A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 34
Capítulo 34: Los rumores
El lunes amaneció con lluvia y con el tipo de silencio que precede a las catástrofes.
Valentina lo notó antes de cruzar la explanada central. Los estudiantes que normalmente caminaban absortos en sus teléfonos o en sus conversaciones ahora la miraban. No con la curiosidad casual de las primeras semanas —la hija adoptiva de Familia Montero, la de la boda cancelada, la que caminaba por el campus como si cargara el peso de una dinastía entera—, sino con algo más filoso. Más hambriento. El tipo de mirada que la gente reserva para los accidentes de tráfico y los escándalos ajenos.
Valentina apretó la correa de su mochila y siguió caminando.
Julia la interceptó a la entrada de la Facultad de Trabajo Social. Venía corriendo, con el pelo mojado y el impermeable a medio abrochar.
—Val, no entres todavía.
—¿Por qué?
Julia sacó su teléfono. Abrió una aplicación —el foro estudiantil de la UNAM, una plataforma semianónima donde los estudiantes publicaban desde quejas sobre profesores hasta chismes de fiesta. La pantalla mostraba un post con trescientos cuarenta y dos comentarios y subiendo.
El título decía: "La verdad sobre Valentina Montero: ¿por qué la familia Reyes la 'devolvió'?"
Valentina leyó el post. Era un párrafo largo, escrito con la prosa venenosa de alguien que confunde la crueldad con la inteligencia. Decía que la cancelación de la boda entre Valentina y Mateo Reyes no había sido decisión de ella sino de Familia Reyes, que la habían "devuelto" por "conducta inapropiada." Las versiones variaban en los comentarios: unos decían que había robado joyas de la hacienda, otros que mantenía relaciones con múltiples hombres de la familia, otros que había intentado suicidarse y que la habían internado en un psiquiátrico.
—Son mentiras —dijo Julia, como si Valentina necesitara que alguien se lo confirmara—. Todas. Puras mentiras.
Valentina cerró el teléfono de Julia. Se lo devolvió.
—Lo sé.
—No les hagas caso. Son idiotas.
—Lo sé, Julia.
Pero saberlo y sentirlo eran cosas distintas. Valentina caminó hacia la entrada de la facultad con la columna recta y la cara inmóvil y un nudo en la garganta que no iba a soltar en público, porque había aprendido a los diez años que llorar delante de la gente es darles un arma que no se merecen.
El pasillo de la facultad estaba lleno de estudiantes que la miraban y luego apartaban la vista demasiado rápido, como si hubieran sido descubiertos. Valentina escuchó fragmentos de conversaciones que morían cuando ella pasaba: "...dicen que con los dos hermanos..." "...la sacaron del orfanato por eso..." "...una muerta de hambre con delirios de grandeza..."
Llegó a la puerta del auditorio de primer semestre. Tres personas la bloqueaban: un chico con una grabadora, una chica con una libreta y otro chico con una cámara del periódico estudiantil. El logo de "Gaceta UNAM Estudiantil" brillaba en la credencial que el primero sostenía frente a su cara.
—Valentina Montero, ¿puedes confirmar o negar los rumores sobre la cancelación de tu compromiso con Mateo Reyes?
—Sin comentarios.
—¿Es cierto que la familia Reyes inició el proceso de anulación?
—Sin comentarios.
—¿Puedes decirnos algo sobre tu relación actual con los hermanos Montero?
Valentina intentó pasar. El chico de la grabadora se movió para bloquearla. La chica de la libreta se acercó más. El de la cámara levantó el lente. Valentina retrocedió un paso. Su espalda chocó contra la pared del pasillo. Los estudiantes que pasaban se detenían a mirar. Algunos sacaron sus teléfonos. El pasillo se estaba convirtiendo en un circo y ella era el acto principal.
—Por favor, déjenme pasar —dijo Valentina.
—Solo una pregunta más...
—Dijo que la dejen pasar.
La voz vino de atrás del grupo. Los tres periodistas se giraron. Mateo Reyes estaba de pie en el pasillo, con una mochila al hombro y la postura erguida de alguien que creció en salones donde la prensa era un instrumento, no un obstáculo. Su cara era seria, pero no agresiva —controlada, como la de un diplomático que sabe que las cámaras están encendidas.
—Mateo Reyes —dijo el de la grabadora, recalibrando su interés—. ¿Puedes confirmar...?
—Puedo confirmar que la cancelación del compromiso fue una decisión mutua y voluntaria —dijo Mateo, con una voz que sonaba ensayada pero que Valentina sabía que era improvisada, porque Mateo tenía la habilidad de su padre para fabricar frases perfectas en tiempo real—. Valentina Montero es una estudiante de esta universidad con los mismos derechos a la privacidad que cualquier otro alumno. Los rumores que circulan son falsos, difamatorios y cobardemente anónimos. Si la Gaceta Estudiantil los publica sin verificación, mi familia considerará las acciones legales pertinentes.
El silencio que siguió fue instantáneo. La grabadora bajó. La cámara bajó. La libreta se cerró. Porque "acciones legales" dicho por un Reyes no era una amenaza vacía —era una promesa respaldada por un bufete de abogados que facturaba más en un mes de lo que la Gaceta Estudiantil gastaría en toda su existencia.
Mateo extendió la mano hacia Valentina. No un gesto romántico ni posesivo —una mano abierta, ofrecida, que ella podía tomar o rechazar.
—¿Vamos? —dijo.
Valentina tomó su mano. Los dedos de Mateo se cerraron alrededor de los suyos con una presión suave y firme que no pedía nada y que ofrecía todo. Caminaron juntos por el pasillo, entre los estudiantes que se apartaban y los murmullos que morían a su paso. Julia los siguió tres pasos atrás, con los brazos cruzados y una expresión de satisfacción feroz.
Salieron del edificio. La lluvia se había detenido. El sol de mediodía iluminaba la explanada del campus con esa luz blanca que hace que todo parezca demasiado real —los árboles, las bancas, las mochilas, los pasos de dos personas que caminan de la mano como si el mundo no estuviera mirando.
Valentina levantó la vista.
Al otro lado de la explanada, junto a la escalinata de la Facultad de Derecho, tres figuras estaban de pie. No juntas —separadas por metros de distancia, como puntos de un triángulo que convergía en un solo centro.
Sebastián, a la izquierda, con un traje gris y la expresión de piedra que usaba cuando algo lo perturbaba pero no iba a demostrarlo. Santiago, a la derecha, recargado contra una columna con los brazos cruzados y una sonrisa que no era sonrisa. Alejandro, en el centro de la escalinata, con los lentes en la mano y la postura de un ajedrecista que observa cómo las piezas se mueven solas.
Los tres miraban la misma cosa: la mano de Mateo sosteniendo la de Valentina.
Valentina no soltó la mano de Mateo. Caminó con él a través de la explanada, bajo la mirada de tres hombres que la querían de formas distintas y que en ese momento, por primera vez, compartían exactamente la misma expresión.
Mateo no vio a los tres hombres. O si los vio, no mostró señal de haberlos notado. Caminó con Valentina hacia la biblioteca con la naturalidad de alguien que no tiene miedo de ser visto, porque nunca ha tenido nada que esconder.
Julia sí los vio. Se detuvo en medio de la explanada, miró a los tres hombres y luego a Valentina, y murmuró para sí misma lo que cualquier persona sensata habría dicho:
—Ay, Dios.