Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 34
En el último piso de la Torre Skybe del Grupo Bracamonte, el ambiente era diametralmente opuesto a la calidez que reinaba en la casa de Fernanda. La sala de juntas principal se había transformado de golpe en un escenario de tensión asfixiante. Don Sebastián Bracamonte, padre biológico de Tristán y dueño máximo del Grupo Bracamonte, se hallaba de pie en la cabecera de la larga mesa, con la respiración agitada y el rostro encendido de una ira que apenas lograba contener.
La reunión de urgencia con el consejo directivo, que debía definir el rumbo de una nueva inversión, tuvo que suspenderse a la mitad porque el CEO, Tristán, no había dado señales de vida. Para colmo, esa mañana la bolsa de valores mostraba un sentimiento negativo que hizo desplomarse las acciones del Grupo Bracamonte un diez por ciento.
—¡¿Dónde demonios se metió ese hijo malagradecido, Kevin?! —bramó don Sebastián, estrellando un fajo de reportes sobre la mesa—. ¡Las acciones se hundieron un diez por ciento hoy! ¡Debería estar aquí, parado frente a los directivos, rindiendo cuentas de este desastre! ¿Pero qué hace? ¡Se ausenta y se escapa de sus responsabilidades como un cobarde!
Kevin, de pie en un rincón de la sala con su tablet de trabajo entre las manos, tragó saliva con dificultad. Un sudor frío le empapó las sienes, pero como asistente que conocía bien la entrega con la que Tristán se había dedicado a la empresa, reunió el coraje necesario para defender a su jefe.
—Disculpe, don Sebastián... me parece que el señor Tristán no es como usted piensa —dijo Kevin con la voz temblorosa, aunque haciendo un esfuerzo por sonar convincente—. El señor Tristán es sumamente competente y siempre ha asumido la responsabilidad de cada problema que ha surgido durante su gestión. Estoy seguro de que debe haber algo verdaderamente urgente que no pudo postergar el día de hoy, señor.
Don Sebastián agitó la mano en el aire con brusquedad, rechazando de plano la defensa de Kevin.
—¡Bah! Ese muchacho no hace más que inventar pretextos para escaquearse —espetó don Sebastián mientras se dejaba caer de vuelta en su sillón de mando y se masajeaba las sienes, que de pronto le latían de dolor—. Parece que su arrogancia ya se le volvió a despertar igualita que en sus tiempos de universidad. De haberlo sabido, jamás le habría pedido que dirigiera la filial aquí en Ciudad de México. Mejor lo mando otra vez a encargarse de la sucursal en Canadá.
*
*
Mientras tanto, en la modesta sala del departamento de renta, Tristán y Fernanda estaban sentados uno junto al otro en el sofá de tela, ya algo desgastado. En otro rincón, cerca del televisor, doña Mila se esmeraba en acompañar a Elián, que se divertía a sus anchas armando torres con sus bloques de juguete entre risas cristalinas.
Tristán volteó hacia Fernanda y la contempló con esa mirada posesiva cargada de añoranza.
—Nanda, mañana no quiero que faltes al trabajo otra vez como hoy —dijo Tristán; el tono sonaba a orden, pero escondía un dejo caprichoso—. Me voy a volver loco si paso todo el día sin ver tu cara frente a tu escritorio.
Fernanda soltó una risita al descubrir esa faceta tan distinta de su jefe monstruoso, capaz de comportarse como un niño chiquito. —Sí, tranquilo. Te aseguro que mañana voy a ir a la oficina como tu secretaria personal más aplicada.
Tristán frunció los labios al instante, insatisfecho con la respuesta de Fernanda.
—Lo que yo quiero es que entres a la oficina como mi esposa, no como mi secretaria.
Las mejillas de Fernanda se tiñeron de rojo al oír el halago de Tristán. Le dio un codazo suave en el brazo fornido para disimular su nerviosismo. —Calma, Tristán... no te apresures. Pero ¿puedo pedirte algo?
Tristán se inclinó hacia ella de inmediato, mirándola con un brillo de entusiasmo en los ojos. —¿Qué cosa, mi amor? Dime, no una, sino cien peticiones te cumplo.
Fernanda inhaló profundamente y lo miró con expresión seria.
—Quiero... que mantengamos en secreto nuestra relación y la verdad sobre Elián mientras estemos en la oficina. Quiero que sigamos trabajando juntos de manera profesional, como siempre, como jefe y subordinada. ¿Qué dices?
Al escuchar aquella petición, la sonrisa se esfumó del atractivo rostro de Tristán. Se quedó en silencio un instante, con el ceño fruncido en señal de desacuerdo.
—¿Pero por qué hay que ocultarlo en la oficina, Nanda? —preguntó Tristán, reticente—. Yo justamente quiero presumirle al mundo, sobre todo a Bella y a todos los que te han menospreciado, que tú eres mi mujer. Quiero protegerte con mi posición.
Fernanda negó con la cabeza despacio y luego le tomó la mano con suavidad para aplacar la decepción del hombre. —Sé que tu intención es buena, Tristán. Pero la situación en la oficina anda muy inestable, y encima están los chismes de los demás empleados. No quiero que tu concentración en el trabajo se vea afectada. Lo que te pido es que mantengamos lo nuestro en secreto en la oficina hasta que el momento sea el adecuado.
