Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 34 EL NUEVO ENEMIGO Y EL SECRETO
Los días de felicidad fueron efímeros, como Maya debería haber sabido.
Una semana después de la inauguración, Dante recibió una llamada que lo dejó pálido. No era una palidez de miedo. Era la palidez de la furia contenida, del hombre que descubre que su territorio ha sido violado y que las reglas del juego han cambiado sin su permiso.
Maya lo encontró en la biblioteca, con el teléfono aún en la mano y los nudillos blancos de apretarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó, cerrándo la puerta tras de sí.
Dante tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era un hilo de hielo.
—Mateo hizo un trato.
—¿Un trato? ¿Con quién?
—Con Augusto Valente.
El nombre cayó en la habitación como una bomba. Maya lo conocía. Todos en la ciudad conocían a Augusto Valente. Era un mafioso de la vieja escuela, más poderoso que Dante, más sanguinario, con contactos en todo el país. Se decía que había empezado en los ochenta, traficando desde el puerto, y que nunca nadie había logrado probar nada contra él.
Su rostro aparecía en las revistas sociales, sonriente, vestido de blanco, rodeado de políticos y celebridades. Pero detrás de esa fachada, sabía todo el mundo, había un monstruo.
—¿Mateo se alió con Valente? —Maya sintió que el suelo se movía bajo sus pies—. ¿Por qué haría eso?
—Porque está desesperado —respondió Dante, dejando el teléfono sobre la mesa—. Perdió los almacenes del puerto. Perdió la confianza de sus socios. Perdió el control de las empresas de tu padre. Sabe que estamos a punto de presentar pruebas contra él. Y en lugar de huir, decidió atacar. Pero sabe que solo no puede conmigo. Así que fue a buscar ayuda.
—¿Y Valente aceptó?
—Valente siempre ha querido controlar el puerto. Mi puerto. Yo se lo he impedido durante años, porque tengo al juez de mi lado y porque mis hombres son leales. Pero si Valente logra meter a Mateo en mis asuntos, si logra demostrar que yo estoy detrás del narcotráfico que él mismo financia…
—¿Qué pasaría?
Dante la miró. En sus ojos grises, fríos, había algo que Maya no había visto antes. No era miedo. Era algo peor. Era la conciencia de que, por primera vez en años, no controlaba el tablero.
—Perdería todo —dijo—. La mansión. El dinero. Los negocios legítimos. La libertad. Todo lo que he construido desde que salí de la calle. Y te arrastraría a ti conmigo.
Maya sintió que el corazón se le encogía.
—¿Entonces qué hacemos?
—Pelear —respondió Dante, con una determinación que la tranquilizó más de lo que debería—. Pelear como nunca. Y ganar.
*_*
La guerra no se declaró con bombas, sino con susurros.
Las primeras bajas fueron económicas. Dos de los proveedores de Dante rompieron sus contratos de la noche a la mañana. Un cargamento de mercancía legal fue retenido en la aduana por "irregularidades" que nadie supo explicar. Un juez que siempre había fallado a favor de Dante recibió una transferencia millonaria de una cuenta en el extranjero, y al día siguiente se declaró inhabilitado para seguir con el caso.
—Valente —dijo Dante, escupiendo el nombre como si fuera veneno—. Está comprando a todos. A mis aliados, a mis jueces, a mis proveedores. No le importa el dinero. Tiene infinito.
—¿Y nosotros? —preguntó Maya—. ¿Qué tenemos nosotros que él no tenga?
Dante la miró.
—Tenemos algo que el dinero no puede comprar.
—¿Qué?
—Lealtad. Mis hombres no me venden porque saben que yo no los vendo a ellos. Los hombres de Valente están con él por miedo o por dinero. Los míos están conmigo porque creen en mí. Eso, en una guerra, vale más que cualquier cosa.
Maya apoyó una mano en su mejilla.
—Entonces usemos eso. No peleemos en su terreno. Peleemos en el nuestro.
Dante asintió.
—Necesito tiempo. Y necesito información. ¿Tu padre puede ayudarnos?
—Hablaré con él.
—Y necesito que tengas cuidado —añadió Dante, tomándole la mano y apretándola—. Valente es peor que Mateo. Mateo quería tu dinero. Valente no tiene escrúpulos. Si descubre que eres mi punto débil…
—No soy tu punto débil —respondió Maya, con una firmeza que la sorprendió a sí misma—. Soy tu fortaleza. Recuérdalo.
Dante casi sonrió.
—Cómo te quiero —murmuró.
—Cuánto te quiero —respondió ella.
Y en medio de la tormenta que se avecinaba, ese pequeño instante de ternura fue como un faro en la oscuridad.
*_*
Dos días después, recibieron una visita inesperada.
Era un hombre mayor, de unos sesenta años, vestido con ropa modesta pero limpia. Llevaba una barba canosa mal recortada y unos ojos azules que habían visto demasiado. Se presentó en la puerta de la mansión cuando Dante no estaba, y pidió hablar con "la señora Carusso".
Elsa, desconfiada, fue a consultar a Maya.
—¿Dijo cómo se llama? —preguntó Maya.
—Dijo que es un amigo del pasado del señor Carusso. Que vino a advertirle de algo.
Maya dudó. Pero algo en la descripción del hombre le inspiró confianza. No sé si era la ropa modesta, o los ojos cansados, o la forma en que mencionó a Dante sin miedo, casi con ternura.
—Que pase —dijo—. Y llama a Dante. Dile que vuelva a casa.
El hombre entró en la biblioteca con paso vacilante, como si temiera manchar la alfombra persa con sus zapatos gastados. Se sentó en el borde del sillón, con las manos apoyadas en las rodillas, y miró a Maya con una mezcla de curiosidad y algo más. Reconocimiento, quizá.
—Usted es la esposa —dijo. No era una pregunta.
—Soy Maya Carusso —respondió ella, con la cabeza bien alta—. ¿Y usted?
—Me llamo Ernesto —dijo el hombre—. Conocí a Dante cuando era un niño. En la última casa de acogida donde estuvo. La peor de todas.
Maya sintió un escalofrío.
—¿La casa del cuidador que…?
—Ese mismo —respondió Ernesto, con una amargura que endureció sus rasgos—. Yo también estuve allí. Yo también sufrí. Pero yo no tuve el valor que tuvo él. Yo me quedé callado. Me escondí. Sobreviví, pero a costa de mi alma. Dante, en cambio… Dante mató al monstruo. Y yo lo ayudé a escapar.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias