NovelToon NovelToon
Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Desde que le confesó sus sentimientos a Valentina, la vida de Santiago se volvió mucho más placentera. Las cosas pequeñas que antes le parecían ordinarias, de pronto se sentían especiales. Despertar por la mañana le daba más ánimo, el trabajo se le hacía más llevadero y la sonrisa se le aparecía más seguido sin darse cuenta.

Esa mañana, Santiago estaba frente al espejo acomodándose el pelo. La camiseta deportiva negra que traía puesta se veía impecable y olía bien. Se había echado un toque de perfume en el cuello antes de salir del cuarto. Y eso que solo iba a salir a correr.

—¡Uy, alguien anda en segunda adolescencia!

La voz de Matías se escuchó desde la puerta del cuarto. El muchacho estaba recargado en el marco, la cara llena de sonrisa traviesa.

Santiago le clavó la mirada.

—¿Qué te pasa? Tan temprano y ya andas de envidioso.

Matías se acercó olfateando el aire con exageración.

—Caray, ¡hueles increíble! ¿Vas a salir a correr o a una cita?

—¡Ya cállate, Matías!

—Tú nunca te pones perfume para hacer ejercicio. Antes te levantabas y salías corriendo como si te persiguiera un cobrador.

Santiago agarró un cojín del sofá y se lo lanzó. Matías se rio a carcajadas esquivándolo y corrió hacia las escaleras.

—¡Pídele matrimonio a Valentina de una vez! —gritó desde los escalones, con la sonrisa de oreja a oreja—. ¡Antes de que te la gane un mocoso de la otra cuadra!

—¡MATÍAS!

Lejos de asustarse, Matías se rio todavía más fuerte antes de desaparecer en su cuarto. Santiago negó con la cabeza, riéndose por lo bajo. Pero después, la expresión se le fue suavizando.

La verdad era que, sin necesidad de que lo provocaran, Santiago sí quería llevar la relación a algo serio. Lo deseaba con toda el alma. Quería que Valentina fuera parte de su vida. No solo una amiga con quien conversar, ni simplemente la mujer que a escondidas lo hacía sonreír a solas cada noche.

Sin embargo, Valentina aún no estaba lista. Alguna vez le dijo con franqueza que todavía le daba miedo abrirse demasiado. Las heridas del pasado no habían sanado del todo.

Y Santiago eligió respetar eso. No quería presionarla.

—Poco a poco, Santiago —le dijo Valentina aquella vez, con una sonrisa breve—. Todavía estoy aprendiendo a confiar de nuevo.

Esa frase tan sencilla hizo que Santiago se enamorara todavía más. Porque a sus ojos, Valentina no lo estaba rechazando. Solo estaba protegiendo un corazón que ya habían destrozado una vez.

Santiago tomó las llaves de la casa y salió. Apenas cerró la puerta, los ojos se le fueron de inmediato hacia la persona que en los últimos meses siempre lograba mejorarle el día: Valentina.

La mujer estaba en el jardín, regando las plantas que se alineaban ordenadas junto a la cerca. La mano se movía despacio dirigiendo la manguera, dejando que el agua empapara las hojas verdes que se veían frescas. El pelo lo llevaba recogido con sencillez. Algunos mechones se le escapaban de la liga y le caían suaves a los lados del rostro. De vez en cuando se los apartaba con el dorso de la mano, sin interrumpir lo que hacía.

Santiago, que acababa de salir de la casa, se detuvo en seco. La mirada se le quedó prendida en esa mujer.

La camiseta de manga larga en tono pastel que traía Valentina se veía sencilla, combinada con unos pantalones deportivos negros y unas sandalias de casa. No tenía maquillaje llamativo en la cara.

Y sin embargo, era justamente esa sencillez lo que la hacía tan agradable de contemplar. La piel de Valentina se veía luminosa con la luz de la mañana. El rostro también se le veía más vivo que cuando Santiago la conoció. Ya no andaba apagada. Ya no cargaba la tristeza en los ojos a cada instante. Y no sabía por qué, pero mientras más la miraba, más le costaba apartar la vista.

¡Es guapísima!

La frase le brotó así nada más en la cabeza. Hasta se quedó parado unos segundos sin darse cuenta, simplemente contemplándola. Al fin se aclaró la garganta, tratando de parecer normal.

—¡Hola, Valentina!

Valentina, que estaba concentrada en las plantas, volteó rápido. Se le notó la sorpresa en la cara, pero en cuanto vio quién era, la expresión se le transformó en calidez.

—Ah, Santiago.

Una sonrisa pequeña le apareció en los labios. Sencilla, pero suficiente para que el pecho de Santiago se llenara de calor al instante. El hombre tuvo que contenerse para no sonreír demasiado amplio, como un tonto.

—¿Vas a salir a correr? —preguntó Valentina cerrando la llave del agua.

—Sí. —Santiago se acercó unos pasos—. ¿Quieres venir?

Valentina se quedó perpleja un segundo. Se señaló a sí misma con cara de incredulidad.

—¿Correr?

Santiago asintió con naturalidad.

—Sí, salimos a correr juntos.

Valentina soltó una risita y negó despacio.

