Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 17: El reto que él no puede perder.
La tarde caía sobre los jardines de la mansión Wén, tiñendo de ámbar las hojas del gran árbol de ginkgo bajo el que siempre se sentaban. Li Longjun miraba a Roxana con esa mezcla de amor, desesperación y deseo que ya era parte de cada uno de sus gestos. Había pasado meses entregándolo todo: riquezas, protección, poder, regalos increíbles, favores para su familia… y, sin embargo, ella seguía ahí, cerca de él, sí, amable y atenta, pero con su corazón todavía cerrado, manteniendo esa distancia que lo volvía loco y lo hacía quererla más cada día.
Había intentado de todo. Había sido el Emperador generoso, el hombre apasionado, el amigo fiel. Pero nada parecía ser suficiente para ganarse lo que más deseaba: su amor libre, sincero y entregado.
Esa tarde, después de que él le contara con entusiasmo cómo había ordenado traer semillas de tierras lejanas solo porque ella había mencionado que le gustaría estudiarlas, Roxana lo miró fijamente, con esa calma profunda que siempre lo desarmaba, y le habló con palabras claras, directas y definitivas:
—Li Longjun, escúchame bien. Me has dado tesoros que valen imperios, me has dado protección que nadie más tiene, me has dado todo lo que tu corona puede ofrecer. Pero te lo he dicho antes y te lo repito ahora: si quieres mi corazón, gánatelo con hechos, no con tu corona.
Él abrió los ojos, confundido y herido, e intentó hablar:
—¿Acaso no lo hago? ¿Acaso no hago todo lo que puedo? Muevo el mundo por ti, cambio leyes por ti, dejo todo por venir a verte…
Ella negó despacio con la cabeza, se inclinó un poco hacia él y sus palabras fueron firmes pero suaves:
—Haces todo usando lo que eres: el Emperador. Usas tu poder, tu dinero, tus órdenes. Pero yo no me enamoro del Emperador. Yo me enamoraría del hombre. Hasta ahora, me has demostrado cuánto puedes darme… pero no me has demostrado quién eres realmente, ni si puedes caminar a mi lado como un igual, sin usar tu título para imponerte o para resolver todo.
Hizo una pausa, y en sus ojos brilló ese reto que él ya conocía y que lo fascinaba:
—Si de verdad quieres ganarme, olvida por un momento que eres el dueño de todo. Olvida que tienes soldados y tesoros. Demuéstrame que me entiendes, que valoras lo que yo valoro, que estás dispuesto a cambiar y a aprender, igual que yo lo haría por ti. Gánatelo con hechos sencillos, con respeto, con acciones que salgan de tu corazón y no de tu trono. Y ten por seguro: es un reto que no podrás ganar si sigues siendo solo el Dragón.
Li Longjun se quedó en silencio, absorbido por cada una de sus palabras. Al principio, sintió frustración, rabia, esa sensación de que nada de lo que hacía era suficiente. Pero luego, poco a poco, esa frustración se transformó en algo mucho más fuerte: determinación absoluta.
Ella le había lanzado un desafío. El reto más grande, más difícil y más importante de su vida. Y él, que nunca había perdido ninguna batalla, que nunca había dejado que nadie le ganara en nada… supo en ese mismo instante que este era un reto que no podía perder. Porque perderlo significaba perderla a ella. Y perderla a ella era algo que no podía soportar ni imaginar.
Se puso de pie despacio, la miró a los ojos con una intensidad que hizo que el aire entre ellos se llenara de emoción, y le respondió con voz profunda y llena de promesas:
—Acepto tu reto, Roxana. Olvidaré la corona, olvidaré el trono, olvidaré que soy el Emperador. Desde hoy, actuaré solo como el hombre que te ama, que te respeta y que hará todo lo posible para ganarse tu corazón. Y te prometo que no descansaré, no pararé, hasta que me digas que lo he conseguido.
Un cambio que nadie entendía. Desde ese día, en el palacio y en todo el imperio, empezaron a pasar cosas que nadie podía explicar, cosas que ningún otro emperador habría hecho jamás, cosas que rompían todas las tradiciones, todas las normas y todas las costumbres de siglos.
Li Longjun dejó de comportarse como el señor absoluto que todo lo ordenaba y todo lo imponía. Empezó a actuar de formas que dejaban asombrados a sus ministros, a sus consejeros y a toda la corte.
