su pecho respire.

Torg apretó la manta contra su pecho, maravillado por la ligereza y la calidez que desprendía el material. Miró a Mei con un profundo respeto, haciendo una inclinación de cabeza que un guerrero de su estatus rara vez otorgaba a una hembra sin nido.

—Si mi cría sobrevive a esta noche, Lin Mei... mi hacha y mi lanza estarán a tu servicio en la plaza —prometió el cazador—. Boran dice que eres una paria peligrosa, pero yo solo veo a la única salvadora de nuestros hijos. Gracias.

El guerrero dio media vuelta y descendió el sendero a grandes zancadas, ansioso por salvar a su pequeña.

Sora se acercó a Mei, mirando el costillar de ciervo y la pila de leña nueva. —Es el tercer cazador que baja la cabeza ante ti hoy, Lin Mei. Talia debe estar revolcándose en el lodo de su nido. Toda la comida de calidad y la leña seca de la tribu está subiendo a esta colina. Te has convertido en el verdadero corazón de la Roca.

—Esto es solo el comienzo, Sora —respondió Mei, sus ojos fijos en la entrada de la cueva, donde los copos de nieve comenzaban a danzar nuevamente—. El almacenamiento de recursos nos dará el poder político necesario para cuando el invierno llegue a su punto más crítico. Pero necesitamos expandir la Casa del Hilo. Las ortigas del río bajo se están terminando debido al hielo. Mañana tendremos que arriesgarnos a buscar en la vaguada del sur, cerca de los límites de los leones.

Las hembras asintieron, dispuestas a seguirla a cualquier rincón del continente con tal de mantener el fuego del desarrollo encendido.

Al final de la jornada, cuando las recolectoras regresaron a sus nidos para alimentar a sus familias con las papas asadas obtenidas por su trabajo, Mei se quedó sola junto al fogón. Se sentó en su roca plana, sacó su aguja de hueso y comenzó a refinar los detalles de una nueva prenda: una capa de tela reforzada con hilos dobles que pretendía probar en las condiciones más extremas de la ventisca.

Sin embargo, el silencio de la noche fue interrumpido por un aroma que Mei ya reconocía con una familiaridad que empezaba a perturbar su mente científica. El olor a menta de su refugio fue sutilmente desplazado por el perfume a sol de sabana, cuero curtido y una intensa masculinidad salvaje.

Mei no levantó la vista de su costura. —Entra, Kaelen. Tus guerreros del sur son muy buenos ocultando sus huellas en la nieve, pero tú dejas un calor que se siente a tres metros de distancia.

Una risa baja, musical y sumamente profunda resonó desde la entrada. Kaelen dio un paso hacia la luz del fuego, sacudiendo su majestuosa melena dorada que venía salpicada de cristales de hielo. Esta vez, el líder de los leones vestía una capa corta de piel de pantera negra que resaltaba la musculatura de su pecho y hombros dorados, dándole un aire de realeza guerrera absoluto.

—Es un insulto a mis habilidades de cazador que me descubras tan rápido, mi flor de plata —ronroneó Kaelen, caminando con pasos felinos y elegantes hasta quedar justo al lado de la roca de Mei. Se agachó, quedando a su altura, sus ojos ámbar brillando con una mezcla de orgullo y un deseo denso que parecía calentar el ambiente cerrado—. Pero admito que disfruto saber que tu cuerpo ya reconoce mi presencia antes de que tus ojos me miren.

Mei detuvo la aguja en el aire, girando la cabeza para sostenerle la mirada con esa serenidad analítica que el león adoraba. —Tu presencia es una distracción para mi trabajo, gran líder. He visto cómo tus patrullas se acercaron hoy a la vaguada del sur. Estás estrechando el cerco alrededor de la Tribu de la Roca. Viniste a ver si el veredicto del jefe Gorik me debilitaba, ¿verdad?

La sonrisa de Kaelen se volvió más sutil, una chispa de seriedad cruzando sus pupilas verticales. —Vine a ver cómo administrabas tu victoria, Lin Mei. Y lo que encuentro me fascina. Los cazadores de la Roca están entregándote sus mejores tributos a cambio de tus hilos. Has creado un sistema donde los machos más fuertes trabajan para ti. Eres más reina de este valle de lo que la hembra zorro jamás soñó ser.

—No busco ser reina, Kaelen. Busco ser eficiente —replicó Mei, volviendo a su costura—. Los osos están entendiendo que la fuerza bruta no se puede comer ni los puede abrigar cuando la ventisca congela los huesos. Es pura lógica de supervivencia.

Kaelen estiró su mano larga y fuerte, atrapando suavemente la muñeca de Mei, deteniendo el movimiento de la aguja. El calor de su palma era como un brasero encendido contra la piel pálida de la joven. Mei sintió un latido eléctrico recorrer su brazo, pero no apartó la mano; sostuvo la mirada del felino con firmeza.

—La lógica es buena para los hilos, Lin Mei —dijo Kaelen, su barítono profundo volviéndose una vibración íntima que rozó la mejilla de la agrónoma—. Pero el invierno se está cobrando vidas en el norte. La gran helada destruirá la alianza de las tribus antes de que el hielo se derrita. Mi oferta sigue en pie. Cuando las piedras de este valle comiencen a quebrarse por la escasez, mi nido en el sur estará abierto para ti y para las mujeres que te siguen. No como súbditas... sino como el corazón de mi imperio.

Mei observó los ojos ámbar del león, detectando una honestidad brutal que iba más allá del simple instinto de apareamiento de las bestias. Kaelen veía en ella el futuro de su especie.

—Tu oferta es tentadora, Kaelen —respondió Mei en voz baja, manteniendo la compostura—. Pero una científica no abandona su laboratorio cuando el experimento se pone interesante. La Tribu de la Roca está cambiando gracias a mi hilo. Si tus leones quieren mi tecnología, tendrán que aprender a negociar conmigo en mis propios términos, no como un botín que te llevas a tu nido.

Kaelen soltó la muñeca de Mei lentamente, permitiendo que sus dedos rozaran la tela de su chaqueta con una delicadeza asombrosa. Se levantó cuán largo era, su imponente figura llenando la cueva con una soberbia magnífica.

—Me encanta cuando desafías mi fuerza con tu mente, pequeña flor —ronroneó el león, dándose la vuelta hacia la salida—. Sigue tejiendo tu imperio de ortigas. Pero recuerda: un león hambriento es un cazador paciente, y yo ya he decidido que no habrá otro aroma en mi nido que el de tu menta silvestre. Prepárate para los soles que vienen; la Roca está a punto de agrietarse.

El fiero líder desapareció en la ventisca de la noche, dejando a Mei a solas con el calor de su fuego y el sonido de su propio corazón, que por primera vez en este mundo salvaje, latía con un ritmo que la ciencia no podía explicar del todo. La Casa del Hilo estaba firme, pero las sombras de la guerra geopolítica entre los osos y los leones ya se proyectaban sobre el lienzo blanco del invierno.

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Irma Morena Ruelas Cueva
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Victoria Avon Chang
ME GUSTA LA TRAMA ES NUEVA PARA MI POR LAS TRIBUS DE BESTIAS
Irma Morena Ruelas Cueva
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Yarelis Armas Pérez
q tipo de hembra es mei ? una osa ?

zorra ? ¿ q animal ?
Yarelis Armas Pérez: ahora me quedare con la duda 😗😗😗

bueno a seguir leyendo
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Victoria Avon Chang: Ne encanta la trama Autora gracias
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