—Casi nunca hago ejercicio, Santiago.

—Pues justamente por eso empieza ahora.

—Sí que insistes para invitarme.

—Para que estés sana.

Valentina volvió a reírse suavemente. La risa le salía ligera, pero le sonaba dulce a los oídos de Santiago.

La mujer se mordió el labio inferior un momento, pensativa. Bajó la vista a las sandalias que traía puestas y luego la subió de nuevo hacia Santiago.

—Hmm...

Santiago esperó sin apurar. Aunque la cara le salía relajada, por dentro deseaba con todas sus fuerzas que Valentina aceptara. Hasta contuvo la respiración cuando finalmente la vio asentir con un gesto pequeño.

—Bueno. Espérame, voy por los tenis.

La sonrisa de Santiago se ensanchó de inmediato.

—Listo. Aquí te espero.

Valentina entró a la casa con paso rápido. Santiago se quedó en el jardín con las manos metidas en los bolsillos del pantalón deportivo. Los ojos le siguieron la puerta de la casa de Valentina hasta que se cerró. Y sin darse cuenta, se sonrió solo.

—No puede ser... —murmuró Santiago en voz baja, agachando un poco la cabeza—. Solo la invité a correr y estoy así de feliz.

Se frotó la nuca él mismo, sintiéndose un poco apenado consigo mismo. Hacía unos meses, ni siquiera se habría imaginado que podría sentirse tan dichoso nada más porque alguien lo acompañara a trotar por la colonia.

Al poco rato, la puerta se volvió a abrir. Valentina salió con unos tenis blancos y el pelo recogido de manera más prolija. Se la veía algo cohibida al encontrarse con que Santiago seguía ahí plantado esperándola.

—¿Esperaste mucho? —preguntó ella en voz baja.

—No. —Santiago negó con la cabeza enseguida—. Fue un momentito.

Aunque en realidad, el hombre se la había pasado sonriéndose solo como un enamorado.

—Vamos —la invitó.

Empezaron a trotar suavemente fuera de la zona de las casas. El ritmo era tranquilo, sin prisa. Alrededor de la colonia ya había bastante movimiento. Gente que trotaba con botella de agua en mano, otros en bicicleta con sus hijos, y también señoras caminando relajadas mientras platicaban.

Al principio, el ambiente entre ellos fue un poco torpe. Valentina se notaba cohibida cada vez que las manos casi se les rozaban sin querer. Santiago, por su parte, le echaba miraditas disimuladas cada pocos segundos.

—El cactus que tienes en la entrada ya creció de nuevo, ¿verdad? —preguntó Santiago para iniciar la conversación.

Valentina volteó con entusiasmo.

—¡Sí! Pensé que se me iba a morir el otro día.

—Quiere decir que tienes mano para las plantas.

Valentina lo miró de golpe, las mejillas ligeramente sonrojadas.

—¡Santiago!

Santiago se rio, satisfecho con la reacción.

La plática siguió sin parar. A veces hablaban de cosas importantes, a veces de tonterías que en realidad no tenían gracia. Y sin embargo, junto a Valentina todo se sentía agradable.

Santiago le contó a propósito las ocurrencias de Matías, que la noche anterior se puso a escondidas una mascarilla de las que usan las señoras porque tenía la cara llena de granitos.

Valentina se rio con ganas.

—¿En serio? —preguntó aguantando la risa.

—En serio. En la mañana entró en pánico porque la cara se le puso toda roja.

—Pobrecito.

—Nada de pobrecito. Que aprenda.

Valentina volvió a reírse. Y cada vez que la mujer se reía así, Santiago sentía que todo a su alrededor se volvía más cálido. Le gustaban estos momentos. No hacía falta nada lujoso. Ni tampoco palabras románticas exageradas. Bastaba con caminar al lado de Valentina, como ahora, para que el corazón de Santiago se sintiera lleno.

* * *

Mientras tanto, en un lugar lejano, muy lejos de esa calidez, alguien empezaba el día con una vida completamente distinta.

Adrián estaba de pie frente a un espejo pequeño en su cuarto rentado, angosto y sofocante. Las manos ocupadas alisando un uniforme rojo cuyo color empezaba a desteñirse de tanto lavarlo. El cuello ya se veía algo opaco. Se contempló en el reflejo un buen rato.

La cara era la misma. La mandíbula seguía marcada. El cuerpo aún se mantenía erguido, aunque ahora se le notaba más delgado que antes. Pero la mirada era otra. Ya no había la seguridad de cuando todavía era un empresario exitoso en la granja avícola.

Ya no quedaba esa expresión orgullosa de antes. Lo que se veía ahora era solo la cara gastada de alguien que luchaba por sobrevivir.

Unos meses atrás, todavía lo conocían como un empresario próspero del ramo avícola. La ropa siempre impecable. La cartera abultada. A todas partes iba en su propio auto.

¿Y ahora? Tenía que contar lo que le quedaba para comer hasta fin de mes. Adrián se restregó la cara con brusquedad.

—Así de dura está la vida —murmuró en voz baja.

Los últimos tres meses trabajaba como mozo de oficina en una empresa privada de la capital.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play