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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

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Capítulo 9

Cap 09: No soy propiedad de nadie

El rumor corrió más rápido que la sangre.

Para el amanecer, tres versiones distintas de lo ocurrido en el Refugio Niebla ya habían llegado a las casas nobles de Santa Aurelia.

En la primera, Gabriel Serrano había entrado al club para arrestar a medio distrito viejo y había salido con una mujer de bajo rango cubierta de sangre.

En la segunda, Damián Vega había mandado matar a Camila Rojas para evitar que hablara en el tribunal.

En la tercera, la peor y por eso la más popular, Camila había provocado una pelea entre dos alfas usando su aroma.

Marta escuchó esa última versión de boca de una vecina antes de las ocho de la mañana y regresó a la cocina con la cara blanca y las manos oliendo a pánico.

—Dicen que embrujaste al alfa de Sierra Clara.

Camila estaba untando mantequilla sobre una tortilla.

Se detuvo.

—¿Antes o después de que me lanzaran un cuchillo?

—Cami.

—Pregunto por orden de importancia.

Nico, sentado frente a ella, golpeó la mesa con ambas manos.

—¡Yo sabía que debí ir!

—Tú habrías recibido el cuchillo con la cara.

—¡Pero con honor!

—Con puntos.

Marta no se rió.

Camila dejó la tortilla.

Había dormido dos horas. Cada vez que cerraba los ojos veía el cuchillo entrando en el costado de Gabriel. Cada vez que despertaba, su loba buscaba un aroma que no estaba en la casa y se inquietaba como si hubiera dejado algo importante sin cuidar.

Eso la ponía de mal humor.

Que el barrio hablara de brujería la ponía peor.

—¿Quién dijo eso?

Marta retorció el borde del delantal.

—La mujer de la tienda. Dice que su sobrino trabaja cerca de el Refugio Niebla y vio a hombres de Vega preguntando por ti. Dicen que Damián va a pedir una audiencia extraordinaria para reclamarte como dependiente de su manada.

La mantequilla supo a nada.

Nico enseñó los dientes.

—No puede.

Camila se obligó a masticar.

—Puede pedir lo que quiera.

—¿Y tú?

Camila miró a su hermano.

—Yo puedo decir que no.

La frase sonó simple.

También enorme.

Una hora después, llegó la citación.

No al sótano de la oficina civil. No a Salazar. No a Sierra Clara.

Al salón neutral del consejo en Santa Aurelia.

Audiencia extraordinaria por reclamo de pertenencia y abuso de juramento de servicio. Comparecientes: Camila Rojas Marín, Damián Vega Aranda, Beatriz Aranda de Vega, el alfa Gabriel Serrano como juez solicitante, el anciano Prado como observador.

Al final, una línea agregada a mano:

«La solicitante deberá declarar si acepta o rechaza cualquier reclamo residual de la manada Vega».

Marta se sentó.

Nico dijo una palabra que Camila fingió no oír.

Camila leyó la línea tres veces.

«Acepta o rechaza».

Por fin una pregunta directa.

Por fin una puerta que podía cerrar con su propia voz.

Se levantó.

—Necesito el vestido gris.

Marta parpadeó.

—¿El de servicio?

—Sí.

—No. Ese no. Te verás...

—Como lo que fui.

—Cami.

—Van a decir que invento cosas, que me vestí mejor para tentar a un alfa, que olvido mi lugar. Quiero que me vean con el vestido que usé para lavar la sangre de Damián. Si van a hablar de mi servicio, que lo miren de frente.

Marta se cubrió la boca.

Nico no dijo nada.

El vestido gris estaba limpio, remendado en el dobladillo, gastado en los codos. Olía todavía a jabón fuerte y a Casa Vega, aunque Camila lo había lavado dos veces. Cuando se lo puso, la tela le recordó madrugadas, fiebre, órdenes gritadas, bandejas pesadas, puertas cerradas.

No se sintió pequeña.

Se sintió armada.

Antes de salir, Marta le arregló la trenza.

—Tu padre decía que uno no debe entrar a una pelea con el cabello en los ojos.

Camila miró el reflejo en el vidrio de la ventana.