Caminar a su lado, no delante
Lo primero que cambió fue su forma de estar con ella. Antes, cuando iban a algún lugar, él caminaba siempre delante, con su séquito detrás, y ella caminaba unos pasos atrás, como mandaba la etiqueta. Pero ahora, todo cambió.
Un día, cuando fueron a visitar unas obras de riego que ella misma había diseñado, los guardias se dispusieron a abrir paso, como siempre. Pero Li Longjun se detuvo, se giró hacia Roxana, le ofreció el brazo con suavidad y le dijo:
—Vamos juntos. Caminaremos al mismo paso, lado a lado. Tú me enseñas, yo te escucho. Y nadie irá delante de nadie.
Y así lo hicieron. Caminaron juntos, hombro con hombro, hablando despacio, él escuchando cada palabra, ella explicando cada detalle, como dos compañeros iguales, sin títulos, sin jerarquías. Los funcionarios y trabajadores que los veían quedaban con la boca abierta, sin creer lo que pasaba. Nunca habían visto a un emperador caminar así, ceder su lugar, tratar a una mujer como a su igual. Pero para Li Longjun, eso era parte de su reto: demostrarle que ella no era algo que él poseía, sino alguien a quien él valoraba y respetaba por encima de todo.
Escuchar sus opiniones… y seguirlas
Antes, cuando ella le daba ideas, él las aceptaba porque confiaba en ella, pero a veces lo hacía como un favor, como algo que le daba gusto hacer por ella. Ahora, escuchaba sus opiniones con una atención absoluta, con el respeto que se le da al sabio más grande del mundo.
En las reuniones de gobierno, cuando los ministros discutían sobre impuestos, sobre cosechas, sobre leyes, él ya no tomaba decisiones solo basándose en su criterio o en lo que le decían los ancianos. Ahora, lo primero que hacía era preguntar:
—¿Qué piensa la señorita Wén sobre esto? ¿Qué opina ella? ¿Cómo lo haría ella?
Y si ella no estaba presente, ordenaba que la llamaran, que la trajeran, que se esperara a que ella llegara para poder decidir. Y cuando ella hablaba, todos escuchaban en silencio, porque sabían que lo que ella decía era lo que el Emperador aceptaría como verdad.
Un día, un ministro viejo y muy respetado se atrevió a decir:
—Majestad, esas son ideas de una mujer. No son las formas antiguas, no son lo que siempre se ha hecho. ¿Seguro que queremos cambiarlas?
Li Longjun se giró hacia él, con una mirada seria y firme, y le respondió con voz clara que todos escucharon:
—Las formas antiguas sirven si son buenas. Pero si hay formas mejores, más justas, que ayudan más a la gente… esas son las que seguiremos. Y la señorita Wén ve lo que nosotros no vemos. Escucharla no es debilidad. Es sabiduría. Y quien no lo entienda, no tiene lugar en mi consejo.
Cambiar leyes siguiendo sus ideas
Pero lo más grande, lo que cambió el destino del imperio para siempre, fue cuando empezó a modificar las leyes mismas, basándose totalmente en lo que ella le había enseñado, en lo que ella creía justo y bueno.
Ella le había dicho muchas veces: “Las leyes deben servir para proteger a todos, no solo a los poderosos. Deben dejar que la gente aprenda, que trabaje, que sea libre. Y las mujeres tienen el mismo valor que los hombres, la misma capacidad, los mismos derechos”.
Y él, que antes había vivido bajo leyes antiguas y rígidas, ahora decidió cambiarlo todo.
Primero, cambió las leyes sobre la tierra: ordenó que nadie pudiera tener tierras que no trabajara, que las tierras vacías se entregaran a los campesinos que no tenían nada, que se protegieran los derechos de los trabajadores. Todo siguiendo sus explicaciones sobre cómo hacer que todos tuvieran lo necesario.
Luego, cambió las leyes sobre educación: decretó que se debían construir escuelas en todos los pueblos y ciudades, y que todos, niños y niñas, ricos y pobres, tenían derecho a aprender a leer, a escribir, a conocer las ciencias y las leyes. Algo que nadie había imaginado jamás. Cuando los consejeros le dijeron que era imposible, que las mujeres no necesitaban estudiar, él respondió:
—Mi maestra es una mujer. Y ella sabe más que todos ustedes juntos. Si ella puede enseñarme a mí, puede enseñar a cualquiera. Y si ella es sabia, todas las mujeres pueden serlo si se les deja. Esta ley se hará, y punto.
