En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 12: El Primer Recuerdo
«Hay verdades que no pueden ocultarse para siempre. Solo esperan a que alguien esté dispuesto a pagarlas.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen XII»
El silencio se apoderó del túnel.
Solo el eco de los golpes contra la puerta de hierro recordaba que el tiempo seguía avanzando.
Kael sostuvo la mirada de Elena.
Había imaginado ese momento durante años.
Había ensayado cientos de preguntas.
Miles.
Sin embargo, ahora que su madre estaba frente a él, todas parecían insignificantes.
Lo único que necesitaba saber era una cosa.
—¿Por qué te fuiste?
Elena cerró los ojos unos segundos.
No era la pregunta que le había pedido que no hiciera.
Era la pregunta que sabía que terminaría llegando.
—Nunca me fui porque quisiera hacerlo.
Me obligaron.
Kael frunció el ceño.
—¿Quién?
Ella negó despacio con la cabeza.
—Eso pertenece a otra historia.
Y si la conoces antes de tiempo... morirás antes de comprenderla.
Un nuevo impacto sacudió la puerta.
El metal comenzó a deformarse.
Los perseguidores estaban utilizando algún tipo de herramienta pesada.
No tardarían mucho en entrar.
Elena condujo a Kael por el túnel.
Las paredes empezaron a ensancharse hasta desembocar en una enorme cámara circular.
En el centro había una estructura de piedra.
Parecía un altar.
Pero no tenía símbolos religiosos.
Solo cientos de pequeñas cavidades.
Cada una del tamaño exacto de una esfera de cristal.
Kael sintió un escalofrío.
—Aquí...
Aquí guardaban recuerdos.
—No.
Elena sonrió con melancolía.
—Aquí nacieron.
Aquellas palabras dejaron a Kael inmóvil.
Durante toda su formación en el Archivo le habían enseñado que los recuerdos podían almacenarse, clasificarse y comerciarse.
Jamás que pudieran...
...crearse.
—No lo entiendo.
—Porque te enseñaron solo una parte de la historia.
Se acercó lentamente al altar.
Posó la palma sobre la piedra.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces, una tenue luz azul comenzó a recorrer las grietas de la superficie.
Toda la sala despertó.
Miles de líneas luminosas dibujaron antiguos símbolos sobre el suelo.
El aire pareció hacerse más pesado.
Kael sintió un leve cosquilleo detrás de los ojos.
Como cuando tocaba una esfera cargada de emociones intensas.
Pero aquello era diferente.
Era...
más antiguo.
Más profundo.
Como si el lugar recordara incluso aquello que los seres humanos habían olvidado.
—Hace siglos —comenzó Elena— existían personas capaces de conservar un recuerdo sin necesidad de una esfera.
Los llamaban Custodios.
No vendían recuerdos.
Los protegían.
Kael escuchaba sin apartar la vista de la piedra.
—Con el tiempo descubrieron algo imposible.
Algunos recuerdos...
no pertenecían al pasado.
Pertenecían a futuros que todavía podían suceder.
Kael sintió que el estómago se contraía.
Los recuerdos del futuro.
Todo volvía a conducir hasta ellos.
—¿Entonces eran reales?
—Sí.
Pero nunca fueron una bendición.
Cada vez que alguien intentaba cambiar uno de esos futuros...
nacían otros nuevos.
Algunos mejores.
Otros infinitamente peores.
Los golpes contra la puerta sonaron de nuevo.
Esta vez más cerca.
Una nube de polvo descendió desde el techo.
Elena respiró hondo.
—Escúchame con atención.
Tú no encontraste aquella esfera por casualidad.
Kael sintió un vacío en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
—La escondí para ti.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué...?
—Sabía que algún día llegarías al Archivo.
Sabía que acabarías encontrándola.
Todo ocurrió exactamente como debía.
Kael dio un paso atrás.
Aquello desafiaba toda lógica.
—¿Lo sabías?
—No.
Lo recordaba.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
No era una diferencia pequeña.
Era enorme.
Elena no estaba diciendo que hubiera adivinado el futuro.
Estaba diciendo...
que lo había vivido.
Antes de que Kael pudiera reaccionar, un estruendo estremeció toda la cámara.
La puerta de hierro acababa de ceder.
Las voces comenzaron a propagarse por el túnel.
Ya estaban dentro.
Elena abrió el colgante que llevaba al cuello.
En su interior había una diminuta llave de cristal.
No medía más que un dedo.
La depositó en la mano de Kael y cerró sus dedos con firmeza.
—Cuando llegue el momento, esta abrirá algo mucho más importante que una puerta.
—¿Qué abre?
Ella sonrió con una mezcla de orgullo y tristeza.
—La verdad.
Pasos.
Cada vez más cerca.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Elena respiró profundamente.
Después miró a su hijo como si quisiera grabar aquel instante para siempre.
—Recuerda esto, Kael.
No todas las personas pierden sus recuerdos porque alguien se los robe.
Algunas los entregan voluntariamente.
Por amor.
Un grupo de figuras apareció al final del corredor.
Vestían largos abrigos negros.
Sus rostros permanecían ocultos bajo máscaras blancas, lisas, sin expresión alguna.
El que iba al frente levantó una mano.
Su voz resonó fría, serena, casi mecánica.
—Elena Arden.
Después de diecinueve años...
la búsqueda ha terminado.