—¿También decía algo sobre alfas, tribunales y cuchillos de plata?

—Tu padre era inteligente, no adivino.

Camila sonrió apenas.

Marta le apretó los hombros.

—No dejes que hablen por ti.

—No voy a dejar.

El salón neutral del consejo ocupaba el segundo piso de un edificio sin nombre, encima de una notaría humana. Esa era la clase de doble vida que las manadas preferían: abajo, sellos de matrimonio y compraventa; arriba, juramentos de sangre y derechos de pertenencia.

Camila subió las escaleras sola.

Había rechazado el coche de Sierra Clara.

No por orgullo.

Por estrategia.

Cuando entró al salón, todas las miradas cayeron sobre el vestido gris.

Perfecto.

Damián estaba a la derecha con Beatriz. Llevaba ropa impecable, la mano vendada y ojeras bajo los ojos. Olía a hierro, rabia y una nota amarga que intentaba cubrir con perfume caro.

Beatriz miró el vestido y palideció de furia.

Elena Salazar estaba al fondo, sin asiento principal, como observadora de su propia vida. Al ver a Camila, su aroma se agitó. No compasión. Reconocimiento.

Gabriel estaba junto a la mesa del tribunal.

También había palidez en su rostro.

Y rigidez bajo el abrigo.

La herida de plata seguía doliendo.

Camila lo supo por el hilo en sus costillas antes de que su mente pudiera negarlo.

Gabriel notó su mirada.

No hizo ningún gesto.

Pero el aroma de abeto se calentó apenas.

El anciano Prado golpeó la mesa una vez.

—Iniciamos audiencia extraordinaria. Damián Vega Aranda, usted ha presentado reclamo residual sobre Camila Rojas Marín. Exponga.

Damián se puso de pie.

No miró a Gabriel.

Miró a Camila.

—Camila sirvió en mi casa durante tres años bajo el juramento de servicio. Su liberación fue firmada sin mi consentimiento directo y bajo confusión posterior a un evento social. Desde entonces, ha sido influenciada por la manada Sierra Clara, ha sido vista en el Refugio Niebla con el alfa Gabriel, y su aroma se encuentra mezclado con el de él de forma inapropiada para una mujer cuyo juramento no ha cerrado.

Camila sintió que varias miradas bajaban a su cuello, a sus manos, a su vestido.

No se movió.

Damián continuó, cada palabra más segura al notar el efecto.

—No pretendo castigarla. Camila está confundida. Es de bajo rango, sin educación de manada, vulnerable a la atención de un alfa poderoso. Solicito que se suspenda su liberación hasta que la manada Vega pueda garantizar que su decisión es libre de manipulación externa.

Beatriz bajó la mirada con la expresión correcta de madre preocupada.

Camila casi admiró la actuación.

El anciano Prado miró a Gabriel.

—Alfa Serrano.

Gabriel se levantó.

Se notaba que le dolía.

Eso enfureció a Camila de una manera que no tenía lugar en un tribunal.

—Sierra Clara sostiene que el reclamo Vega es improcedente. La solicitante pidió la liberación antes de verme por primera vez. La irregularidad documental fue creada por la manada Vega, no por Sierra Clara. Hay evidencia de presión de rango, contacto no autorizado, agresión física y posible uso de amapola lunar por parte de Damián Vega antes del incidente.

—Acusaciones sin sentencia —dijo Beatriz.

Gabriel la miró.

—Evidencia en proceso.

—Un proceso iniciado por usted después de oler a la muchacha.

El salón se tensó.

Camila vio cómo los dedos de Gabriel se cerraban sobre el borde de la mesa.

No por vergüenza.

Por contención.

Damián sonrió.

—Todos lo olemos, Serrano.

Gabriel no respondió.

Porque si respondía como alfa, el salón dejaría de ser neutral.

Camila se puso de pie.

—Yo quiero hablar.

El anciano Prado la miró por encima de sus lentes.

—Tendrá turno.

—No. Ahora. Porque están hablando de mi olor como si fuera una firma y de mi cuerpo como si fuera una propiedad disputada.

El silencio fue inmediato.

Gabriel volvió la cabeza hacia ella.

