Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 15
En cuanto abrió la puerta trasera, Adrián sintió que el corazón se le hundía hasta el estómago. Los pies se le clavaron al suelo como si estuvieran soldados. El aire nocturno, que debía refrescar, se le volvió un peso aplastante en el pecho. Frente a él estaba Valentina, serena, con una sonrisa apenas dibujada en los labios.
A su derecha y a su izquierda, dos policías la flanqueaban con gesto severo. Detrás, Santiago observaba sin decir nada, pero sus ojos cortaban como advertencia.
—Hola, Adrián —dijo Valentina con una sonrisa abierta.
A Adrián se le descompuso el rostro. La miraba aterrorizado, como si fuera una aparición. Y más aún porque ella sonreía de lado, como si disfrutara cada segundo de haberlo atrapado.
—V-Valentina... E-esto es un malentendido —balbuceó, señalándola con el dedo tembloroso.
—Sí, Adrián... soy yo. Valentina... tu esposa —respondió ella. Aunque la boca le sonreía, la mirada le atravesaba como una hoja de acero.
—Señor Adrián, queda detenido como sospechoso de un delito que se encuentra bajo investigación. Acompáñenos, por favor.
Adrián se quedó sin palabras cuando uno de los policías dio un paso al frente con la orden de arresto en la mano.
—Es-espere, oficial... —Adrián retrocedió, intentando escapar.
Pero Santiago y otro agente le sujetaron ambos brazos. En un instante, los policías le colocaron las esposas.
Al ver a Adrián esposado, Valentina sintió alivio y una satisfacción que le quitó un peso de encima. Tal vez resultara cruel: una esposa metiendo preso a su propio marido. Pero lo que ese hombre había hecho ya no admitía perdón. Le había destrozado el futuro. Su traición había demolido el matrimonio.
Mientras tanto, en el porche delantero, Lorena gritaba histérica cuando una oficial le sujetó las muñecas para esposarla.
—¡Suéltenme! ¡Yo no cometí ningún delito...! —Lorena pataleaba y forcejeaba mientras la llevaban al patrullero.
—¡Rompehogares! —gritó una vecina.
—¿Vieron? Entonces sí era cierto lo que se decía en las redes, que Lorena es la amante de su propio jefe —añadió la mujer de pelo largo que había hablado con Valentina esa tarde.
—¡Mujerzuela! ¡Meterse con hombres casados! —La voz de la esposa del jefe del barrio retumbó por toda la cuadra.
—Decía que su novio vivía lejos. ¡Mentira! Era la amante —agregó la de pelo corto.
Los vecinos se agolparon en el patio, atraídos por el escándalo. Se lanzaron contra Lorena sin piedad. Unos la señalaban, otros la despreciaban con muecas, otros la insultaban a viva voz.
Lorena lloraba cada vez más fuerte. El cabello le caía revuelto sobre la cara, el rostro ceniciento. Toda la arrogancia que alguna vez ostentó se evaporó en una sola noche.
Cuando Adrián apareció en el patio delantero escoltado por la policía, la multitud lo recibió con el mismo odio.
—¡Hombre sin vergüenza! ¡Con una esposa bonita y buena, y se pone a engañarla! —gritó una señora, tan furiosa que le lanzó una chancla.
—¡Sinvergüenza! —le espetó otro.
—¡Acostarse con su propia empleada! ¡Qué poca cosa! —remató un tercero.
Los mismos que antes lo saludaban con respeto ahora lo cubrían de insultos.
—¡Adrián...! ¡Ayúdame...! —gritó Lorena mientras la metían al patrullero.
Adrián no podía hacer nada. Jamás imaginó que Valentina fuera capaz de algo así. Toda la vida su esposa había sido sumisa, callada, enemiga de los conflictos; por eso siempre cedía.
Se los llevaron a la comisaría en patrulleros distintos. Valentina se fue en el auto de Santiago.
—¿Estás contenta? —le preguntó Santiago al volante.
—Sí —respondió Valentina—. Pero lo estaré más cuando recupere todo lo que me arrebataron. Y cuando me libre de esta relación tóxica.
Santiago esbozó una sonrisa tenue.
—Voy a emplear cada recurso a mi alcance para que obtengas justicia. Vamos resolviéndolo paso a paso.
Valentina se volvió hacia él. Sus miradas se encontraron. No hubo palabras de más, pero había una certeza que iba germinando despacio.
* * *
Al día siguiente, la noticia de la redada y la detención de Adrián y Lorena corrió como pólvora por el pueblo, e incluso por todo el distrito. Los videos de los vecinos se propagaron por todas partes. Todo el mundo hablaba de lo mismo, ya fuera en las redes o en los chismes de la fonda y el mercado.
Doña Carmen, al enterarse por una vecina la mañana siguiente, se desmayó al instante. La presión se le disparó. Valentina no estaba en la casa; había ido a hacer una inspección sorpresa en la granja.
Lo mismo ocurrió con los padres de Lorena. Tuvieron que llevarlos al hospital de la zona porque les dieron convulsiones y se desvanecieron. Más tarde se supo que don Gustavo sufrió un derrame cerebral.
* * *
Por su parte, Valentina se encontraba en la granja. Se puso a revisar los libros contables que Adrián nunca le había dejado ver.
Valentina no había estudiado economía, pero sabía de negocios. Desde la época escolar ya tenía emprendimientos pequeños. Así que entendía cómo mover el dinero para hacerlo crecer.
—Además de vaciar la cuenta de ahorros, resulta que Adrián también se llevó el dinero de caja y el capital de trabajo —dijo Valentina para sí, furiosa, al revisar el efectivo de la caja fuerte de la oficina.
Luego caminó hacia los galpones para inspeccionar las aves. Ahora la granja era suya, no de Adrián. Recorrió cada rincón con paso lento. Los trabajadores, al verla, bajaron la cabeza; no se atrevían a sostenerle la mirada.
—Señora, don Adrián se iba seguido con Lorena después de que usted traía la comida. Y no volvían hasta la tarde —le confesó Manuel, el encargado de la alimentación de las aves.
—Lo peor era cuando los dos se quedaban a dormir en la oficina, señora. Cerraban con llave todas las puertas. Los que queríamos pasar a la cocina teníamos que esperar a que se despertaran —añadió Julio.
Valentina los miró uno por uno.
—¿Desde cuándo sabían de la infidelidad? —preguntó en voz baja.
Nadie respondió de inmediato.
—Eso viene de hace mucho, señora —admitió Manuel al fin.
Valentina dejó escapar un suspiro hondo. Todos en la granja sabían de la infidelidad de Adrián y Lorena, pero ninguno se atrevió a decírselo. Eso le dolió en el alma. Ella les había dado trabajo y, al verla traicionada y humillada, guardaron silencio. Como si lo que Adrián hacía fuera lo más normal del mundo.
—De verdad estoy decepcionada. Eligieron callar durante años —les dijo Valentina con la mirada gélida y el rostro impasible.