Tristán exhaló un suspiro pesado. Los hombros se le desplomaron. Aunque en su fuero interno estaba en profundo desacuerdo y quería rebatirla, no tenía la fuerza para negarle nada a esos ojos suplicantes de la mujer que acababa de volver a sus brazos.
—Ay... está bien —cedió Tristán, resignado, con cara de berrinche—. Acepto tu condición. Nos guardamos el secreto en la oficina. Pero que te quede claro: eso solo aplica dentro del edificio de la empresa. En cuanto crucemos esa puerta, tú y Elián son completamente míos.
*
*
El sol fue inclinándose poco a poco hacia el poniente, tiñendo el cielo vespertino de un naranja cálido. Al darse cuenta de lo avanzado de la hora, Tristán tomó la difícil decisión de despedirse para volver a su departamento y no interferir con el descanso de su pequeña familia.
Antes de levantarse de su asiento, Tristán atrajo a Elián hacia sí y lo estrechó con todas sus fuerzas, como si quisiera condensar en un solo abrazo los seis años de tiempo perdido.
—Papi, mañana armamos legos otra vez, ¿sí? ¡Es que papá es buenísimo armándolos, le ganaste a mamá...! —exclamó Elián con entusiasmo, soltando risitas traviesas en los brazos de su padre.
Tristán lo soltó y le pellizcó la naricita con ternura. —Ah, ¿entonces papá es más crack que mamá?
Elián espió de reojo a su madre, que estaba recogiendo las tazas de la mesa, y le susurró con picardía: —¡Mamá, no te vayas a enojar si le echo porras a papá!
—Sí... sí... sí, ahora que ya tiene papá... a mamá ya la hicieron a un lado, ¿verdad? —replicó Fernanda, fingiendo indignación mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y hacía un puchero.
Al ver la expresión adorable de Fernanda, Tristán y Elián soltaron una carcajada al unísono. Aquella pequeña felicidad se sentía tan real dentro de la modesta sala. Mientras tanto, detrás de la cortina que separaba la cocina, doña Mila espiaba a escondidas. Las lágrimas de emoción le rodaban por las mejillas, pero una sonrisa de dicha se dibujaba nítida en su rostro envejecido al ver que su hija y su nieto por fin podían reír sin ningún peso sobre los hombros.
—Bueno, mañana en la tarde, cuando mamá y papá salgan de trabajar, papá te va a comprar un montón de legos. ¿Quieres, Eli? —le ofreció Tristán a modo de sorpresa.
—¡Sí... sí quiero, papi, yupi...! —vitoreó Elián, eufórico. El niño incluso se puso a brincar sobre el sofá de tela y luego se abalanzó de nuevo a abrazar el cuello de Tristán, plantándole besos alternados en ambas mejillas con todo su cariño.
Al recibir semejante muestra de afecto de su propia sangre, Tristán habría querido no mover un solo pie para irse de aquel departamento. Pero sabía que había obligaciones que debía resolver. Se incorporó despacio, se despidió de doña Mila, que asomó de detrás de la cortina, y luego dirigió la mirada hacia Fernanda.
—Me voy, Nanda... Nos vemos mañana en la oficina —dijo Tristán con suavidad.
Antes de que Fernanda pudiera contestar, Tristán se inclinó hacia ella y le besó la frente con una pausa prolongada, transmitiéndole todo su amor y su respeto en ese gesto. Aquel contacto inesperado le encendió las mejillas a Fernanda, que se sonrojó apenada delante de su madre y de su hijo.
Tristán sonrió satisfecho al ver la reacción de Fernanda y enseguida salió a toda prisa, poniendo en marcha su auto de lujo y alejándose del patio del departamento de renta.
En cuanto el vehículo se adentró por las calles de la ciudad, que empezaban a congestionarse, Tristán tomó su celular, al que había apagado deliberadamente desde el mediodía para que nadie lo molestara. En cuanto la pantalla se encendió, una avalancha de notificaciones irrumpió de golpe. Había docenas de llamadas perdidas y mensajes urgentes de Kevin y también de su padre, don Sebastián Bracamonte.
Tristán resopló con brusquedad; sus nudillos se aferraron con fuerza al volante. Justo en ese instante, el celular volvió a vibrar con insistencia, mostrando el nombre de Kevin en la pantalla. Tristán deslizó el botón verde y activó el altavoz.
—¡Señor... Ay, señor Tristán, ¿dónde se metió?! —la voz de Kevin al otro lado de la línea sonaba sumamente angustiada y temblorosa—. ¡Hace rato don Sebastián armó un escándalo tremendo en la sala de juntas porque las acciones se desplomaron y usted no se presentó! Ahora don Sebastián ya se fue a su casa, ¡y lo quiere ver esta misma noche en la Residencia Bracamonte, señor!
Tristán guardó silencio un momento, con la mirada fija en la calle que se extendía ante él. Exhaló un largo suspiro para reunir fuerzas. Después de haber encontrado la felicidad verdadera junto a Fernanda y Elián, Tristán sabía que debía estar preparado para enfrentar cualquier tormenta que lo esperara en la residencia de su familia.
—Está bien, Kevin. Voy para allá —respondió Tristán con frialdad, cortó la llamada y giró el volante para cambiar de rumbo hacia la Residencia Bracamonte.
Continuará...