Camila no lo miró. Si lo miraba, podía perder el hilo. Y necesitaba cada palabra.

El anciano Prado, después de un segundo, asintió.

—Hable.

Camila avanzó al centro del salón.

El vestido gris rozaba sus piernas. Viejo. Limpio. Testigo.

—Entré a Casa Vega por pobreza. No por amor. No por ambición. Mi familia tenía deudas y la manada Vega necesitaba una de bajo rango que pudiera cuidar a un heredero herido sin hacer preguntas. Durante tres años, hice mi trabajo.

Damián bajó la mirada un instante.

Camila siguió.

—Lo hice bien. Tan bien que ahora intentan convertir mi servicio en una cadena. Si fui devota, me reclaman. Si me voy, estoy confundida. Si pido ayuda legal, estoy manipulada. Si un alfa me protege, estoy seduciéndolo. Si me golpean y sangro, dicen que provoqué la sangre.

La voz no le tembló.

¡Qué sorpresa hermosa!

—Pero aquí está la verdad: mi juramento era de servicio. No de cama. No de matrimonio. No de pertenencia eterna. Serví mientras debía servir. Pedí mi liberación cuando terminó. Damián Vega no me ofreció un lugar cuando su manada se reía de mí. Me ofreció a otro hombre.

Elena cerró los ojos.

Beatriz olió a veneno.

Damián dio un paso.

—Camila...

—No he terminado.

La frase salió con tanta calma que incluso el anciano Prado se enderezó.

Camila miró a Damián.

—Usted dice que no quiere castigarme. Pero me siguió. Me presionó con el rango. Me agarró. Me golpeó. Después alguien salió del Refugio Niebla con un cuchillo de plata para callarme, y aún así hoy viene a decir que yo soy la confundida.

—Yo no mandé ese cuchillo.

—Entonces debería estar tan interesado como yo en saber quién lo hizo.

Gabriel bajó la mirada.

Esta vez sí estaba escondiendo una reacción.

Camila respiró hondo.

El momento había llegado.

No era una ceremonia de rechazo de la pareja destinada. Damián no era su pareja destinada. No había lazo que romper. Pero había una mentira vieja, un falso hilo de propiedad que él intentaba vestir con ley.

Camila levantó la voz lo justo para que todos escucharan.

—Yo, Camila Rojas Marín, rechazo cualquier reclamo residual de la manada Vega sobre mi cuerpo, mi trabajo, mi aroma, mi futuro y mi nombre. Rechazo a Damián Vega Aranda como amo, protector, pretendiente, acreedor o dueño de cualquier parte de mi vida. No soy propiedad de Vega. No soy deuda de Vega. No soy premio de consuelo por la vida que él perdió en la guerra.

El salón quedó inmóvil.

Camila sintió dolor.

No el dolor brutal de un rechazo de pareja destinada. No había lazo de pareja con Damián.

Pero el juramento de servicio mal cortado, esa hebra sucia que Vega había dejado enganchada a su rango, se tensó dentro de ella como una cuerda oxidada.

Luego se rompió.

Camila jadeó.

Gabriel dio un paso sin pensarlo.

Ella levantó una mano.

No.

Podía mantenerse de pie.

Tenía que mantenerse de pie.

Damián también lo sintió.

Lo vio en su rostro. Un golpe invisible. No dolor de amor. Dolor de posesión arrancada. Sus ojos plateados se abrieron, y por primera vez no parecía furioso.

Parecía perdido.

—Camila —susurró.

—No —dijo ella, más bajo—. Ya no.

El anciano Prado se puso de pie.

—Queda registrado el rechazo formal de reclamo residual. Dado que no existe lazo de pareja destinada reconocido entre las partes, y dado que la solicitante ha expresado voluntad clara ante el tribunal neutral, la manada Vega no conserva derecho inmediato de custodia, servicio ni retención sobre Camila Rojas Marín.

Beatriz golpeó la mesa.

—Esto es absurdo. Una de bajo rango no puede romper un juramento solo porque usa palabras bonitas.

Gabriel habló entonces.

—No lo rompió solo con palabras.

Todos lo miraron.

El alfa juez se había puesto de pie completamente. El color seguía malo bajo su piel, pero su voz era estable.