Y luego, la ley más importante de todas: ordenó que se respetara la libertad de las personas, que nadie podía ser obligado a casarse contra su voluntad, que las mujeres podían heredar bienes, podían trabajar, podían hablar y opinar libremente, sin ser castigadas ni juzgadas.
Cambió el sistema de impuestos siguiendo sus cálculos; lo hizo más justo, más ligero para los pobres, más estricto con los que tenían mucho. Cambió las normas sobre salud, sobre higiene, sobre comercio… Todo, absolutamente todo, lo fue transformando poco a poco, siempre siguiendo las ideas, los consejos y los valores de ella.
Y lo hacía con orgullo, con alegría, con la certeza de que estaba cumpliendo su reto. Porque no lo hacía por obligación, ni por capricho. Lo hacía porque ella le había enseñado a ver el mundo de otra forma, y porque demostrarle que él valoraba su pensamiento, que él estaba dispuesto a cambiar para ser mejor, era la forma más verdadera y más profunda de decirle: “Te quiero. Te respeto. Y me estoy ganando tu corazón, no con mi corona, sino con lo que soy gracias a ti”.
El hombre que ella empezó a amar. Un día, mientras revisaban juntos los nuevos libros de leyes que se habían escrito, con todas las modificaciones que él había ordenado, Roxana lo miró largo rato, en silencio. Vio cómo él explicaba con entusiasmo cada cambio, cómo entendía cada razón, cómo no se sentía menos poderoso por haber escuchado a una mujer, sino más grande, más completo, más feliz.
Vio que ya no era solo el Emperador frío y distante. Vio que se había convertido en un hombre bueno, justo, abierto, capaz de aprender, capaz de cambiar, capaz de poner a la gente y a la verdad por encima de las tradiciones vacías.
Vio que había cumplido su palabra. Que había dejado la corona a un lado para ser solo un hombre que la amaba, que caminaba a su lado, que la escuchaba, que valoraba sus ideas y que las convertía en realidad.
Li Longjun se dio cuenta de su mirada, dejó el libro a un lado y le preguntó con suavidad, con esa mezcla de esperanza y miedo que siempre tenía:
—¿Cómo lo hago, Roxana? ¿Voy bien en tu reto? ¿Estoy logrando demostrarte que te quiero de verdad, sin usar mi título?
Ella sonrió, esa sonrisa que él ya conocía y que era lo que más le gustaba del mundo, una sonrisa cálida, sincera, llena de cariño y de admiración. Se acercó un poco más a él, le tomó la mano entre las suyas y le respondió con voz suave y clara:
—Vas muy bien, Li Longjun. Mucho mejor de lo que esperaba. Me has demostrado algo que ningún otro hombre habría hecho: que estás dispuesto a cambiar el mundo y a cambiar tú mismo, solo por seguir lo que yo creo que es justo y bueno. Me has demostrado que me respetas como a tu igual, que me escuchas, que valoras lo que pienso más que tus propias costumbres.
Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con emoción:
—Has entendido bien el reto. No me has dado cosas… me has dado lo que nadie puede dar: tu confianza, tu mente abierta, tu disposición a caminar a mi lado. Y eso… eso vale más que todas las coronas y todos los imperios del mundo.
Li Longjun sintió que el corazón le latía con fuerza, lleno de alegría inmensa. Sabía que todavía no le había dicho que era suyo, que todavía no le había entregado su corazón del todo. Pero también sabía algo muy importante: estaba ganando.
Había aceptado el reto que no podía perder. Y al hacerlo, no solo estaba cambiando las leyes de su imperio, no solo estaba mejorando la vida de millones de personas… estaba cambiando él mismo, convirtiéndose en el hombre que ella necesitaba, en el hombre que ella podía amar con toda su alma.
Y mientras la miraba, mientras sentía su mano entre las suyas, supo que no pararía. Seguiría caminando a su lado, seguiría escuchándola, seguiría cambiando todo lo que fuera necesario, seguiría demostrándole con hechos, día tras día, que su amor era verdadero, profundo y más fuerte que cualquier poder.
Porque ese reto que ella le había puesto, ese reto de ganarse su corazón sin usar su corona… se había convertido en la mejor cosa que le había pasado en la vida. Y estaba decidido a ganar, aunque le costara toda una vida de esfuerzo. Porque al final, el premio sería ella. Y ella valía cada paso, cada cambio, cada hecho y cada segundo de su amor.