—El juramento respondió. Todos los lobos presentes lo sintieron. La manada Vega dejó un gancho irregular en la liberación. Ese gancho acaba de romperse por rechazo formal y voluntad limpia.

El anciano Prado asintió, grave.

—También lo sentí.

Elena, desde el fondo, dijo:

—Yo también.

Damián la miró como si lo hubiera traicionado.

Elena no bajó la mirada.

Beatriz se quedó sin palabras por primera vez.

Camila sintió que las piernas le temblaban. No mucho. Lo suficiente para saber que, cuando saliera de ese salón, quizás tendría que sentarse en el primer escalón y fingir que había elegido descansar.

Gabriel no se acercó.

Pero su aroma sí.

Abeto. Café. Herida de plata. Orgullo contenido.

El anciano Prado golpeó la mesa.

—La liberación provisional se reconoce como efectiva hasta el juicio completo sobre irregularidades de la manada Vega. Damián Vega Aranda queda prohibido de acercarse a menos de cincuenta metros de Camila Rojas Marín salvo en audiencia formal. Cualquier contacto será considerado violación de las leyes del tribunal.

Camila cerró los ojos un segundo.

Cincuenta metros.

No era el mundo entero.

Pero era más espacio del que había tenido en tres años.

Damián rió de pronto.

Una risa baja, rota.

—¿Y qué sigue, Camila? ¿Vas a correr a los brazos de Serrano? ¿Vas a fingir que un alfa juez te mira porque eres especial y no porque hueles a algo que quiere morder?

Gabriel se quedó quieto.

Demasiado quieto.

Camila se giró hacia Damián.

—No sé qué sigue.

La sinceridad pareció sorprenderlo.

A ella también.

—Pero si algún día entro en los brazos de alguien, será porque quiero. No porque usted me empujó hasta allí.

Damián palideció.

Camila recogió su carpeta.

—Y si ese alguien intenta morder algo que no ofrezco, también lo morderé de vuelta.

El anciano Prado tosió.

Elena se cubrió la boca.

Gabriel, imperdonablemente, pareció a punto de sonreír.

Camila salió del salón antes de que las piernas la traicionaran.

No llegó muy lejos.

En el pasillo, junto a una ventana abierta, tuvo que apoyar una mano en la pared. La ruptura del juramento le había dejado un hueco ardiente bajo las costillas. No era grave. Pero era nuevo. Aire entrando donde antes había una cuerda.

Unos pasos se detuvieron a pocos metros.

No tuvo que mirar.

—Dije que no se acercara —murmuró.

—No lo hice.

Gabriel estaba a una distancia cuidadosa.

Camila rió sin fuerza.

—Usted y sus tecnicismos.

—¿Dolor?

—Sí.

—¿Respira bien?

—Sí.

—¿Miente?

—Un poco.

Gabriel exhaló despacio.

—Puedo llamar a un médico.

—No.

—Camila.

Ella giró la cabeza.

—Si llama a alguien, todos dirán que me rompí después de hablar. Quiero bajar las escaleras sola.

Gabriel la miró durante un largo momento.

—De acuerdo.

No le ofreció el brazo.

No la cargó.

No la salvó de una decisión que ella acababa de tomar.

Solo caminó a su lado, a la distancia exacta para atraparla si caía y para dejar claro que no la sostenía si no lo pedía.

Camila odió un poco lo mucho que eso le importaba.

Al llegar al último escalón, se detuvo.

—Alfa Gabriel.

—Camila.

—Ahora sí necesito una escolta.

El aroma de Gabriel se calentó.

—¿Personal?

Camila miró hacia la calle, donde los coches esperaban y Santa Aurelia seguía oliendo a lluvia, gasolina y vidas que no sabían nada de juramentos rompiéndose encima de una notaría.

—Hasta mi casa.

—Sí.

—Y no sonría.

—No estoy sonriendo.

—Está pensando en hacerlo.

—Eso no está prohibido por el tribunal.

Camila, agotada, libre y con hambre otra vez, soltó una risa.

Gabriel Serrano caminó a su lado.

Y esta vez, cuando su aroma de abeto la envolvió, Camila no se apartó.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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